Miércoles, 30 Noviembre 2016 00:00

Sí, la familia discrimina

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La palabra discriminación es una de las que podríamos incluir en el catálogo de palabras tabú de nuestra época y no es para menos. Sin embargo, la posibilidad de que la familia pueda llevar a cabo los procesos de personación, así como colaborar activamente en la construcción de una sociedad más humana y más justa, pasa por los procesos de discriminación. Sólo la distinción excluyente del que pertenece a la familia y del que no es capaz de activar el don.

Quizás uno de los conceptos más denostados actualmente sea el de discriminación. Se trata de una palabra con un gran componente peyorativo, ya que normalmente se asocia con la marginación y la exclusión. La gran mayoría de los movimientos civiles se mueven a día de hoy teniendo como eje acabar con diversos elementos de la exclusión en nuestra sociedad. De ese modo, se lucha contra la exclusión de los discapacitados, contra la segregación racial, contra la marginación por cuestiones económicas, etc.

Ciertamente, la lucha contra la exclusión social sea quizás una de las grandes conquistas, al menos en el campo de las ideas, de las autodenominadas sociedades avanzadas. Frente a la discriminación social se han puesto en marcha todo tipo de políticas públicas que fomentan la igualdad de oportunidades en todos los campos. Sin embargo, no es menos cierto que, si bien se disminuyen algunas desigualdades, otras aumentan, como puede ser la desigualdad creciente entre países ricos y pobres o entre distintos grupos sociales en una misma sociedad. Las últimas cifras publicadas acerca de la brecha entre “ricos” y “pobres” son espeluznantes: cada vez los primeros poseen más y los segundos aumentan en número y disminuye su capacidad de una vida económicamente digna.

No obstante, es preciso reflexionar acerca de la discriminación en el ámbito de la familia. Si buscamos en el diccionario de la Real Academia, nos encontramos con que discriminar significa “Dar trato desigual a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, de sexo, etc.”. Efectivamente, a ese significado es al que nos acabamos de referir un poco más arriba y, evidentemente, es imposible aplicarlo de ninguna manera a la vida familiar, al tiempo que debemos seguir trabajando por su disminución y erradicación. Sin embargo, aparece una segunda acepción: seleccionar excluyendo. Ésta es la que hace falta analizar en la relación familiar.

Para que en la familia pueda darse verdaderamente la relación basada en el don es necesaria la discriminación, sin este componente es imposible que la familia pueda llevar a cabo su gran capacidad, la de ser espacio de gratuidad y entrega generosa. Es necesario seleccionar excluyendo como dice el diccionario. No es cuestión de hacer una elucubración para llegar a esta conclusión, basta con mirar el devenir cotidiano de cualquier familia.

En la medida en que un individuo es de mi familia, soy capaz de hacer por él lo que sea necesario. Si este niño es mi hijo soy capaz de llevar a cabo actos por él que, en principio, no haría por otros niños (“Por mi hija, mato”, decía aquella). Es posible que llevemos tiempo sin hablarnos con nuestro padre, pero basta una llamada telefónica que nos avise de que ha sufrido un accidente para acudir rápidamente a su lado. Quizás sea difícil la convivencia entre hermanos y los enfrentamientos pueden llegar a ser constantes, pero ojo con que alguien hable mal de alguno de ellos. Podríamos seguir enumerando ejemplos que nos muestran que en el seno de la familia se produce un efecto que podríamos llamar “de pertenencia”.

Los miembros de la familia son “míos” en una medida. La arquitectura de nuestra identidad personal está tejida con estos lazos de pertenencia que no tenemos con quienes no son de nuestra familia. La mujer que me ha dado a luz es “mi” madre, el hombre del que procedo es “mi” padre, “mi” hermano es quien tiene los mismos padres que yo, “mi” esposa es aquella a quien me entrego… y al mismo tiempo soy para ellos “su” hijo, “su” hermano, “su” esposo, “su” padre…

En consecuencia, si ellos “son míos” y yo “soy de ellos” esto conduce a que el valor de la unidad familiar sea tan importante, como se encargan de demostrar constantemente cualquier madre o padre, especialmente en fechas señaladas en las que hacen lo imposible por reunir a toda la familia.

Siendo esto así, la discriminación es un ejercicio constante que realiza toda familia lo quiera o no. Se trata de diferenciar a los que no son de “los míos” de los que lo son, de modo que por aquellos haré de forma espontánea y casi natural lo necesario e incluso lo imposible mientras que con los ajenos a mi familia actuaré según lo que me dicte la relación que me una con ellos: amistad, compañerismo, vecindad, ciudadanía… Si no se diera la posibilidad de discriminar, de separar excluyendo a los que “no son de los míos”, sería imposible que la familia actuara según su propio modo de ser, el del don y la entrega gratuita. En la medida en que “los míos” son unos pocos puedo entregarme por ellos, entendiendo que siempre esto es una posibilidad que hay que poner en acción. Sería falsear la realidad entender que el don apareciera como algo automático, la familia es el lugar apropiado y capaz de ello.

En este contexto entendemos que es adecuado hablar de la familia como célula de la sociedad, como espacio relativamente cerrado en el que es posible activar la donación. Así, en un mundo ideal desde luego, cada sujeto se encontraría en el seno de una familia donde poder ser acogido incondicionalmente y al mismo tiempo realizarse personalmente a través de la propia entrega.

Puede parecer una visión un tanto “familista”, en el sentido de absolutizar el valor de la relación familiar frente a otras realidades sociales o de encerrar a la propia familia en circuitos de relaciones cerradas sobre sí mismas. Nada más lejos de la realidad, ya que quien no ha experimentado en la sencillez y cotidianeidad de la familia el valor de lo gratuito difícilmente puede incorporarse a cualquier otra relación social desde esta perspectiva. La socialización primaria que lleva a cabo la familia, concretamente en este sentido tan positivo, siempre revierte en el conjunto de la sociedad.

jros Nací en Valencia (España) en 1972, estoy casado y soy padre de 5 hijos. Junto con esta tarea fundamental, que es mi familia, soy profesor en la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” y en el Instituto Pontificio Juan Pablo II (sección española), así como profesor en la Escolanía de Ntra. Sra. De los Desamparados de Valencia.

Siendo importantes el doctorado en Sociología, la licenciatura en Geografía e Historia y la diplomatura en Ciencias Religiosas, el máster en Ciencias del matrimonio y la familia del Pontificio Instituto Juan Pablo II ha sido la pieza clave en mi formación. Desde la perspectiva de familia se abre un campo interesantísimo y urgente en la construcción de una sociedad más humana y una Iglesia más cercana.