Miércoles, 01 Junio 2016 00:00

Desde mi viudez: testigo de la Misericordia

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Me llamo Ana, tengo tres hijos y soy viuda desde hace tres años. Nací en una familia católica. Soy la penúltima de 8 hijos. Mis padres eran unos católicos muy practicantes.

Conocí a mi marido a mis 17 años. Fue un flechazo. Me enamoré de sus ojos azules que con el color del verano resaltaban muchísimo. Me enamoré de su mirada. Tuvimos un noviazgo de cinco años en la distancia: él, en Barcelona, y yo en Zaragoza. Y me encantaba recibir las cartas que me escribía. Me escribía también poesías, era muy delicado y sensible. Llegó a mi vida en un momento muy especial; yo era una niña y él era muy maduro. Me ayudó en todo y me enseñó muchísimo en todos los campos de mi vida.

Nos casamos y tuvimos 3 hijos y un aborto natural de 4 meses. Nunca hemos dejado de rezar juntos, ni de novios ni durante nuestro matrimonio. Eso nos preparó para lo que ahora quiero compartir con vosotros.

A partir del año 2004, empezamos a veranear en Cantabria, concretamente en Santillana del Mar. Íbamos toda la familia: Guillermo, los niños y yo. Allí estábamos entre una semana y diez días, dependiendo de la economía familiar del momento.

Disfrutábamos mucho haciendo vida de familia. Teníamos unos amigos de Barcelona que tenían una casa cerca de allí. Quedamos en hacer juntos una excursión, para visitar juntos un pueblecito: San Sebastián de Garabandal. Pasamos un día genial: reímos, comimos….y por supuesto, rezamos el Santo Rosario. Fue un ejemplo maravilloso para mí ver cómo rezaban el rosario aquellos amigos, con mucho amor, con pausa y gran cariño a la Virgen.

Esta excursión a Garabandal marcó la vida de Guillermo. Aquella experiencia marcó un antes y un después en su vida. Desde entonces, todos los veranos volvíamos a aquel lugar especial. Un cumpleaños suyo quiso pasarlo junto a toda nuestra familia allí, y organizamos un viaje en Semana Santa con sus padres, nuestros hijos y unos amigos.

Guillermo era muy bueno, pero desde que visitamos este lugar, yo le vi hacer un gran cambio. Él se sintió amado por Dios y entró en un proceso de entrega a través de Nuestra Madre, la Virgen.

En aquella Semana Santa, el día de Viernes Santo (nos explicó), él sintió “el grito de dolor de Nuestra Madre”, ese grito callado, pero grito, que escuchó en su interior. Sintió su dolor por su Hijo en la Cruz y sintió su sufrimiento por los pecados de todos los hombres.

Por aquel entonces, empezó a leer muchos libros de espiritualidad, libros sobre la Virgen. Por medio de Mosén Costa en una tertulia, conoció el Diario de Santa Faustina Kowalska, se lo leyó varias veces, y se encontró con la Devoción a la Divina Misericordia. Tomó al pie de la letra el ser apóstol de la Divina Misericordia. Enmarcó una fotografía de la Divina Misericordia y con ella íbamos a todas partes.

Era muy divertido cuando nos íbamos de viaje con las maletas, él siempre decía que no podía faltar el cuadro. Era el cuadro “itinerante”. Gracias a este cuadro, muchas Iglesias, por medio de sus párrocos, pidieron posteriormente entronizarlo en sus parroquias.

Siempre rezaba la coronilla de la Divina Misericordia cuando se enteraba que alguien estaba agonizando, porque decía que de esta forma Dios se presentaba ante aquella alma como un Padre Misericordioso. Quería ser instrumento del Señor para ayudar a Nuestro Señor a llevar almas al cielo e incluso una vez nos puso a rezar a toda la familia una coronilla ante un señor que estaba muriendo ahogado en el mar. Sacaron del agua a este señor mientras rezábamos y al terminar….murió. Fue una experiencia que mis hijos y yo vivimos con gran intensidad.

Yo iba viendo una transformación en mi marido. Una vez me dijo que no era lo mismo amar a Dios que sentirse amado por Dios. Eso era lo que él sentía. Yo lo veía con mucha piedad, veía cómo vivía la Santa Misa cada día, lo veía en sus ratos de oración. No dejaba su oración ni un solo día, buscaba todo tipo de estrategias para estar cerquita del Señor, en el Sagrario. Y decía: “solo cuando uno experimenta realmente y se siente amado por Dios, puede amar.”

