Sábado, 01 Octubre 2016 00:00

Desigualdad, clave familiar

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No podemos entender la familia sin abordarla desde el aspecto de la desigualdad. Actualmente hablar de la desigualdad como un elemento positivo es un tema tabú; nuestra sociedad, marcada por las ideologías que conforman la posmodernidad, la entiende como una situación siempre negativa. Evidentemente, esto es así si la entendemos como el punto de partida que lleva al control y al ejercicio del autoritarismo. Ciertamente la falta de oportunidades o los grandes desequilibrios económicos que van en aumento evidencian un aspecto nefasto de la misma.

Debemos hacer un esfuerzo por mostrar cómo la desigualdad bien entendida es un elemento que capacita para hacer crecer a los demás. Si la igualdad se convierte en el aspecto determinante en la construcción de las identidades individuales y sociales, difícilmente es posible aportar algo a los demás.

En la constitución y el desarrollo de la familia es decisiva. Partiendo de la igualdad fundamental de todas y cada una de las personas, debemos avanzar, entendiendo que en el seno de la familia los padres son más que los hijos. Aclaremos este punto.

Creo que dos ejemplos reales pueden ayudar a que lo entendamos. Cierto día, al llevar a uno de mis hijos a la escuela infantil, llegó una madre con su hijo en el carrito y cuál fue mi sorpresa al ver que el niño llevaba encima gran parte de la cubertería de plata de su casa. Al preguntarle la maestra a la madre por semejante situación, ella contestó que qué iba a hacer si su hijo no salía de casa sin ella.

Otra curiosa situación la viví cuando al finalizar una sesión de tutoría con la madre de un alumno mío de 12 años, ella me consultó qué debían hacer, puesto que querían tener otro hijo y mi alumno les decía que él no quería. Más tarde me enteré que, efectivamente, no habían tenido un segundo descendiente.

Estos dos ejemplos, de entre muchos que podríamos haber seleccionado, muestran a las claras situaciones cada vez más cotidianas donde los hijos poseen una capacidad de decisión en sus familias que no facilita ni su desarrollo ni la sana convivencia familiar. Es lo que algunos autores califican como el “síndrome del niño tirano” o “síndrome del niño emperador”.

Es imprescindible que los padres ejerzan seriamente su autoridad desde la posición de desigualdad que tienen con sus hijos. Autoridad entendida como vía para conducir a los hijos hacia la satisfacción de sus necesidades objetivas. Los padres son más en conocimientos, en experiencia, en recursos materiales, en visión general de la vida… y todo ello al servicio del crecimiento de sus hijos.

Si padres e hijos son iguales, es imposible ayudar adecuadamente a los segundos a crecer. Además, si entendemos que el ser humano se realiza en la medida en que se entrega a los demás, la maternidad y la paternidad son una de las vías más importantes para ello. No es funcional una familia democrática ya que en la vida familiar las decisiones no pueden tomarse por mayorías y más cuando los hijos no tienen los elementos necesarios para el discernimiento.

Es verdad que podríamos objetar varias cuestiones. En primer lugar, son bastantes las ocasiones en las que los hijos pueden opinar o incluso decidir, lo que dependerá de la gravedad o del tipo de asunto a llevar adelante, como puede ser qué ver en la televisión, la actividad a realizar en un tiempo de ocio familiar… En segundo lugar, conforme van creciendo los hijos, el binomio autoridad/libertad poco a poco debe ir inclinándose hacia el segundo elemento aunque sin perder el norte del bien familiar. En tercer lugar, se puede objetar que no siempre los padres cumplen los requisitos para el discernimiento familiar, sin embargo esto podemos entenderlo como una dificultad o carencia que debería ser trabajada.

Es curioso y peligroso cómo la ideología igualitarista ha ido avanzando en el ámbito familiar y sobre todo en el educativo escolar. La escuela y los docentes participan en gran medida de las características de la familia ya que son extensión de una de sus misiones principales, la educación de los hijos. Si el docente se convierte en un acompañante, un guía, uno más en la gestión del aula, el proceso educativo se resiente seriamente, ya que entonces carecerá de legitimidad la corrección y la “manipulación” que todo proceso educativo conlleva.

En este mismo sentido es muy llamativo observar a esos padres que “coleguean” con sus hijos y que afirman ser sus amigos. ¡Qué equivocación! Equivocación porque si son sus amigos los dejan huérfanos, y a los hijos les viene muy bien, porque la autoridad se reduce y los elementos subjetivos relacionados con el “buen rollo” son muy apetecibles para los adolescentes y los jóvenes. La pérdida de la autoridad aumenta fácilmente y la necesidad que tiene todo hijo de una referencia vital, puede decrecer.

Una familia que es capaz de gestionar con eficacia la desigualdad, es una familia que se convierte en ecosistema adecuado para la maduración psicológica y personal de los hijos, así como para dar respuesta a la vocación al servicio que tenemos los padres. Y esto, contando con las dificultades de la vida, los errores, las frustraciones y el desánimo, pero sin olvidar que la entrega amorosa objetiva y servicial a los hijos es el camino para la tan ansiada regeneración del tejido social.

jros Nací en Valencia (España) en 1972, estoy casado y soy padre de 5 hijos. Junto con esta tarea fundamental, que es mi familia, soy profesor en la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” y en el Instituto Pontificio Juan Pablo II (sección española), así como profesor en la Escolanía de Ntra. Sra. De los Desamparados de Valencia.

Siendo importantes el doctorado en Sociología, la licenciatura en Geografía e Historia y la diplomatura en Ciencias Religiosas, el máster en Ciencias del matrimonio y la familia del Pontificio Instituto Juan Pablo II ha sido la pieza clave en mi formación. Desde la perspectiva de familia se abre un campo interesantísimo y urgente en la construcción de una sociedad más humana y una Iglesia más cercana.