Viernes, 01 Abril 2016 00:00

¿Familia tradicional?

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No siempre los conceptos hacen justicia a la realidad. En un momento social en que los nombres de las cosas están siendo vaciados de su significado original y rellenándose de nuevas acepciones es urgente reflexionar sobre algunos conceptos relacionados con la familia.

Nos son pocos los católicos que cuando hablan y defienden a la familia lo hacen tomando como concepto clave el de familia tradicional: “Hay que volver a la familia tradicional”, “La familia tradicional es la familia de verdad”… Cuando uno los oye hablar entiende perfectamente lo que quieren decir. Hacen referencia a la familia como célula básica de la sociedad, establecida en un matrimonio fiel, abierta al don de la vida, donde existe la autoridad clara… Sin embargo cabe reflexionar sobre este término en aras de mayor realismo.

Hace muchos años tuve una experiencia que me confirmó en mis sospechas en torno a este concepto. En la asignatura de “sociología de la familia”, una alumna católica practicante (si es que se puede ser católico no practicante) no cejaba en su defensa de la familia tradicional, de sus bondades y beneficios. Ante su insistencia le pregunté si ella estaba dispuesta a pertenecer a dicha familia tradicional. Al contestarme afirmativamente le dije que recogiera sus cosas, se diera de baja en sus estudios universitarios, fuera a su casa y se dedicara a las llamadas “tareas domésticas”, entre otras cosas.

Quizás fuera un poco exagerado en mis palabras pero se comprendió perfectamente la cuestión. Si bien es acertado todo lo anterior que se dice de la familia tradicional, no es menos real que en ella fenómenos como el machismo (en su más amplio espectro), el trabajo infantil, el excesivo control sobre los hijos, entre otros, tenían auténtica carta de naturaleza. 

Junto con esto también hace falta una pequeña reflexión histórica y social. Lo que hoy se entiende como familia tradicional tenía una forma concreta y funciones muy definidas: padre, madre e hijos (normalmente 2 ó 3), donde el padre trabajaba fuera de casa y la esposa llevaba a cabo las tareas domésticas. Esta forma familiar fue muy concreta en el espacio y en el tiempo: entre los años 50 y 70 en Occidente. Nunca hasta entonces la mujer había “dejado de trabajar” en el ámbito extradoméstico: tradicionalmente familia, hogar y trabajo estaban imbricados y la mujer, al igual que el resto de miembros de la familia, participaba en todo tipo de tareas y funciones económicas. Con la industrialización y el mundo de la fábrica, la mujer fue una pieza fundamental en el desarrollo del Factory system. 

Por tanto, cuando se habla de la familia tradicional, históricamente hablando, se expone una forma muy concreta de la familia en el espacio y el tiempo. Es totalmente ficticio pensar que este modo de hacer familia haya sido el “normal” a lo largo de la historia y de las distintas sociedades.

Cuando algunos pretenden defender a la familia mediante el concepto de familia tradicional también están defendiendo, sin saberlo o sin quererlo, realidades que se dieron en ella poco concordes con nuestra concepción de la familia como verdadero espacio que capacita el don incondicional.

La defensa de la llamada familia tradicional produce rechazo en nuestra sociedad, evidentemente por el rechazo más o menos generalizado que hay a elementos tan importantes como son la fidelidad o la apertura a la vida, pero también por su referencia, sobre todo, al machismo. Es este aspecto se evidenciaba la figura paterna como la autoridad, lo que producía, en no pocas ocasiones, el distanciamiento afectivo y emocional del mismo respecto de sus hijos. 

En la necesaria construcción de puentes con la cultura actual, ya difícil de por sí, es fundamental que utilicemos términos que no lleven al equívoco o que manifiestan, como es el caso del que nos ocupa, aspectos poco dignos de la igualdad fundamental entre hombres y mujeres, padres e hijos. Que no refleje nuestro hablar estereotipos que no se adecuan a la relacionalidad familiar como elemento generador de virtud social y espacio privilegiado de crecimiento integral de la persona en cualquiera de sus fases vitales.

En conclusión… hablemos más y mejor de familia porque siempre que le ponemos “apellidos” a este sustantivo perdemos por el camino parte de la riqueza que de por sí ya contiene. 

jros Nací en Valencia (España) en 1972, estoy casado y soy padre de 5 hijos. Junto con esta tarea fundamental, que es mi familia, soy profesor en la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” y en el Instituto Pontificio Juan Pablo II (sección española), así como profesor en la Escolanía de Ntra. Sra. De los Desamparados de Valencia.

Siendo importantes el doctorado en Sociología, la licenciatura en Geografía e Historia y la diplomatura en Ciencias Religiosas, el máster en Ciencias del matrimonio y la familia del Pontificio Instituto Juan Pablo II ha sido la pieza clave en mi formación. Desde la perspectiva de familia se abre un campo interesantísimo y urgente en la construcción de una sociedad más humana y una Iglesia más cercana.

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