Viernes, 03 Junio 2016 00:00

Santo Tomás Moro, la vida por la verdad

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Estamos en tiempos revueltos en este mundo en el que vivimos. Hay un desencanto generalizado. Hablo especialmente de España, pero no sólo ocurre aquí. La población no cree ya en todos los que dicen que la actividad política ha de vivirse, principalmente, en actitud de servicio. Esto ha dejado de ser una realidad para convertirse en mera palabrería. La “casta política”, como vulgarmente se llama ahora a los que nos gobiernan, se ha ganado a pulso el que la conciencia ciudadana piense que no son de fiar, que sólo quieren ganar el puesto para llenarse los bolsillos y que, ciertamente, no piensan en el bien común.

Pues bien, no todos los políticos son así, al menos yo prefiero pensar eso, ni han sido así a lo largo de la historia. Muchos ejemplos hay, también de reyes y reinas, que han vivido por y para su pueblo y, probablemente, os hable de alguno en otra ocasión. Hoy, después de pensarlo mucho, he decidido proponeros una gran figura en el mundo de la política y éste es SANTO TOMÁS MORO.

Nació Tomás Moro en Cheapside, Inglaterra en 1478. A los 13 años se fue a trabajar de mensajero en la casa del Arzobispo de Canterbury, y éste al darse cuenta de la gran inteligencia del joven, lo envió a estudiar al colegio de la Universidad de Oxford.

Su padre, que era juez, le enviaba únicamente el dinero indispensable para sus gastos más necesarios, y esto le fue muy útil, pues como él mismo afirmaba después: "Por no tener dinero para salir a divertirme, tenía que quedarme en casa y en la biblioteca estudiando". Lo cual le fue de gran provecho para su futuro.

Un hombre de profunda fe, se puso manos a la obra para conocer cuál era la vocación a la que el Señor le llamaba. Buscó en la Cartuja, en la cual estuvo 4 años, y también con los franciscanos pero, tras una profunda reflexión, determinó que a lo que el Señor le llamaba era a vivir y trabajar en el mundo, por lo que se decidió por la vida matrimonial.

Se casó en 1505 con Juana Colt, con la que tuvo cuatro hijos, pero ésta falleció en 1511. Tomás volvió a contraer matrimonio con Alicia Middleton, viuda y con una hija. Fue un buen padre preocupado por la educación de sus hijos, y su casa siempre estuvo abierta a todos, especialmente a los más pobres, que no faltaban a su mesa.

En su trabajo como juez, siempre hubo un hueco para ayudar y defender a aquellos que no tenían medios, por lo que era un hombre muy respetado en todos los ambientes, no sólo en el profesional, en el que destacaba por su gran valía.

Hombre culto, bien formado en teología y literatura clásica, también era conocedor del griego y mantenía relaciones con personajes importantes de la cultura de su tiempo. Fue profesor en uno de los más prestigiosos colegios de Londres, además de secretario del alcalde de la misma ciudad. En 1504, durante el reinado de Enrique VIII, fue elegido para el Parlamento y durante el reinado de Enrique VIII fue nombrado Canciller.

Todos sabemos la terrible historia que se vivió en Inglaterra como consecuencia de las debilidades de su rey, el cual, por todos los medios, intentó que la Iglesia Católica declarara nulo su matrimonio con Catalina de Aragón, hija menor de los Reyes Católicos, porque se había encaprichado de Ana Bolena. Como no lo consiguió, se declaró jefe supremo de la religión de Inglaterra y tuvo 6 esposas.

Tomás Moro, hombre de rectitud probada, sabía perfectamente que todo lo que estaba sucediendo era consecuencia de los caprichos de un rey, por lo que, en ningún momento, a pesar de que era solicitada su aprobación, transigió con la situación irregular que estaba provocando Enrique VIII.

Sabedor del peligro que corría, pues ya habían rodado algunas cabezas, abandonó la vida pública, pero el rey decretó que le fueran confiscados todos sus bienes. Tomás no perdió la calma, a pesar de que en su familia no tenía el apoyo que habría sido de esperar. Siempre puso su confianza en el Señor y así se lo explicaba a los suyos. Él tenía que ser fiel a lo que había vivido y creído siempre.

Finalmente, como el rey no consiguió su aprobación, lo encerró en la Torre de Londres y, a pesar de toda la presión a la que fue sometido, se mantuvo fiel a sus convicciones y a la Iglesia Católica, por lo cual fue condenado a muerte, siendo decapitado el 6 de Julio de 1535. Aún en el cadalso, nunca perdió el humor que caracteriza a una persona de fe profunda como él era; sus últimas palabras al verdugo que iba a decapitarle fueron. “Fíjese que mi barba ha crecido en la cárcel, es decir, ella no ha sido desobediente al rey, por lo tanto no hay por qué cortarla. Permítame que la aparte”. Estas fueron las últimas palabras de Tomás Moro.

Hombre austero, penitente, de Misa diaria y profunda oración que aprendió a cultivar durante su estancia en la cartuja y que no abandonó a lo largo de toda su vida, no “puso en venta” los talentos que había recibido que fueron muchos y muy valiosos, sino que los puso al servicio de los demás, especialmente de los más pobres, por Amor a Dios. Todo ello le condujo a dar la vida.

¡Qué ejemplo para los políticos de nuestro tiempo! ¡Ojalá tuviéramos ahora unos cuantos Tomás Moro que “sacaran los colores” a todos los que se llenan la boca con palabrería!

Nosotros, también en nuestros ambientes, podemos seguir su ejemplo y no dejarnos comprar por conseguir unas cuantas amistades bien colocadas, por un mejor puesto en nuestro trabajo, por tener mejor reconocimiento. Firmes en nuestra Fe, siendo testimonio veraz sin importarnos ser apartados, que cuchicheen de nosotros, que se burlen… ser capaces de dar la vida, si no de forma cruenta como Santo Tomás, sí soportando con paciencia y ofreciendo todas aquellas cruces que tengamos que padecer por ser fieles.

solemartinSoledad Martín, esposa y madre. Intento compaginar ésta que es mi verdadera vocación, lo mejor que puedo, con un trabajo como funcionaria en horario de mañana, lo cual me permite atender a mi familia puesto que tengo las tardes libres. Soy laica del Hogar de la Madre.