Y yo le decía: “Guillermo por favor no seas tan bueno que te irás al cielo; ¿tú le pides a Dios vivir muchos años conmigo y llegar a viejecitos juntos?” y él me miraba y me decía: “sí, sí…pero será lo que Dios quiera”.

La conversión de Guillermo fue a través de la Virgen; él la llamaba “Nuestra Madre”. Guillermo se entregó a la Virgen por completo, se consagró a Ella, para que Ella hiciera con su vida lo que quisiera. Decía que había que ayudar a Nuestra Madre con tanto sufrimiento, y cualquier sufrimiento  que conocía lo tomaba como suyo y rezaba por él. Ofrecía ayunos y rezaba Rosarios por los sufrimientos de los demás. Llegó a escribir un libro sobre la Virgen: “Nuestra Madre, la Virgen.”

Guillermo pedía cada día estar al pie de la Cruz de Jesús con Nuestra Madre. En el año 2008, su madre cayó enferma con un cáncer de páncreas. Guillermo estaba muy unido a su madre. Ella era una mujer extraordinaria. Madre e hijo vivieron este tiempo con gran fe, como una preparación para el encuentro definitivo con Dios. Entre los dos prepararon el funeral con mucho amor. Se repartieron en el funeral 300 Rosarios de Lourdes y el recordatorio con la Divina Misericordia por un lado y la Virgen, por el otro.

A los cinco meses de morir mi suegra, murió mi madre, también con muchísima fe. Vino desde Zaragoza y estuvo ingresada en la Clínica Quirón, donde Guillermo entabló relación con el sacerdote de la clínica y le regaló un cuadro de la Divina Misericordia, que hoy está colgado en la capilla. Entonces yo le decía a Guillermo: “primero tu madre, luego la mía….menos mal que te tengo a ti.”

Después tuvo que desprenderse de su querida hermana Vicky, ahora monja del Verbo Encarnado, a la que estaba muy unido. Pero él decía que para ir al cielo había que desprenderse de todo, de las personas y de las cosas. Y yo le decía: “es que…cariño… la Virgen a mí no me ha tocado como a ti…, yo no siento lo mismo”

Guillermo seguía organizando cosas: encuentros, Rosarios….y, por supuesto, seguía pidiendo acompañar a la Virgen en la Cruz.

En septiembre del 2009, un día me comentó que no veía bien, veía doble. Fuimos a hacer una revisión y acabamos en el oftalmólogo. Le cambiaron las gafas y pensamos que se acabaría el problema de la vista, pero no fue así. El problema no desapareció y volvimos al oftalmólogo, que nos reenvió al neurólogo de urgencias del Hospital Vall de Hebrón. Los médicos quisieron hace una resonancia magnética porque no tenían claro lo que era. Fue todo muy rápido, con mucha urgencia. En la visita con el médico nos dijo que tenía un brote bastante fuerte de esclerosis múltiple.

Le pusieron tratamiento con la idea de seguir haciéndole pruebas para estar seguros, pero de momento había que combatir la inflamación cerebral con un tratamiento muy fuerte de corticoides. Delante de la enfermera y el médico y con los ojos llenos de lágrimas Guillermo me dijo que la Virgen le había regalado una esclerosis múltiple. Ellos se quedaron muy parados e imagino que no entendían nada….pero yo sí que sabía lo que quería comunicar. Él le había pedido a la Virgen estar acompañándole en la Cruz de su Hijo y Ella había contado con él.

Le dieron un tratamiento para 24 días y debíamos volver después a revisión. Le dijeron que pidiera una baja y que luego, poco a poco, se iría encontrando mejor y podría reincorporarse a su trabajo. Este tiempo fue muy duro y Guillermo se fue deteriorando poco a poco. Yo le acompañaba diariamente a Misa, caminábamos un poco, y seguía haciendo ayuno igualmente, a pesar de su delicado estado. Cuando recibía una visita en casa, al marcharse la visita, rezaba un rosario, por ellos. Cada día se deterioraba más, perdía el equilibrio, había que ayudarle a caminar.

Llegó el día de la revisión y tuvo que entrar al hospital en silla de ruedas. Al verlo el médico, nos enviaron a urgencias. Allí pasamos horas. Vino a acompañarnos su director espiritual. Guillermo se alegró mucho al verle pero le costaba mucho hablar. Yo le pedía al Señor mucha paz y repetía la jaculatoria: “Guarda mi alma en la paz junto a Ti, Señor.” Después de dos días nos dieron una habitación y dejamos el box compartido. Guillermo dejó de tragar y no se podía mover, había que ayudarlo a todo.

