Lunes, 30 Mayo 2016 00:00

Pero, ¿si la familia no existe?

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Uno de los principales problemas a los que nos enfrentamos cuando hablamos de familia es intentar saber de qué estamos hablando, cuál es el sujeto del que se afirman tantas bondades para la vida social o del que se hace depender, en no pocas ocasiones, el origen de tantos males que aquejan a la sociedad.

Cuando se pregunta a la población española por sus valores o por lo más importante para su vida, tradicionalmente la familia es el número uno en el ranking de las respuestas. En principio podríamos estar tranquilos por el futuro de esta institución social, la familia sigue siendo fundamental para todos, tanto jóvenes como mayores. Sin embargo… cuando se dice que la familia es lo más importante, ¿estamos hablando todos de lo mismo? Éste es el gran problema.

Aunque no debiera ser así, al menos a la luz del sentido común (el que cada vez es el menos común de los sentidos), hoy en día la palabra familia es polisémica. ¡Qué digo! Absolutamente polisémica. Para muestra un botón. Hace pocos días tras haber explicado en clase precisamente este tema, el de la fragmentación y desintegración del concepto de familia, a la salida, una señora mayor pasaba con su perro y a unos metros vio llegar a su marido (vamos a suponerlo porque podría ser su pareja, su compañero, su amigo con derecho a roce, su ligue…). Ante semejante visión se dirigió al can en estos términos: ¡Mira, ha venido papá!

Podemos decir que la señora utilizaba el término familiar por analogía, por cariño al animal (entiendo que no por cariño a su esposo, al convertirlo en progenitor de un perro). No obstante es un claro indicador de que en la sociedad actual el término familia ha ampliado sus límites hasta lo insospechado con tal de incorporar cualquier relación de intimidad o similar. Con ello, cuando los españoles afirman la bondad y valor de la familia es imposible saber a qué se están refiriendo.

De este modo, para el hombre occidental de hoy inmerso en la velocidad y el cambio, en la dificultad para el compromiso y la desregulación moral, en la subjetividad y el hedonismo, en la banalización del sexo y el consumo, la familia es cualquier tipo de relación donde se dan elementos de intimidad según las necesidades del individuo y existe, la familia, en tanto en cuanto éste, el individuo, la ve como necesaria y le aporta más que le obstaculiza. Con ello, existen tantos tipos de familia como sujetos o proyectos individuales. Existen las realidades concretas, los casos particulares, pero se afirma constantemente que no es posible un concepto universal de familia (problema, por cierto, que se remonta al debate nominalista de la escolástica medieval).

Entonces… en este contexto en el que nos hallamos inmersos, el de la postmodernidad o modernidad líquida, ¿es posible definir la familia? ¿Es lícito hacerlo? ¿No estaremos atentando contra la libertad? ¿No estaremos saliéndonos del guión marcado y seremos ahora los contraculturales?

En el congreso nacional de sociología que se celebró hace unos años en Barcelona me atreví a presentar una comunicación acerca del tema que tratamos en estas líneas. Tras finalizar mi breve intervención, varios catedráticos de sociología de la familia, con gran prestigio académico, así como el resto de sociólogos allí reunidos se indignaron tremendamente y me preguntaron si es que yo no me había enterado todavía de que “¡La familia no existe, si acaso existen tipos de familias!”. 

Efectivamente, podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que ser contracultural hoy significa atreverse a definir conceptos como familia, matrimonio, fidelidad, donación, paternidad, diferencia sexual, castidad, embrión… Pero no sólo a definirlos sino a mostrar sus rasgos desde la recta razón atada a la realidad, lo que posibilita el crecimiento en humanidad de las personas y, por tanto, de la sociedad.

Pero no se trata únicamente de construir teorías más o menos abstractas sino de hacer patente que la teorización se encarna en modos de vida posibles y concretos: hombre y mujer pueden vivir en fidelidad unidos toda la vida, se puede tener hijos más allá del deseo de paternidad o maternidad, se puede acoger amorosamente a un hijo con síndrome de Down, se puede llegar a la entrega personal tras el compromiso matrimonial…

En este contexto de cierta audacia intelectual y sobre todo de experiencias vitales que nos remiten a la centralidad de la familia en el sano crecimiento de la personalidad y de la salud social es imprescindible acercarse de algún modo a lo que es la familia.

Son muchos los autores que lo han hecho y diversas las definiciones que se han dado desde la perspectiva globalizadora, humanista y social en que nos movemos. Sin embargo, es necesario acercarnos a la familia de un modo que sea fácilmente comprensible y lo más amplio posible. De esta manera la familia se mueve en el ámbito de cuatro rasgos originarios y fundantes: el don, la diferencia, la desigualdad y la discriminación.

Cualquier lector se habrá dado cuenta que las palabras utilizadas son políticamente incorrectas, especialmente las dos últimas. Hoy ser familia es social y políticamente incorrecto. Ser familia no interesa al mercado puesto que las relaciones familiares facilitan estilos de vida menos consumistas y más responsables. Ser familia no interesa al poder político puesto que el ámbito familiar abre la puerta a la reflexión, a la no radicalización, a la capacidad crítica… Ser familia no interesa a los medios de comunicación ávidos de sujetos pasivos que sean grandes receptores y fácilmente manipulables… 

A lo largo de sucesivos artículos iremos desgranando la profundidad que conlleva lo que denomino la Regla de las cuatro D. Se trata de un modo sencillo y didáctico de poder captar la esencia y la gran riqueza de la familia. El don como la especificidad de la relación familiar, la gran aportación de la misma a la vida de las sociedades. La diferencia como rasgo básico que revela la alteridad y el carácter social del yo. La desigualdad entendida como único punto de partida posible para el servicio y el crecimiento del otro, no como herramienta de la dominación. Y, finalmente, la discriminación que separa para generar identidad relacional, para conformar espacios de intimidad y  no para aislar a las personas.

jros Nací en Valencia (España) en 1972, estoy casado y soy padre de 5 hijos. Junto con esta tarea fundamental, que es mi familia, soy profesor en la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” y en el Instituto Pontificio Juan Pablo II (sección española), así como profesor en la Escolanía de Ntra. Sra. De los Desamparados de Valencia.

Siendo importantes el doctorado en Sociología, la licenciatura en Geografía e Historia y la diplomatura en Ciencias Religiosas, el máster en Ciencias del matrimonio y la familia del Pontificio Instituto Juan Pablo II ha sido la pieza clave en mi formación. Desde la perspectiva de familia se abre un campo interesantísimo y urgente en la construcción de una sociedad más humana y una Iglesia más cercana.