Viernes, 13 Mayo 2016 00:00

Una monja en la familia

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Mi hermana pequeña es monja de semi clausura en una congregación española de carisma jesuita. Entró en el noviciado en 1998, tres años después hizo los votos temporales y la profesión perpetua en 2006.

Aunque han pasado muchos años, aún recuerdo vivamente la tarde en que mis padres intuyeron por un sacerdote amigo de la familia que mi hermana iba a consagrarse a Dios. Pese a los intentos previos que ella había hecho para explicarles la situación, mis padres nunca parecían escuchar. Aquella tarde en Madrid, en la celebración de la clausura del curso académico de nuestro Colegio Mayor, el Padre Pablo puso en manos de mis padres sendos vasos de refresco, al tiempo que les invitó a hablar. Él había vivido en primera persona la vocación de mi hermana y sabía que era auténtica. Mis padres entonces escucharon, pero no lograron entender aún.

Para unos padres, la vocación religiosa de un hijo suele ser difícil de aceptar, sobre todo si tienen una fe débil. Y es que cuando nos convertimos en padres, proyectamos sobre nuestros hijos unas expectativas de futuro que esperamos sean cumplidas: que vivan cerca de nosotros, que estudien una carrera, que se casen con alguien de nuestro agrado, que sigan nuestra trayectoria profesional si ha sido exitosa, que nos hagan abuelos. Pero cuando un hijo abraza la vocación religiosa y se aparta de estas esperanzas, nos sentimos defraudados. Queríamos para ellos una vida "normal", pero deciden hacer algo diferente, algo que además implica, no sólo romper con su vida pasada, sino renunciar al mundo. ¿Y quién puede ser feliz sin tener "nada"?

La llamada universal a la santidad se concreta  en cada persona en una vocación específica, en una misión que Dios nos asigna a cada uno para cooperar en la redención del mundo. Es trabajo nuestro conocer esa vocación porque sólo con el descubrimiento de lo que Dios quiere de nosotros, y su aceptación para que se realice en nuestras vidas, alcanzamos la alegría plena. En el caso de la vocación religiosa, las personas que la experimentan se sienten llamadas a entregarse del todo a Dios, y aceptando esta propuesta encuentran la felicidad: «Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16). La vocación a la vida consagrada no es, pues, un capricho adolescente de alguien que huye de algo, ni una locura pasajera de quien no sabe a qué dedicarse. Esta vocación es una llamada en firme a la santidad que pasa por una entrega total de la persona, que ofrece su vida en respuesta a una elección previa y misteriosa de Dios. Las monjas son personas normales, como tú y como yo, que tuvieron un pasado infantil, juvenil, y que tenían un proyecto de futuro. Proyecto que, un buen día, abandonaron para abrazar otro distinto, que quedó forjado a fuego en sus almas. Dios tenía una misión diferente para ellas, y ellas dijeron “sí”.

Por ello, es muy importante hacer un buen discernimiento de la propia vocación. En el caso de la religiosa, será imprescindible tener un tiempo para madurar, un buen acompañamiento espiritual, vida de oración y frecuencia de sacramentos. Dios no juega al escondite, Él es el primer interesado en que conozcamos lo que quiere de nosotros y si preguntamos, nos lo hará saber. Después, nos tocará contestar.

El papel que desempeña la familia en el desarrollo de una inquietud espiritual es importante. Los padres debemos educar cristianamente a  nuestros hijos con el ejemplo, enseñándoles a rezar y respetando su libertad, sin entorpecer cualquier indicio de vocación religiosa. La tensión que vive un hijo que no se siente apoyado ante una posible llamada a la vida consagrada, puede acabar arruinando la propia vocación. Los padres debemos entender que los hijos no son de nuestra propiedad, sino almas independientes cuyo cuidado y educación nos han sido encomendados para gloria de Dios.

Con mi hermana religiosa, el Señor puso un pie en nuestra familia y cada cual estableció su propia relación con Él. Yo he decidido acogerle y abrirle mi corazón. Ahora creo que tengo el mejor cuñado del mundo, además de una entrañable y extensa familia espiritual. Es verdad que mi hermana vive lejos de mi ciudad y que no me es posible disfrutarla a diario. Tampoco puedo visitarla, ni llamarla cuando quiera. Y tengo un cierto temor a que la destinen lejos. Ha vuelto a casa de mis padres sólo cuatro veces en dieciocho años. No ha asistido a las celebraciones familiares, y en mi casa sólo ha estado una vez. Así que mentiría si dijera que no la echo de menos. Sin embargo, la siento muy cerca porque sé que siempre está ahí. Ella nos sostiene en la distancia con su oración y su cariño, con sus consejos, con la estabilidad que su estado de vida le ha conferido. De hecho, todavía me sorprende oírla hablar con tanta sensatez, con ese poso que da la participación en la vida de Dios. Y es que para mí siempre será mi hermana pequeña, ¡aunque vista un hábito y sea la superiora de su comunidad! Sus recomendaciones me han ayudado mucho pues siempre me ha aconsejado bien. Además, desde que yo he abrazado sinceramente la fe, compartimos también la lucha por alcanzar la santidad, cada una desde su vocación, en ese maravilloso itinerario de amor que Dios ha pensado para nosotras.

Después de esta experiencia que os he contado, puedo deciros que tener una hermana monja es una bendición para mi familia. El camino de renuncias no ha sido fácil, ni para ella ni para nosotros, pero hemos acabado entendiendo. Hemos comprendido que vivir con radicalidad el Evangelio colma su corazón de alegría; que su propia vida de monja nos habla del amor de Dios; que con el don de sí misma está suscitando en otros jóvenes el mismo deseo de seguir a Cristo; que es signo de contradicción para un mundo individualista que no comprende la entrega generosa y alegre; que abriendo las puertas al Señor, entra la esperanza en el mundo; que sirviendo a los demás no es ella la que vive ya, sino Cristo mismo (Ga 2, 20); que la fidelidad a los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, acrecientan la confianza en la providencia de Dios, y que es Madre (y no sólo de nombre) porque los niños de su cole la quieren con locura, y es imagen de María, casta y fecunda.

La vocación a la vida religiosa es un don para la Iglesia y el mundo y es muestra del amor gratuito e irrevocable de Dios. Gracias, Señor, por esta muestra de predilección que has tenido con mi familia.

Clara Martínez Gomariz es Licenciada en Derecho y Master en Dirección de Personal y Gestión de RRHH. Trabaja desde hace hace quince años en el sector de las telecomunicaciones. Soy Laica del Hogar de la Madre.
Casada desde 2001, es madre adoptiva de una niña china de ocho años de edad y se encuentra desde hace seis años en un segundo proceso de adopción en este mismo país. Es miembro de Andeni, Asociación Nacional en Defensa del Niño. Ha leído diversos libros y artículos sobre adopción y ha asistido a charlas sobre el tema. Además, se mantiene en contacto permanente con un grupo de familias españolas y americanas con menores adoptados en China.