Al día siguiente estaba contento porque llegaba su hermana monja de Roma a visitarle y también su director espiritual. Él no podía comulgar porque ya no podía tragar, pero empezó a decir cosas sobre Dios y la Virgen que nos emocionaron mucho y percibimos que estaba lleno de Dios.

Esa noche, sentada en la habitación a su lado, yo me derrumbé y, aunque había aguantado el tirón hasta ese momento, empecé a llorar sin parar, preguntando al Señor cómo lo iba a hacer. No solo estaba Guillermo, de quien yo no me quería separar, también estaban mis hijos, y estaban solos, acababan de morir las dos abuelas. Le decía al Señor que no entendía nada pero que confiaba en Él. Lloré muchísimo, sin parar, toda la noche. Le pedí al Señor que me llevara Él, lo dejé todo en las manos de Dios.

A la mañana siguiente, pudo saludar a su hermana y a mi hijo, que había venido de Pamplona, donde estaba estudiando. Era sábado, y la Virgen siempre nos regalaba algo los sábados. Empezó a toser, vinieron de urgencias porque le faltaba el oxígeno. Fueron unos momentos muy duros y vi como se lo llevaron a la UVI. Yo estaba acompañada de familiares y amigos muy queridos. Todos nos pusimos a rezar en el pasillo. Nos dijeron que lo iban a entubar y que no sabían si resistiría. Yo sentía mucha paz, lloraba, pero daba gracias a Dios y a la Virgen. La noche anterior yo no sabía cómo iba a organizarme, pero al entrar en la UVI, donde estaba atendido constantemente, yo podía acompañarle diariamente en los horarios de visita, y volver a casa y estar con mis hijos el resto del día, y darle a ellos paz, viéndome a mí bien.

Y entró en la UVI, donde estuvo 5 meses y de dónde ya no salió. Le hicieron una traqueotomía y, estando con él, se despertó de la sedación y abrió los ojos, esos ojos azules que me enamoraron el primer día que lo vi; seguían igual de grandes y tenían un brillo especial. Había algo especial en su mirada. No los abrió nunca más. Otro desprendimiento. Entró en estado de coma.

Guillermo seguía al pie de la Cruz, donde le había pedido estar a Nuestra Madre.

Fueron meses muy duros para mí, pero fueron un regalo. Cada día le pedía al Señor que condujese Él cada minuto de mi día, y en la lucha diaria. Y así fue, seguí con una paz infinita y con el convencimiento de que Dios lo llevaba todo. Fue una gracia que soy consciente que recibí de Dios. Me agarré profundamente a la Divina Misericordia. Hasta ahora había rezado la coronilla siguiendo a Guillermo, pero no la sentía como una devoción mía. Pero ahora me agarré fuertemente a la Misericordia Divina de Dios. También me agarré a la Santísima Virgen y al Papa Juan Pablo II.

No paraban de hacerle pruebas, pues todavía no había diagnóstico. Los médicos estaban desconcertados. Nos veían con mucha fe y mucha alegría. Rezábamos mucho en su presencia, le contábamos cosas, cantábamos… Siempre compartía habitación, así que rezábamos también por la persona enferma que estaba a su lado. También rezábamos mucho por los médicos y las enfermeras que cada día estaban cerca suyo.

Estaba claro que el Señor había preparado a Guillermo para ayudar a las almas a irse al Cielo. Cuando venía su sacerdote a verle, el compañero de turno de habitación le pedía hablar con él. El sacerdote les daba la Unción de Enfermos, y rezábamos por ellos. Al poco morían….y se llevaban muchas oraciones nuestras.

Vimos el sufrimiento de mucha gente y fue un regalo descubrir el valor del mismo.

Los médicos querían hacer la última prueba que quedaba pendiente: una biopsia cerebral. Era una prueba muy arriesgada. No sabían si obtendrían información, y había riesgo de hemorragia cerebral. Pero tenía que decidir yo. Yo estaba humanamente sola, así que les dije que me dieran unos días para pensarlo. Yo pensé, el tiempo para hacer una Novena a la Divina Misericordia. Yo ponía toda mi confianza en lo que Guillermo tenía más fe. Como él no podía hablar, lo hacía yo por él. Y empecé la Novena esperando una respuesta del Señor. El día que acabé la Novena, el Señor me dio la contestación. Guillermo cogió una infección muy grave en la sangre. Los médicos dijeron que moriría de aquello. Ya no había que hacer la biopsia. El problema se solucionó por sí mismo. Sentí que el Señor me contestaba de esta forma, en forma de Cruz.

