Viernes, 15 Julio 2016 00:00

Una consulta muy especial

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Estando yo trabajando en mi consulta vinieron unos padres para hacerme una consulta muy, pero que muy especial. Fue una de las mejores consultas que he tenido en mi vida profesional.

Yo conocía perfectamente a esta familia. Se trataba de un matrimonio que tenía tres hijos pequeños y muy seguidos. Como ya sabemos, a estas edades los niños están continuamente en la consulta por problemas catarrales y similares. Pasan muchas veces por la consulta, así que al final conoces perfectamente a cada miembro de la familia.

Me llamó la atención que vinieran solamente el padre y la madre a consultarme, sin ninguno de sus tres hijos. La mamá estaba embarazada y el embarazo había transcurrido con total normalidad hasta ese momento. Ya al entrar en la consulta noté cierta situación de preocupación. Les habían dicho, tras el estudio de la ecografía, que el feto tenía una malformación congénita y que era el momento de tomar la decisión de proceder a un aborto, ya que el embarazo estaba al límite de las semanas que permite la ley para poder someterse a un IVE… Sí, así se llama de forma técnica. Son las siglas de interrupción voluntaria del embarazo.

Claro, venían muy apurados por la importante decisión que tenían que tomar. 

Y asustados de lo que acaban de escuchar de boca de un profesional sanitario: “¡¡¡Tenemos que matar a nuestro hijo!!!” Así me lo decían. Venían apurados por el tiempo que les quedaba para tomar esa decisión y querían pedir mi opinión, pues lo que les proponían resultaba muy duro. Y, si era verdad lo que les estaban diciendo, continuar con el embarazo y con el hijo adelante les parecía una responsabilidad hacia ese hijo, ya que le auguraban un pronóstico bastante incierto y, desde luego, de gravedad. En la ecografía se había visto cómo el pulmón de su bebé tenía una pequeña malformación en el ápex, o sea, en la punta del pulmón. Eso podría generar problemas para su hijo en el momento del nacimiento y después.

Yo les escuche y les pedí que me dejaran un margen para estudiar el caso clínico de su hijo. Así hicimos y volvimos a vernos al día siguiente. Les expliqué lo que haríamos si la decisión fuera seguir adelante con el embarazo y las circunstancias que podríamos encontrarnos. Les ofrecí mi apoyo más incondicional, al mismo tiempo que les aseguré que el niño nacería en un hospital multidisciplinar, en el que pudiera ser atendido desde el momento del parto. No les oculté que, con toda seguridad, iba a precisar una intervención para quitarle la parte enferma de su pulmón. Yo tenía ya preparado todo lo necesario para que fuera atendido y hubiera neumólogos, cirujanos, UVI neonatal y todos los medios precisos para no correr ningún riesgo. Después, les puse una comparación: ellos tenían dos hijos y una hija, y les puse en la situación de qué harían si la niña precisará una amputación de un miembro de su cuerpo por un accidente, y les dieran a elegir entre amputarle el miembro o bien matarla. Claro, esto les sonó descabellado, pero fue precisamente este choque lo que les hizo darse cuenta de lo que les estaban proponiendo.

La enfermedad del feto estaba muy reducida en una parte del pulmón, y este podía evolucionar incluso hacia la curación. Claro está que también era posible la necesidad de tener que proceder a una intervención quirúrgica para recortar esa parte de pulmón enferma.

Les dije que también debían consultar con otro pediatra, y les mandé al mismo centro donde yo había organizado para que naciera. Providencialmente, este pediatra al que pidieron segunda opinión les dijo exactamente lo mismo que yo: como mejor opción frente a la posibilidad de interrupción voluntaria del embarazo, les aconsejó seguir adelante con el embarazo, y realizar una exhaustiva vigilancia intraútero y un parto programado multidisciplinarmente.

Al día siguiente vinieron muy contentos a contarme la decisión que habían tomado. No quiero ocultar que se me saltaron las lágrimas y que aún ahora, cuando lo escribo, me invade una gran emoción que no puedo explicar.

La vida no es fácil para nadie. La verdadera buena elección es la lucha por la vida.

Este pequeñín tuvo una evolución muy buena. En el momento del nacimiento todo estuvo muy vigilado. Transcurrió con total normalidad y al cabo de varios meses de vida fue intervenido, quitándosele la parte enferma de su pulmón. 

Puedo aseguraros que, de los cuatro hermanos de esta familia, este niño ha sido el más sano y, por supuesto, el más fuerte, porque ha sido un ganador.

Sus padres y sus pediatras apostaron por la vida. Y la vida venció en él.

Soy pediatra con 35 años de experiencia, mi vocación no es sólo curar al niño enfermo, sino protegerle y ayudarle a crecer en todos los aspectos de su vida, tanto en su cuerpo, como en su psicología, como en su espíritu. Y hacerlo desde dentro del entorno que arropa al niño -la familia- asesorando a quienes los cuidan.

Tengo tres hijos, soy católica y Laica del Hogar de la Madre.