Viernes, 19 Agosto 2016 00:00

Votar en conciencia

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Hay propuestas que los diputados votan «en conciencia». Se nos pide a los electores que nos tomemos en serio nuestro acto y votemos «en conciencia». Debe ser porque podríamos hacerlo sin ella, o porque así nos comportamos en otros asuntos. Se vota «en conciencia», por ejemplo, la legislación sobre el aborto o el divorcio, pero no se apela a la conciencia para votar los presupuestos generales del Estado o las leyes de circulación. La conciencia es de quita y pon.

Esta distinción entre cuestiones de conciencia y cuestiones ajenas a ella alude a dos distintas actitudes ante las decisiones. En el uso corriente de estas expresiones, se quiere significar que, en unos casos, el votante puede poner en juego criterios particulares, de los que no tienen que dar cuenta a nadie, y en los otros –los que no son «de conciencia»–, no. En un primer momento, la apelación a la conciencia equivale a la autorización para emplear argumentos ajenos a los propios del asunto en cuestión. Porque la conciencia es un «santuario interior inviolable» o, lo que es lo mismo, un ámbito caprichoso e inconfesable. El ámbito de las manías, arbitrariedades y ensoñaciones: de todo aquello inargumentable en la plaza pública. Hay cuestiones de público dominio y otras de dominio privado. La conciencia es el plano de las cuestiones privadas.

Cuando se permite al diputado que emplee su conciencia, queda este autorizado a emplear su convicción de que abortar un embrión humano es un asesinato, que las transfusiones de sangre son inaceptables, que la dieta humana debería ser solamente vegetal o que los selenitas han comenzado a invadir el Planeta. La conciencia es ancha y elástica. Un campo de juego en el que reina una absoluta libertad, con la condición de que solamente tenga vigencia privada y su acceso al plano de lo público sea controlado y limitado por las propias reglas de lo público.

Si se trata de votar la presidencia del Congreso de los Diputados, ni conciencia ni historias. Puritita disciplina de partido. Con las cosas de comer no se juega. En los asuntos «serios» no ha lugar a la conciencia.

Como suele pasar con todo error, todo este planteamiento tiene un algo de verdad. De lo contrario no podría convencer a nadie. Es cierto que no son lo mismo lo público y lo privado. Pero no es de recibo que lo público sea ajeno a la conciencia.

Separar lo público de la conciencia es consagrar el principio de que la moralidad es ajena a la vida pública. La moralidad, en general, ha sido relegada a la esfera de la conciencia, es decir, de lo privado, de lo que solamente admite uso particular. La vida pública permanece entonces como un orden de cosas a-moral, extra-moral. Aunque bien es verdad que el progresismo pragmático ha inventado eso de los «códigos éticos», monumentos a la hipocresía, caricaturesco remedo de la moral. Ahora lo ético se contrapone a lo moral como lo público a lo privado, solo que esta nueva ética se quiere adornar con los atributos de la vieja moral. La ética progresista de los «códigos» y «declaraciones», de los «valores» y las «convicciones» es ajena a la conciencia y puramente externa. O es una imposición procedente de los órganos centrales de los partidos políticos, y de los gabinetes directivos de las empresas, o es una mera convención para salvar las apariencias y que se abandona en cuanto se tiene posibilidad de hacerlo. Los predicadores de la nueva ética (Rawls, Habermas, Apel, Rorty y todos sus acólitos) no hacen más que sustituir las viejas morales por nuevas imposiciones sociales.

Pero no nos distraigamos en disquisiciones sobre la ética y la moral. El caso es que el progresismo que distingue entre votar «en conciencia» y hacerlo por obediencia al partido, que se viste con despojos de la moral en forma de declaraciones éticas, no sólo se equivoca, sino que miente.