Yo seguía confiando, con una gran paz, que sabía me daba Dios. Iban pasando los días y Guillermo iba saliendo de la infección. Era Navidad. Sentí que Guillermo pasaría la Semana Santa.

Llegaba la Semana Santa. Los que conocéis la devoción a la Divina Misericordia, sabréis que la fiesta se celebra el siguiente domingo al Domingo de Resurrección, y que es costumbre preparar esa fiesta rezando la Novena de la Divina Misericordia, que comienza cada año el día de Viernes Santo. Años anteriores, Guillermo había hecho imprimir muchísimas novenas y las divulgaba por conventos y otros centros intentando propagar esta devoción. Como Guillermo no podía hacerlo este año, pensé que le tenía que ayudar yo a propagarla. Si la gente empezaba el Viernes Santo a rezar la Novena, podíamos pedir por dos cosas: por Guillermo y por la propagación y el conocimiento de la devoción. Pero pedíamos sobre todo que se hiciera la voluntad de Dios.

Además, ese Viernes Santo coincidía con el 5º aniversario del fallecimiento de Juan Pablo II, a quien teníamos muy presentes en toda la enfermedad de Guillermo. Fue él quien proclamó el Gran Día de la Divina Misericordia como fiesta el primer domingo después de Pascua.

Encargamos unas 300 Novenas y pedíamos a todo el mundo que venía a visitarlo que rezara. No sabéis qué movida estaba la gente y lo que se rezó.

Cuando empecé la novena tenía miedo de lo que el Señor me iba a contestar, porque siempre me contestaba… y su contestación solía ser dura. Pero la empecé. Cuando llegaba del hospital por la tarde, la rezábamos mis hijos y yo.

El día sexto de la Novena, el día dedicado a los sencillos y humildes, yo comenté a mis hijos: “mirad, como papa, sencillo y humilde.” Al terminar la novena del día sexto, recibí una llamada del hospital diciéndome que fuera en cuanto pudiese. Era la primera vez que recibía una llamada así en todo este tiempo. Supe que algo había pasado. Reuní a mis hijos y empezamos a rezar a la Virgen el Santo Rosario. Al llegar nos dijeron que Guillermo había fallecido.

Estando rodeada de gente querida, con Guillermo ya sin vida, iba sintiendo en mi interior muy fuertemente algo que me decía: “reza, confía, espera”, “reza, confía, espera.”

Os puedo decir que sentí mucho dolor, porque Guillermo era todo para mí, pero el Señor me llevaba en cada momento esos días, con una gran paz y alegría, viviendo el momento en el que estaba y no pensando en nada más. Yo estaba abandonada a Él y eso me daba mucha paz.

Falleció en medio de la Novena de la Divina Misericordia, su funeral se celebró en sábado, víspera del Gran Día de la Divina Misericordia. Aquel domingo tan especial para Guillermo, llegó al cielo y lo celebró allí. Su funeral lo organicé de la misma forma que él había organizado el de su madre, porque yo había visto todo lo que a él le gustaba y había elegido para ella. En una palabra, el cielo lo organizó y fue impresionante.

Para mí, todo fue un regalo, os lo puedo asegurar. Verdaderamente descubrí que la señal del cristiano para ir al cielo es la Santa Cruz.

Después de la muerte de Guillermo descubrí mi bautismo, mi confirmación, mi Eucaristía y cada día le digo al Señor: “Yo solo quiero amarte”. Y a la Virgen le digo que quiero amarla como la amaba Guillermo. Le pido que nos lleve donde el Señor quiera, pero que nos lleve Ella.

Dios se llevó a Guillermo con Él; su misión en la tierra había terminado. Para mí, Guillermo lo era todo, yo no podía pensar una vida sin Él. Pero el Señor me ha demostrado con creces que Guillermo sí era importante, pero el que realmente me cuida y me lleva es Él. Guillermo era el instrumento de su amor.

