Lunes, 27 Junio 2016 00:00

La sociedad frente a la familia

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Dice el viejo Aristóteles que nos es más próxima y más natural la familia que la sociedad política. Quizás el Filósofo no contaba con que en Occidente habría quienes pensarían lo contrario porque vivirían lo contrario.

Para quienes procuran vivir de acuerdo con la idea clásica de la familia, la reflexión aristotélica es evidente. Pero para quienes viven hoy en unidades familiares rotas, con padres dispersos en varios hogares, con hermanos parciales de diversas procedencias, esto no es así. El hogar no es dulce hogar sino, a lo sumo, en el estrecho reducto del propio cuarto y a solas (y sólo un rato). Se aspira si acaso a encontrar emparejamientos más o menos duraderos fuera del hogar originario.

Hace unos días se ha publicado que ya un cuarto de los hogares españoles son unipersonales. Es otra solución, una aceptación de la soledad. La familia se difumina y desaparece de la vida de muchos de nuestros contemporáneos. No la tienen y son incapaces de crearla.

Para ellos tampoco existe la patria o la nación. La sociedad política también se ha desdibujado, especialmente en España. Ya apenas queda nadie que siquiera tome en consideración la posibilidad de dar la vida por España. Lo que hay no es la patria o la nación, sino la «sociedad». Una realidad en la que participa Hollywood, la Antártida y sus glaciares, la sostenibilidad, los derechos de la mujer y la emancipación de los pobres, Google, Bill Gates, Zara, internet, los videojuegos, las series de televisión…  Los presidentes y los reyes de los diversos países son solamente personajes ajenos y lejanos. Lo que el individuo encuentra ante sí es la «sociedad», esa que impone sus opiniones, creencias, normas y juicios. Un ser enorme que envuelve vaporosa e íntimamente mientras los individuos arrastran una existencia flotante, descontrolada y desligada. Solo existe el individuo, consumidor y contribuyente, frente a la sociedad.

Este personaje protagonista de nuestro tiempo no entiende que haya quienes queramos reconstruir la familia.

Puede decirse que la historia contemporánea de los últimos setenta años, desde el final de la II Guerra Mundial, asiste en Occidente al despliegue del Estado del Bienestar. Tras la caída del Muro de Berlín, también los viejos comunistas se han sumado a este proyecto. El Estado lo da todo. El individuo trabaja y lo recibe todo. Todo lo debe al Estado, que se ocupa de la educación, la salud, la seguridad, la cultura, la economía, la felicidad… No se piense que este modo de existencia encuentra en el liberalismo un freno. Bien puede verse que todos los gobiernos occidentales han adoptado el modelo del estatalismo. Ni siquiera en nuestra España se atreve nadie, apenas, a poner en cuestión el «Estado del Bienestar».

La «sociedad» nos convence de que el individuo es un ser autónomo y adulto, señor de su vida y capacitado, desde la infancia, para desplegarla a su conveniencia. Es decir, el individuo está por completo en manos del poder (político, mediático, cultural, etc.), sin intermediarios. Eso explica la muerte de la familia. La familia no existe porque el Estado del Bienestar, este último avatar de la Ilustración materialista y atea, no la admite. Porque es la familia, en efecto, un reducto inadmisible de libertad, es decir, de autonomía respecto de los poderes constituidos. Como lo era la religión católica…

La sociedad, y los individuos zombis que ella ha creado, se revuelven con todas sus fuerzas contra la posibilidad de que un padre, una madre y unos pocos hijos de ambos puedan querer ser felices conviviendo y educándose. El mundo actual odia a la familia. Quizás le suscita añoranzas demasiado profundas y lejanas, demasiado verdaderas. Este mundo roto que persigue locamente convertirse en Dios, se ha condenado a sí mismo a rechazar todo lo que le sería medicina y alivio. Hasta que decida volver a la casa del Padre.

Cuando eso suceda, cuando vuelva la familia, volverá la patria.

Doctor en Filosofía. He sido profesor en la Universidad CEU San Pablo, la Universidad Eclesiástica San Dámaso y en la Universidad Internacional de la Rioja (UNIR). Profesor de enseñanza media, actualmente ejerzo la docencia en un Instituto de Educación Secundaria de Madrid. Casado y padre de cinco hijos. He publicado diversos trabajos científicos, especialmente de metafísica y antropología, y sobre la figura de Antonio Millán-Puelles. También participo en programas de radio y en periódicos de internet.