Miércoles, 10 Agosto 2016 00:00

Adopción humana y adopción divina

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La adopción es una realidad tan antigua como el hombre. La primera vez que se menciona en la Biblia es en el Antiguo Testamento, concretamente en el Libro del Éxodo, donde se relata historia del Rey de Egipto que impuso a las parteras matar a los varones nacidos de mujeres hebreas, a fin de controlar el rápido crecimiento de los hijos de Israel.

La hebrea Jacobed consiguió que su hijo naciera con vida y, removida por la hermosura del niño, lo escondió durante tres meses. Cuando no pudo ocultarlo por más tiempo, tomó un canasto y tras impermeabilizarlo con betún y pez, colocó en él a su bebé y lo dejó en el Nilo. Una de las hijas del Faraón vio el canasto y recuperó al niño, de manera que fue adoptado por la familia real y se le puso por nombre Moisés, que significa Salvado de las aguas.

También en el libro de Ester se relata la historia de esta bella joven que era huérfana de padre y madre y que había sido adoptada por su tío Mardoqueo. Tras su matrimonio con el Rey Asuero, fue proclamada reina de Persia y descubrió una conspiración contra el pueblo judío, salvándolo de la muerte.

En el Nuevo Testamento también encontramos referencias a la adopción cuando leemos cómo el Hijo de Dios fue concebido por medio del Espíritu Santo, nacido de Santa María Siempre Virgen y adoptado por san José, esposo de su madre, que lo crió como hijo propio. Me gusta cómo Benedicto XVI explica en su discurso pronunciado en Camerún el día 18 de marzo de 2009, el hecho de que san José viviera la paternidad en su grado más insigne, y fuera un verdadero padre para Jesús: «No hay más paternidad que la de Dios Padre, el único Creador de todo lo visible y lo invisible. Pero al hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, se le ha hecho partícipe de la única paternidad de Dios (cf. Ef 3,15). San José muestra esto de manera sorprendente, él que es padre sin ejercer una paternidad carnal. No es el padre biológico de Jesús, del cual solo Dios es el Padre y, sin embargo, desempeña una plena y completa paternidad. Ser padre es ante todo ser servidor de la vida y del crecimiento. En este sentido, san José ha demostrado una gran dedicación. Por Cristo, ha sufrido la persecución, el exilio y la pobreza que de ello se deriva. Tuvo que establecerse en un lugar distinto de su aldea. Su única recompensa fue la de estar con Cristo».

En el reciente Magisterio de la Iglesia Católica, encontramos también referencias a la adopción. Así, el punto 501 del Compendio del Catecismo habla de la adopción «como una forma en la que los esposos a los que no se les ha concedido el don de un hijo biológico pueden mostrar su generosidad», y afirma que por este medio «ejercen una preciosa fecundidad espiritual».

S. Juan Pablo II, el papa de la familia, también habló en su Encíclica Evangelium Vitae acerca de la adopción, en el punto 93: «Una expresión particularmente significativa de solidaridad entre las familias es la disponibilidad a la adopción o a la acogida temporal de niños abandonados por sus padres o en situaciones de grave dificultad. El verdadero amor paterno y materno va más allá de los vínculos de carne y sangre acogiendo incluso a niños de otras familias, ofreciéndoles todo lo necesario para su vida y pleno desarrollo».

Más recientemente, el papa Francisco señalaba en los puntos 179 y siguientes de su Encíclica Amoris Laetitia: «La adopción es un camino para realizar la maternidad y la paternidad de una manera muy generosa, y quiero alentar a quienes no pueden tener hijos a que sean magnánimos y abran su amor matrimonial para recibir a quienes están privados de un adecuado contexto familiar. Adoptar es el acto de amor de regalar una familia a quien no la tiene (…). Los que asumen el desafío de adoptar y acogen a una persona de manera incondicional y gratuita, se convierten en mediaciones de ese amor de Dios que dice: “Aunque tu madre te olvidase, yo jamás te olvidaría” (Is 49,15). La opción de la adopción y de la acogida expresa una fecundidad particular de la experiencia conyugal (…) Ambas muestran un aspecto importante del ser padres y del ser hijos, en cuanto ayudan a reconocer que los hijos, tanto naturales como adoptados o acogidos, son otros sujetos en sí mismos y que hace alta recibirlos, amarlos, hacerse cargo de ellos y no sólo traerlos al mundo».

Nuestra adopción divina

Hasta ahora hemos hablado de la adopción humana. Sin embargo, llegados a este punto creo que es importante que reflexionemos acerca de nuestra propia condición de hijos adoptivos. Y es que, con nuestro Bautismo, los cristianos somos hechos hijos de Dios en Cristo por el Espíritu Santo.

Sin embargo, la paternidad divina adoptiva de Dios hacia todo hombre se distingue de la adopción humana en que no es un mero acto jurídico, sino que supone para nosotros un nuevo nacimiento. Como consecuencia de esta regeneración, recibimos una grandísima dignidad -la más alta a la que podíamos aspirar- pues, como hemos afirmado, no solo nos convertimos en imagen de Dios, sino también en hijos suyos.