Grande fue la fe que el Señor me regaló. Él tenía sus planes. Me sentí amada por Él y cuidada por Él y por Nuestra Madre. Y comprendí entonces lo que me decía Guillermo, que: “no es lo mismo amar a Dios que sentirte amada por Él.” Le pedí entonces al Señor que me rodeara de gente a la que espiritualmente me pudiera unir. Y os puedo asegurar que fue como las flores en primavera: no pararon de venir a mi vida personas maravillosas que no conocía y que Jesús iba poniendo a mi lado. Junto a ellas estoy involucrada ahora en proyectos maravillosos para dar a conocer la Misericordia de Dios.

De esta manera llegó a mi vida Emaús. Vino a mí, como todo, de manera providencial. Me acuerdo que con toda la enfermedad de Guillermo viví momentos y experiencias tan intensas, que llevo muy dentro de mí, y le decía a mi hijo mayor: “mira Guille, esto es para escribirlo y contarlo.”

Y como para todo el Señor tiene su momento, Él ha querido que yo siguiera experimentando su Amor grande, y así ocurrió cuando hice el pasado noviembre el retiro de Emaús. Sentí su amor profundamente, y ahora me regala la posibilidad de compartir mi experiencia de amor, con todos vosotros. En cada retiro de Emaús que se ha celebrado en Barcelona, este cuadro, el cuadro que Guillermo llevaba a todas partes, preside la sala. Es como si también lo trajera aquí.

Él lleva la historia del mundo, cada minuto, cada segundo, está en sus manos. Todo tiene un sentido. Solo hay que confiar y os aseguro que nunca os faltará la paz y la alegría. Obrar con rectitud, no importa lo que hagamos, sino el amor que pongamos.

Ahora he cogido el testigo de Guillermo en dar a conocer la devoción a la Divina Misericordia. Y he podido colaborar para que el cuadro se coloque en diferentes Iglesias, para su veneración. Yo pensaba traerme de Polonia un dibujo bonito y enmarcarlo, y en ello estaba cuando el Señor nos regaló que mi querida amiga Emma, servidora, con la que comparto la devoción a la Divina Misericordia, y una de las personas a las que me unió el Señor tras la muerte de Guillermo, que es pintora, sea la autora de dos de los cuadros que se han entronizado en dos Iglesias.

Tenemos un grupo de Adoración al Santísimo, los miércoles a las tres de la tarde, hora de la Divina Misericordia, que he montado siguiendo las inspiraciones que recibo del Señor en la oración. Allí rezamos la coronilla de la Divina Misericordia ante el Santísimo Sacramento y el Santo Rosario a Nuestra Madre.

Cada día pido al Señor que mis hijos descubran lo que Dios les ama. Si te dejas llevar por Él,  todo lo demás viene de su maravillosa Providencia. Al fallecer Guillermo, fuertemente unida al Señor y a la Virgen, me sentía muy unida a Guillermo. Él me enseñó a pedir todo a través de la Virgen. Cada día le digo a la Virgen que le mande besos a Guillermo, y estoy convencida de que se los da. Me puse manos a la obra con toda la ayuda del cielo, pues yo poco sabía. El Señor con su Amor y con su cuidado exquisito me fue poniendo las personas y los instrumentos para ir organizándome. Me sacudió una devoción fulminante a mi querido San José, a quien le encomiendo cada día a mis tres hijos y le pido que me enseñe a estar desprendida de todo y a saber servir a Dios y a los demás por Dios.

El Señor me seguía recordando que todos aquí estamos de paso, que nuestra meta es el cielo y en febrero de 2011, nueve meses después de morir Guillermo, repentinamente falleció en Zaragoza un hermano mío y, seis meses después, en el mes de agosto del mismo año, también me tuve que desprender de mi padre. Cómo me acuerdo de las palabras de Guillermo: “hay que estar desprendido”.

Todos estos seres tan queridos para mí se marcharon en tres años, con pocos meses de diferencia entre ellos, pero os puedo asegurar que he visto en cada uno cómo Dios prepara a las Almas con infinito Amor y Misericordia, antes de dejar su paso por la tierra.

Seguiría... seguiría contando cosas sin parar, porque cada minuto, cada segundo, Dios me regala cosas. Intento cada día vivir dejando el pasado en SU MISERICORDIA, el presente en SU GRACIA, y el futuro en su maravillosa PROVIDENCIA. Sólo puedo deciros: CONFIAD EN ÉL Y NUNCA PERDERÉIS LA PAZ.

Ana Pelaez.

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