Sábado, 06 Agosto 2016 00:00

El don, raíz de la familia

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Cabría preguntarse dónde reside lo propio, lo específico de la familia, aquello que la hace necesaria en la vida social, aquello que la caracteriza como imprescindible para el sano desarrollo de las personas. La familia, en este sentido, no puede ser equiparada a otras realidades sociales ya que en ella, a través del don, se sientan las bases de una sociedad verdaderamente humana.

Es cierto, y fácilmente comprobable, que la familia ha desempeñado a lo largo de la historia gran cantidad de tareas y funciones. No es menos cierto que poco a poco ha ido perdiendo alguna de ellas en aras de otros agentes sociales. Así, la función económica familiar ha quedado reducida poco menos que al consumo, la tarea educativa se ha ido dejando en manos de la escuela o, hasta incluso las relaciones de intimidad han ido pasando a otro tipo de relaciones sociales distintas a la familiar. Entonces, si la familia pierde funciones… ¿no estará abocada a la desaparición?

Cabe responder a esta cuestión diciendo que hay funciones que la familia nunca perderá, como la socialización de los niños, o apuntando la adquisición de nuevas tareas como son la gestión de la adolescencia o, más claramente, la atención a la cuarta edad. Sin embargo, siendo esto cierto, nos quedaríamos alejados de lo verdaderamente propio y fundamental de la relación familiar.

Si lo propio en la relación económica es el intercambio y lo específico de las relaciones con el Estado es la ley, lo normativo, lo esencialmente familiar es el don. Lo que define a la relación familiar más allá de las aportaciones sociales concretas que pueda realizar, es su capacidad para generar y poner en activo el don incondicional. Y, ¿qué es el don incondicional? Podríamos denominarlo también altruismo, gratuidad, amor ágape. Es decir, la familia se fundamenta en la incondicionalidad de la entrega total.

“Bueno, pero esto podríamos aplicarlo también a otras relaciones sociales”. Ciertamente, habrá que hacer algunas aclaraciones. El lugar originario y primordial del don es la experiencia familiar, sin ella es muy difícil cualquier donación en otro ámbito social. En la familia somos capaces de experimentar el amor incondicional, ese que posteriormente podremos poner en marcha en una medida en el ámbito laboral, en el de la ciudadanía… No se puede entregar aquello que no se ha recibido. 

Cada día nos encontramos en el contexto occidental niños que desde bien pequeños se dejan en la escuela infantil, pasan el día con cuidadoras, ya más mayores acuden a constantes actividades fuera de horario escolar o pasan la tarde solos en casa conectados a todo tipo de artefactos multimedia. ¿Han sido verdaderamente capaces de experimentar la donación por parte de sus padres? Difícilmente. ¿Serán capaces con relativa facilidad en una sociedad individualista y hedonista de entregarse totalmente al otro? Difícilmente.

“Bueno, pero en cualquier relación de intimidad, como es una pareja de hecho, también se puede dar el don”. Es posible, pero bastante complicado. ¿Por qué? Porque la propia pareja de hecho comporta la ausencia de compromiso público (el ser de derecho, aunque luego lo reclamen) para así facilitar los proyectos individuales y salvaguardar la “libertad” de sus miembros. Eso no es don incondicional.

El don incondicional comporta la entrega total tanto sincrónica como diacrónicamente. Es decir, en el hoy cotidiano y en el mañana que llegará. Cuando explico estas cuestiones en el aula suelo hacer la siguiente pregunta: “¿Quién no firmaría ya por encontrar a un hombre (suelen ser alumnas) que te quiera como eres y para siempre?” La respuesta no falla, cualquiera firmaría por este amor. En el fondo, y en la superficie, la necesidad de encontrarse vitalmente con el don es un proyecto que llama a la puerta de todos nosotros. Por eso cualquier separación matrimonial o divorcio, por muy justificado que pueda estar, no deja de ser siempre un fracaso vital.

Ante la llamada al don como elemento fundamental de la familia surge siempre la contestación de la experiencia: “¿y el aumento de la violencia en las familia, como es la violencia machista?”, “¿y el abandono de niños que cada vez va a más tanto física como educativamente?”, “¿y el divorcio?”… La lista podría ser muy larga. Parece más bien que la familia en vez de ser una ayuda es un obstáculo o una agresión para la persona. “No es que vaya a desparecer por perder progresivamente funciones sino que sería de justicia que acabáramos con ella” como dicen algunos movimientos supuestamente liberadores que siempre acaban dejando al individuo aislado y a merced del poder.

Que lo propio de la familia sea la gratuidad o el don no quiere decir que sea una propiedad inmanente. El don hay que ponerlo en activo cada día. En este sentido, la familia es un espacio de capacidades de tal modo que el hecho de que el don no se ponga a funcionar no quiere decir que el entorno familiar no posea esta magnífica propiedad. Podemos poner una comparación. El hecho de que España esté en posiciones de cabeza en el fracaso escolar en el mundo occidental no quiere decir que la escuela no esté capacitada para llevar adelante la transmisión de conocimientos, simplemente no está poniendo en activo adecuadamente sus recursos para llevar a cabo esa tarea tan importante.

No podemos finalizar estas líneas sin hacer referencia a lo que Pedro Juan Viladrich denomina “la desnudez del ser”. Es un aspecto muy importante que puede ayudarnos a acabar de entender el tema del don como núcleo irreductible de la familia. La familia es el único lugar social donde el sujeto puede manifestarse tal cual es, lo que se aprecia claramente en los niños. Cuando uno se manifiesta ante el otro de este modo puede suceder que llegue el rechazo y la ruptura ante las posibles dificultades en la relación sin embargo nos encontramos con la clave fundamental de la donación. Sólo en la medida en que uno se manifiesta verdaderamente puede ser amado verdaderamente y esto conlleva indefectiblemente el crecimiento personal y familiar. Únicamente hay donación incondicional cuando se conoce la realidad, por dura que pueda ser, tal cual es.

El grave problema que afrontamos es la falta de resistencia a las dificultades y la incapacidad cada vez mayor para perseverar en el sufrimiento. El buen oro debe ser probado al crisol y la familia, como elemento social preciosísimo, aumenta en profundidad relacional en la medida en que juntos (marido y mujer, padres e hijos…) superamos, muchas veces como podemos, las crisis de la vida.

jros Nací en Valencia (España) en 1972, estoy casado y soy padre de 5 hijos. Junto con esta tarea fundamental, que es mi familia, soy profesor en la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” y en el Instituto Pontificio Juan Pablo II (sección española), así como profesor en la Escolanía de Ntra. Sra. De los Desamparados de Valencia.

Siendo importantes el doctorado en Sociología, la licenciatura en Geografía e Historia y la diplomatura en Ciencias Religiosas, el máster en Ciencias del matrimonio y la familia del Pontificio Instituto Juan Pablo II ha sido la pieza clave en mi formación. Desde la perspectiva de familia se abre un campo interesantísimo y urgente en la construcción de una sociedad más humana y una Iglesia más cercana.