El apóstol san Pablo nos habla de este insigne estatus que hemos adquirido en tres de sus cartas: En Efesios 1:5 leemos que “Dios nos predestinó a ser hijos suyos adoptivos por medio de Jesucristo, por puro efecto de Su voluntad”. En Gálatas 4, 4-5 se lee que “al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, para redimir a los que estaban bajo la Ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos”. Por último, en Romanos 8:15 leemos que “hemos recibido el espíritu de adopción de hijos en virtud del cual clamamos con toda confianza ¡Abba Padre!” Es decir, dado que somos hijos, podemos llamar “Padre” a Dios.

Otra diferencia entre la paternidad divina y la paternidad humana es el distinto efecto que producen. En la relación filio-parental humana (ya sea biológica o adoptiva), la tendencia natural del individuo es a la independencia de sus progenitores («Dejará el hombre a su padre y a su madre», Gen 2:24), mientas que en la relación divina se produce el resultado contrario: la madurez espiritual del hijo le lleva a una mayor “dependencia” de su Padre Dios, entendida esta como sujeción, tras darse cuenta de que necesita de la asistencia permanente del Señor y que la rebelión y la falsa emancipación a la que que el mundo moderno aspira, le hacen daño porque son autodestructivas. La experiencia espiritual hace entender al hijo, al fin, que para alcanzar la felicidad necesita someterse de manera exigente a la voluntad de Dios, a sus preceptos e indicaciones.

Pero, ¿tenemos realmente conciencia de que somos hijos adoptivos en la gran familia de Dios? Debemos convertir este don objetivo en una realidad personal, que nos transforme. De este modo, podríamos decir que la filiación es un concepto dinámico: estamos llamados a tener cada vez una mayor comunión con Cristo. Ser hijos equivale a actuar, a seguir a Jesús. Que Dios sea nuestro Padre significa que nos aprecia como hijos suyos y debemos vivir como tales. 

También el propio Jesús nos considera “hermanos”. Así, a la pregunta de «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?», responde que lo son quienes «oyen la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 8, 21). Sabemos, pues, que seremos sus hermanos y hermanas si cumplimos la voluntad de su Padre. Es decir, la hermanad espiritual queda elevada a un rango exclusivo por la intimidad que nos liga a Jesús. En relación a esta fraternidad, el monje cisterciense Isaac de la Stella diría que «el Hijo de Dios es el primogénito entre muchos hermanos (…) y hecho hijo del hombre, hizo a muchos hijos de Dios. Atrajo a muchos hacia sí (…) y todos aquellos que por la generación carnal son muchos, por la regeneración divina son uno solo con Él. Cristo es, pues, uno, formando un todo la cabeza y el cuerpo».

Será otro de los sacramentos, el de la Eucaristía, el que represente el culmen de esta vida familiar en Cristo que iniciamos por el Bautismo. El nombre de este sacramento es también Comunión, porque por él nos unimos a Cristo que nos hace partícipes de su Cuerpo y de su Sangre para formar un solo cuerpo (cf 1 Co 10,16-17). En palabras de Benedicto XVI, «con el sacramento de la Eucaristía, en torno al altar se reúnen hombres y mujeres de procedencia diversa que, compartiendo el mismo cuerpo y la misma sangre de Jesús, se convierten en hermanos y hermanas verdaderamente consanguíneos en un vínculo de fraternidad más fuerte que el de nuestras familias de sangre».

A lo largo de los artículos precedentes hemos visto que la adopción es otra forma de ser padres. Desde mi experiencia la entiendo como un acto recíproco de amor. Amor de unos padres que anhelan un hijo, y amor de unos hijos que esperan unos padres. De esta manera, los padres adoptan a los hijos pero al mismo tiempo son adoptados por estos en una experiencia única que les convierte en FAMILIA unida por unos lazos que transcienden lo biológico.

Si la adopción humana es impresionante, el bellísimo regalo de la filiación divina va más allá todavía, pues nos hace permanecer en esa relación de amor con Dios que sustenta la existencia humana y le otorga su sentido y su grandeza.

Clara Martínez Gomariz es Licenciada en Derecho y Master en Dirección de Personal y Gestión de RRHH. Trabaja desde hace hace quince años en el sector de las telecomunicaciones. Soy Laica del Hogar de la Madre.
Casada desde 2001, es madre adoptiva de una niña china de ocho años de edad y se encuentra desde hace seis años en un segundo proceso de adopción en este mismo país. Es miembro de Andeni, Asociación Nacional en Defensa del Niño. Ha leído diversos libros y artículos sobre adopción y ha asistido a charlas sobre el tema. Además, se mantiene en contacto permanente con un grupo de familias españolas y americanas con menores adoptados en China.