Porque todo, en el hombre libre, es en conciencia. Hasta el demagogo charlatán que desprecia la moral lo hace «en conciencia»; es decir, gracias a ella. Todos los hombres, todos, cuando obramos con algún sentido y suficiente voluntariedad, obramos «en conciencia». Para no hacerlo sería preciso que no tuviéramos ni sentido de la realidad ni libertad en nuestra conducta. Esto quiere decir que nuestros diputados siempre obran «en conciencia» y que, por mucho que algunos se empeñen en parecer lo contrario, todos son dueños de sus decisiones gracias a su conocimiento y libertad. El hombre libre, el hombre que decide sus actos, no tiene en su mano no actuar «en conciencia», como tampoco puede respirar sin sus pulmones o caminar sin sus pies.

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El ateo Sartre critica duramente la afirmación «si Dios no existe, todo está permitido». Como todo el mundo sabe, esa frase pertenece a Iván Karamázov, una de las criaturas novelescas de Dostoievski. Convengamos en que esta frase tiene una ambigüedad irritante. Sin duda, el cristiano y, en general, el teísta, se encontrará muy cómodo pudiendo emplear a su favor a un novelista del más alto nivel y prestigio (con permiso de Cervantes). Sin embargo, ese empleo es poco reflexivo, un poco precipitado, como el clavo ardiente al que se agarra el desesperado.

En rigor, si Dios no existe, no existe nada. Como decía aquel obispo de la narración, que había llegado a un pueblo en el que no le homenajearon en regla con las campanas al aire. «Señor obispo –le dijo el alcalde–, las campanas no han sonado por cien razones. La primera, que no hay campanas». Atajó facundo Su Eminencia: «Entonces me sobran las otras noventa y nueve». Si no hay Dios, no hay nada que hablar: no existimos nada ni nadie. Es verdad que existimos; luego Dios existe. Pero esa es otra cuestión ahora.

Hay una parte de la crítica sartreana que un teísta no puede admitir. «Efectivamente todo es lícito si Dios no existe, y como consecuencia el hombre está “abandonado” porque no encuentra en sí ni fuera de sí la posibilidad de anclarse». Ni ancla, ni historias: si Dios no existe no hay ni anclas.

Sin embargo, la perspicacia de Sartre le permite mostrar un elemento verdadero que se enfrenta a la pretensión de Dostoievski en las palabras de Iván Karamázov. «Estamos solos, sin excusas» no hay por qué entenderlo –pese a Sartre– en el sentido de la ausencia de Dios. Por supuesto, esa ausencia es imposible. A lo que alude Sartre, y que también un teísta está forzado a admitir por razón de la experiencia personal misma, es que «el hombre está condenado a ser libre». Podremos disentir asimismo de ese dramatismo de la palabra «condena». Para Sartre, desde luego, ha de tratarse de una condena, de algo doloroso y desgarrador. Lo que late como un resto verdadero, maravillosamente verdadero, en el dramático (¿histriónico a veces?) Sartre es que, aunque se reconozca que Dios existe, también es inexorable, con la fatalidad de lo esencial, que el hombre, «una vez lanzado al mundo, es responsable de todo lo que hace».

Entre los pensadores contemporáneos debe Sartre encontrar un puesto destacado por este honesto, desnudo y acerado reconocimiento de una experiencia tan necesaria, tan fatal, tan esencial, como lo es la de la exigencia moral a nuestra libertad.

Somos libres. Este es el problema: estamos sujetos a la moral, somos responsables, hagamos lo que hagamos.

 


La crítica sartreana a la que me he referido se encuentra en un texto célebre del filósofo francés: El existencialismo es un humanismo. He empleado la versión de V. Prati de Fernández, en ediciones Sur, Buenos Aires, 1973.

Doctor en Filosofía. He sido profesor en la Universidad CEU San Pablo, la Universidad Eclesiástica San Dámaso y en la Universidad Internacional de la Rioja (UNIR). Profesor de enseñanza media, actualmente ejerzo la docencia en un Instituto de Educación Secundaria de Madrid. Casado y padre de cinco hijos. He publicado diversos trabajos científicos, especialmente de metafísica y antropología, y sobre la figura de Antonio Millán-Puelles. También participo en programas de radio y en periódicos de internet.