Lunes, 26 Diciembre 2016 00:00

Medios de comunicación sí, pero...

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Cuando se repasan los datos estadísticos acerca del uso del tiempo, nos damos cuenta de que la pantalla de la televisión abarca demasiados momentos de la semana, especialmente en los niños. Ciertamente que el consumo televisivo ha ido a menos en los últimos años por la irrupción de las nuevas tecnologías pero también en ellas es notable el acceso a los contenidos visuales propios de los medios tradicionales de comunicación social.

La realidad social se construye, vale… ¿y qué?

Pues que las cosas son como son pero también son como determinados poderes quieren que sea. La vida en sociedad es analizada, proyectada y remodelada constantemente de tal modo que se generan procesos, muchas veces difíciles de detectar, que van conduciendo a las personas en determinadas direcciones.

Ya… pero una cosa es la apariencia y otra muy distinta la realidad. Al final las apariencias siempre caen.
Bueno, quizás en la vida personal puede ser así, y no lo tenemos del todo claro. Sin embargo en la vida social, realidad y apariencia ejercen su influencia constante sobre los fenómenos sociales. Esto es muy sencillo de ejemplificar a través de los medios de comunicación.

En algún momento alguien se hizo la siguiente cuestión, “los medios de comunicación social, ¿muestran la realidad o la construyen?” La respuesta más sencilla y, en principio, lógica es manifestar la adecuación de lo que vemos en la televisión con lo que sucede en la calle. Sin embargo hace falta plantearse las cuestiones con mayor profundidad.

Si nos fijamos, podemos percibir que determinados acontecimientos son noticia mientras está en el candelero el tema o cumple alguna misión no directamente relacionada con el propio fenómeno. Por ejemplo, la omnipresencia del régimen venezolano de Maduro con sus desmanes en los momentos previos a las elecciones españolas… o el gran desastre del huracán en Haití, de los piratas somalíes o de las guerras en Ucrania-Crimea, Siria o Afganistán. Con esto queremos evidenciar que determinados acontecimientos se convierten en noticia mientras son útiles para determinados fines; cuando éstos se alcanzan o decaen, nadie se vuelve a acordar de aquello que fue primera plana varios días. No se busca contar lo que pasa sino modelar la opinión pública contando de determinada manera lo sucedido.

Por otro lado, las series de televisión, normalmente americanas o sucedáneos suyos, proporcionan modos de ser y de actuar donde se miran constantemente adolescentes de 15 años o menos, y adolescentes de 45. Sería muy interesante observar los modelos familiares que presentan, qué entienden de las relaciones chico-chica, cuál es el papel de los docentes… Evidentemente hay series de todo tipo y formato pero sospecho que a través de ellas se produce la magnificación de una adolescencia sensiblera, entre otras cosas.

Junto con todo esto, hay momentos del día muy interesantes en los que la pantalla televisiva puede ejercer más influencia que en otros. Después de cenar ponemos la televisión buscando historias ajenas que puedan evadirnos un poco de la rutina o de los problemas de la semana. Cuántas veces preferimos la televisión antes que una buena lectura o un rato de conversación. Es evidente, cuando miramos la pantalla, y más a esas horas, no necesitamos hacer el esfuerzo que requiere cualquier otra tarea. Así, “bajamos la guardia” y de este modo “entra” cualquier cosa, y eso lo saben perfectamente quienes diseñan los programas y las parrillas televisivas del prime time. 

A esas horas es un buen momento para introducir en los pasivos telespectadores, junto con el entretenimiento, cualquier idea, actitud o modelo de vida que quiera ser promocionado desde diversas instancias de poder. Además se suele hacer de modo repetitivo, introduciendo las mismas cuestiones una y otra vez independientemente del canal escogido o de la serie elegida.

Bueno… ¿esto no es un poco exagerado?
Ojalá lo fuera pero cabe preguntarse quién está detrás de las cadenas de televisión o de las productoras de cine. Evidentemente que grandes bancos y empresas de todo tipo enlazadas directamente con grupos de poder político. No hace falta ser muy inteligente para saber que la empresa busca principalmente ganar dinero y el poder, afianzarse. Para ello cualquier medio es lícito y la televisión se ha mostrado muy eficaz en dichas tareas.

Y todo esto… ¿qué tiene que ver con la familia?
Tiene que ver bastante ya que los medios de comunicación social están de forma omnipresente en la vida diaria de las familias, por no hablar de las redes sociales a las que dedicaremos en otro momento algunas reflexiones. Los medios de comunicación influyen decisivamente en la vida familiar a través de la configuración de los tiempos en el hogar, de los temas de conversación, del modo de entender las relaciones e incluso de la misma concepción de familia.

Es necesario tener presente que a través de la televisión se llevan a cabo procesos de reeducación que entran de lleno en el mundo de los valores que se pretenden vivir en la familia. Claro que vivimos en una sociedad donde los medios son fundamentales e irrenunciables pero no por ello debemos conformarnos con “tragarnos” todo lo que emiten y mucho menos con dejar a nuestros hijos en manos de extraños, aunque se llamen Disney. 

Las series, las películas, los concursos están diseñados de tal modo que “enganchen” y junto a los contenidos concretos, el modelo contribuye a generar una ciudadanía a la que se le menoscaba la capacidad crítica, se la sumerge poco a poco en el pensamiento único y se la incorpora al mundo del consumo. Todo ello mediante mecanismos no impositivos sino sugerentes, es decir, que al final el receptor asume gran cantidad de actitudes y modelos de vida inconscientemente y además con gran entusiasmo por su parte.

Las familias, y en concreto los padres, deben ser conscientes de esta situación de menoscabo de su soberanía familiar y de penetración en su relación familiar de pautas con las que puede ser no estén conformes a la hora de configurarse como realidad social. Es necesario apelar a la vigilancia y al sentido común con el fin de preservar el don incondicional como necesidad y regla básica del quehacer familiar.

jros Nací en Valencia (España) en 1972, estoy casado y soy padre de 5 hijos. Junto con esta tarea fundamental, que es mi familia, soy profesor en la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” y en el Instituto Pontificio Juan Pablo II (sección española), así como profesor en la Escolanía de Ntra. Sra. De los Desamparados de Valencia.

Siendo importantes el doctorado en Sociología, la licenciatura en Geografía e Historia y la diplomatura en Ciencias Religiosas, el máster en Ciencias del matrimonio y la familia del Pontificio Instituto Juan Pablo II ha sido la pieza clave en mi formación. Desde la perspectiva de familia se abre un campo interesantísimo y urgente en la construcción de una sociedad más humana y una Iglesia más cercana.