Miércoles, 07 Diciembre 2016 00:00

La familia que alcanzó el Cielo

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Sí, me atrevería a decir que toda la familia alcanzó el Cielo, no sólo las hijas y los padres, seguramente también los abuelos.

¿Y qué familia fue esa? Pues la de Luis Martín y Celia Guerin. 

Por ellos mismos ya tienen su nombre escrito en el Libro de la Vida, pero son más conocidos por ser los padres de Santa Teresita del Niño Jesús, “de tal palo, tal astilla”, “por sus frutos los conoceréis”, “todo árbol bueno da frutos buenos”, o como queráis decirlo.

Es verdad que fueron canonizados después que lo fue su hija, pero tras la causa de Beatificación de Teresita, el cardenal Antonio Vico, prefecto de la Congregación de Ritos, y por tanto responsable de las causas de beatificación, expresó: “Bueno, ahora pediremos a Roma que se ocupe del papá”. Pero, ¿Y la mamá? En 1941 comenzaron a publicarse en los Annales de Sante Therese de Lisieux las cartas de Celia, y en 1945 apareció “Historia de una familia” del P. Piat, que tuvo una difusión extraordinaria. Además, el Carmelo de Lisieux publicó dos libritos escritos por Celina, la penúltima de las hermanas Martín, sobre sus padres. Fue a partir de entonces cuando empezaron a surgir voces por doquier solicitando que se abriera la causa de los dos esposos.

Luis nació en Burdeos el 22 de agosto de 1823, fue el segundo de cinco hermanos y sus padres eran ya de fe profunda. Los hijos recibieron una profunda educación cristiana. En 1831, al jubilarse su padre, se establecieron en Alençon y Luis decidió aprender el oficio de relojero al que se dedicó después de un intento de consagrarse al Señor.

Fue en el monasterio del Gran San Bernardo en los Alpes Suizos donde Luis hizo su intento, pero no fue admitido a la vida religiosa por no tener conocimientos de latín.  Intentó aprender durante más de un año, pero finalmente se rindió. En Alençon puso una relojería-joyería y, tras la muerte de sus hermanos, se llevó a vivir a sus padres con él, incluso después de casarse con Celia.

Celia nació el 23 de Diciembre de 1831 en Gandelain, Normandía. Al igual que el padre de Luis, el de Celia también era militar. Ella era la mediana de tres hermanos, y sus padres, aunque también de fe profunda, a consecuencia de una vida difícil, eran rudos, autoritarios y exigentes, por lo que Celia recordaba con tristeza su infancia y juventud.

Cuando su padre se jubiló, se fueron a vivir a Alençon y allí entró en el internado de las religiosas de la Adoración donde aprendió los primeros rudimentos del punto de Alençon, lo que le permitió dedicarse laboralmente a esta actividad abriendo un negocio con su hermana. Celia llegó a ser una verdadera experta en este tipo de fina labor por la que fue premiada y reconocida.

Al igual que Luis, también intentó consagrarse al Señor, pero cuando fue al monasterio de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul, la superiora le dijo que esa no era la voluntad del Señor. Es por eso que Celia exclama: «Dios mío, accederé al estado de matrimonio para cumplir con tu santa voluntad. Te ruego, pues, que me concedas muchos hijos y que se consagren a ti».

También, al igual que Luis, cuando su padre enviudó, le pidió irse a vivir con ella. Ya viudo y enfermo, lo cuidó hasta su fallecimiento en 1868.

Pues bien, ya veis la clase de personas con las que nos encontramos. Un hombre y una mujer para los cuales Dios es lo primero, lo que hace de ellos seres de extraordinaria virtud.

A Luis no se le había pasado por la cabeza la idea de casarse, por lo que fueron sus amigos quienes, reconociendo en él unas cualidades poco comunes, decidieron presentarle un proyecto de matrimonio con una joven de la alta sociedad, a lo que él se negó.

Fue la Providencia la que puso en el mismo camino a Luis y a Celia y, cuando digo en el mismo camino, lo hago de forma literal. Un buen día, se cruzaron por la calle y Celia sintió íntimamente que ese era el hombre elegido para ella; tal es así que, después de conocerse, sólo hicieron falta tres meses para que se casasen la noche de 12 al 13 de julio de 1858.

Sus principios fueron un poco complicados porque Luis propuso a Celia vivir como hermanos, cosa que a Celia le costaba porque quería tener muchos hijos para que se consagrasen al Señor. Fue un sacerdote el que recondujo esta situación haciéndoles entender que el fin natural del matrimonio es la procreación y, a los nueve meses de casados, empezaron a vivir su matrimonio con normalidad. El hecho de tener hijos produjo un profundo cambio en sus ideas. Sus hijos constituían toda su  felicidad y ya nada resultaría penoso ni una carga.

Hasta 9 hijos tuvieron, 7 hijas y dos hijos. No todos ellos vivieron y esto fue un gran dolor con el que tuvieron que vivir tanto Luis como Celia.

La primera fue María que nació el 22 de febrero de 1860; después vendrán Paulina, María Leonia, María Elena, José Luis, José Juan Bautista, María Celina, María Melania Teresa y finalmente, nuestra Teresita nació el 2 de Enero de 1873 cuando Celia ya tenía 41 años.

