Miércoles, 31 Agosto 2016 00:00

Familia y diferencia

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En la sociedad actual, la igualdad es uno de los pilares de la convivencia y ha sido uno de los grandes logros de las sociedades democráticas. Sin embargo, no es menos cierto que nos encontramos en contextos sociales donde lo que se pone en valor cada vez más es el igualitarismo, no la igualdad. No se puede entender adecuadamente la familia si no es desde la diferencia, anclada en la igualdad originaria y fundamental entre las personas.

Muchos de nosotros recordamos el año 1989 como uno de esos momentos históricos fundamentales, uno de esos momentos que han marcado el devenir de muchos pueblos, de muchas personas. La caída del Muro de Berlín supuso el hito que marcó el final del bloque comunista, el socialismo real que costó la vida a millones de personas había llegado prácticamente a su fin. Sin embargo, el marxismo como ideología, lejos de desaparecer, continuaba su infiltración en el pensamiento social y político de todo occidente.  

Alguno puede pensar que se trata de una afirmación exagerada o un tanto trasnochada, sin embargo, es necesario ahondar en su núcleo para poder entender el igualitarismo en el que nos vemos envueltos y que acecha a la familia.

Es fácil ponernos de acuerdo en afirmar que cualquier opresión o dominación de unos seres humanos sobre otros es algo negativo y que se aleja de la justicia. El análisis marxista entiende que la dominación tiene su origen en la desigualdad: dado que unos tienen más que otros, aquellos ejercen el poder y subyugan, dominan. Por tanto, ¿cuál es el modo de acabar con la desigualdad y, por tanto, con la dominación? Acabar con la diferencia. La diferencia es lo que, en última instancia, produce la injusticia. Para el pensamiento marxista, del que derivan ciertos feminismos, la diferencia es la raíz de todos los males que aquejan al ser humano.

Con este planteamiento acabamos en el igualitarismo. Algunas ideologías, cada vez más influyentes, han planteado la familia desde esta perspectiva de modo que la diferencia varón-mujer es lo que ha llevado a la desigualdad de uno respecto de otro y, finalmente, ha producido la dominación de la mujer. El varón no es un posible compañero o aliado en el camino de la vida sino inevitablemente un adversario. Además, matrimonio y familia han sido “inventados” por él como instrumentos de control de la mujer. Matrimonio y familia se entienden como construcciones culturales patriarcales machistas.

Si bien es cierto que la mujer no siempre ha sido tratada con la dignidad merecida, en justicia no podemos entender las relaciones varón-mujer desde un eje central de conflicto, confrontación y dominio. Además, es muy importante darse cuenta que el problema no resideen la diferencia, sino en cómo la gestionamos. Aquí la clave.

Es evidente que cada uno es como es y que las generalizaciones, en este caso aplicadas a ser mujer u hombre, no dejan de ser eso, generalizaciones. A pesar de esto, son numerosos los estudios desde todos los campos del saber que afirman que masculinidad y feminidad son dos modos diferentes y maravillosos de ser en el mundo, de encarar la realidad. 

La diferencia es el trampolín que nos puede llevar a ejercer el poder desde el abuso y el control pero no es menos cierto que la diferencia es la posibilidad del encuentro, de la donación. Es absolutamente imposible la donación incondicional, elemento vertebrador de la familia, sin la diferencia varón-mujer, ya que este encuentro “total” incluye el encuentro sexual humano y pleno.

La mayor evidencia en favor de este presupuesto es la absoluta necesidad de la diferencia sexual en la procreación. En su elemento más original, como es el ADN, el nuevo ser contiene en sí parte de su madre y parte de su padre. Podemos afirmar que cualquiera de nosotros es la concreción y encarnación del amor de un hombre y una mujer. Quizás es atrevido enfocarlo así porque no siempre se cumple. Con todo y con eso, la gran posibilidad del ser humano es ser fruto de la donación personal plena inscrita en la entrega amorosa de un hombre y una mujer. ¡Qué grandeza la del ser humano! 

Junto con ello,las aportaciones que padre y madre hacen al desarrollo del hijo son muy importantes, cada uno desde su modo de entender y afrontar la realidad. Ambas aportaciones son imprescindibles y necesarias, pero no se puede dejar de evidenciar que se hacen desde situaciones distintas. La relación de la madre con el hijo parte de un presupuesto del que carece el padre: ha llevado a su hijo dentro nueve meses. De ello surge un lazo que tiende con gran facilidad a la protección, a la cercanía emocional y a esos elementos de intuición que cualquier madre experimenta con sus hijos. Por otro lado, si bien el padre parece alejado de esta díada madre-hijo, esta posición es muy importante porque favorece la “salida” del hijo al exterior de la relación con su madre y facilita su maduración personal.

Desde esta perspectiva, es fácil entender cómo en la familia se generan espacios de convivencia íntimos en los que poder actualizar la diferencia constantemente desde una perspectiva no rupturista. Es muy importante gestionar la diferencia en el ámbito familiar desde la esencial igualdad de mujeres y hombres, de manera que esto se difunda hacia otras esferas sociales y así hacer frente al igualitarismo que homogeneiza y dificulta tremendamente la apertura a los demás. Una sociedad que minimiza la diferencia atenta gravemente contra la unicidad de cada uno de nosotros, fuente de riqueza para todos.

jros Nací en Valencia (España) en 1972, estoy casado y soy padre de 5 hijos. Junto con esta tarea fundamental, que es mi familia, soy profesor en la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” y en el Instituto Pontificio Juan Pablo II (sección española), así como profesor en la Escolanía de Ntra. Sra. De los Desamparados de Valencia.

Siendo importantes el doctorado en Sociología, la licenciatura en Geografía e Historia y la diplomatura en Ciencias Religiosas, el máster en Ciencias del matrimonio y la familia del Pontificio Instituto Juan Pablo II ha sido la pieza clave en mi formación. Desde la perspectiva de familia se abre un campo interesantísimo y urgente en la construcción de una sociedad más humana y una Iglesia más cercana.