Cuando escuchaba los comentarios y cuchicheos acerca de si ya tenía demasiados hijos, Celia reflexionaba ante su cuñada: “Yo no podía soportar este lenguaje. No creía que los sufrimientos y las preocupaciones pudiesen ponerse en la misma balanza que la felicidad eterna de mis hijos. Además, no los había perdido para siempre, la vida es corta y está llena de calamidades, y volveremos a encontrarlos en el Cielo.” Como ya hemos visto antes, sólo vivieron cinco de sus hijas y las cinco se consagraron al Señor, los otros cuatro alcanzaron el Cielo poco después de haber pasado por la tierra. La que más estuvo con ellos fue María Elena, que murió a la edad de cinco años y cuatro meses. Además, para Celia supuso también un gran sufrimiento que sus dos hijos varones murieran, ya que ella tenía un gran deseo en el corazón y era tener un hijo sacerdote. A pesar de todo, Dios le premió abundantemente con sus cinco hijas religiosas.

La salud de Celia no fue buena, de hecho, a partir del tercer hijo, ya no pudo dar de mamar a los demás debido a su delicado estado de salud, lo cual no le impidió en ningún momento estar abierta a los hijos que Dios les quisiera mandar. Tuvieron que buscar nodriza que amamantara a sus recién nacidos por lo que no podían tenerlos en casa con ellos mientras eran amamantados, pues tenían que ir a vivir a casa de la nodriza, que no vivía cerca, lo cual para ellos también suponía un profundo dolor pues sólo podían verlos de vez en cuando hasta que podían llevárselos a vivir con ellos ya criados.

A Celia le diagnosticaron un tumor en la mama, pero el diagnóstico fue tardío y ya no hubo remedio a su enfermedad. Hicieron un viaje a Lourdes, Celia con sus dos hijas mayores para pedirle a la Santísima Virgen el milagro, pero no fue posible y volvieron a casa con una mamá ya muy fatigada por el duro viaje, pero satisfecha por haberlo intentado todo para curarse, recordando a sus hijas, que habían vuelto un tanto decepcionadas del viaje, las palabras que la Señora dijo a Bernardette: “No os haré felices en este mundo, sino en el otro”.

Celia murió la madrugada de Agosto de 1877 a la edad de 45 años dejando a su marido viudo con 54 años y a sus hijas huérfanas. María tenía 17 años, Paulina 16, Leonia 14, Celina 8 y Teresita 4 años.

¿Y qué hizo entonces Luis? Sencillamente, no pensó en sí mismo, sólo pensó en el bien de sus hijas y, por ellas, a petición del hermano y la cuñada de Celia, arrancándose de sus amigos, familiares, pasado, afectos, recuerdos… se fue a vivir a Lisieux, cerca de la familia de Celia. Allí, el hermano de Celia les buscó una casa con un hermoso jardín donde vivira la que llamaron “Los Buissonnets”. Fueron tiernos días para todos, en los que las dos hermanas mayores, María y Paulina, se encargaban de la educación de sus hermanas pequeñas, especialmente de Celina y Teresita, bajo la mirada atenta y complaciente de su padre al que todas amaban y veneraban. Ya de mayores, decían de él que verle rezar era como ver a un santo.

De la vida de Celia se conocen muchos detalles por la cantidad de correspondencia que mantuvo con su familia y con sus hijas. De la vida de Luis no se sabe tanto, aparte de que era un hombre reflexivo, profundamente religioso, amante del silencio y del retiro y que, después de la muerte de Celia, su corazón se transformó un poco también en corazón maternal. En el libro “Historia de un alma”, Santa Teresita no deja de referirse a su “queridísimo rey”, como ella le llamaba, en muchos de sus pasajes.

Entre 1882 y 1887, Luis llevó de la mano a tres de sus hijas al Carmelo y finalmente, su más grande sacrificio, fue llevar también a su queridísima “reinecita” a la edad de 15 años. Celina fue la que se quedó cuidando de su padre, pues desarrolló una enfermedad que le hizo ir perdiendo poco a poco sus facultades mentales, muriendo finalmente en julio de 1894.

Como podéis ver, no hubo nada extraordinario en sus vidas, vivieron vidas normales trabajando, viviendo su vida de familia, su vida de fe. Lo que hubo de extraordinario en sus vidas fue precisamente la manera de vivir esa “normalidad”, poniendo toda su confianza en que el Señor velaba por ellos, cuidaba de ellos y ellos sentían esa presencia, vivían esa presencia. Tuvieron muchos momentos felices, aunque no faltó la cruz, pero nunca hubo reproches, sino entrega generosa y desprendida de los acontecimientos en manos del que todo lo puede, abandonados a su Voluntad amorosa sobre ellos.

 

Y ya vemos dónde han llegado ¿verdad?; buenos ejemplos a imitar para todos nosotros y nuestras familias. Sencillos ejemplos a seguir de cómo podemos afrontar todas las situaciones que se nos presenten. Siempre unidos bajo la mirada amorosa de nuestro Dios.

solemartinSoledad Martín, esposa y madre. Intento compaginar ésta que es mi verdadera vocación, lo mejor que puedo, con un trabajo como funcionaria en horario de mañana, lo cual me permite atender a mi familia puesto que tengo las tardes libres. Soy laica del Hogar de la Madre.