Jueves, 05 Enero 2017 00:00

Santa Rita de Casia, antes hija de Dios que madre de sus hijos

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Después de Victoria Rasoamanarivo y el matrimonio Martin, los cuales vivieron extraordinariamente su vida ordinaria pero sin muestras, al menos aparentes, de gracias místicas, hoy os traigo una santa excepcional, no sólo por cómo vivió las virtudes, sino también por la cantidad de gracias extraordinarias con las que fue adornada por el Señor.

La Santa que os traigo es Rita de Casia. Puede que me digáis que a lo mejor no sería buen ejemplo para las esposas cristianas pero, ¿acaso ella no fue también esposa y madre? Es cierto que acabó sus días consagrándose al Señor en un monasterio de monjas agustinas pero, ¿no podría hacer eso cualquier madre de familia después de enviudar?

Bien, pasemos entonces a conocer un poquito a esta gran santa de nuestra querida Iglesia.

Margherita Lotti fue el nombre que recibió al nacer, allá por el año 1381, en un pueblecito llamado Roccaporena, perteneciente a Casia. Sus padres eran Antonio Lotti y Amata Ferri, fervorosos cristianos y esposos ejemplares. Ya desde un primer momento ella es signo de las grandezas del Señor que se han mostrado en las Sagradas Escrituras en tantas mujeres que, siendo estériles, en su vejez dieron a luz hermosos niños que fueron grandes personajes en la Historia Sagrada como Sansón y San Juan Bautista, por ejemplo.

Antonio y Amata vivieron su feliz matrimonio ocupados en hacer el bien, pero su corazón estaba apenado por no haber podido tener descendencia. Dios, que todo lo puede, quiso regalarles una hija extraordinaria, pues se dice que fueron no pocos los prodigios que ocurrieron en torno a su nacimiento; uno de ellos fue la aparición, en sueños, de un Ángel a Amata, anunciándole que iba a ser madre de una niña cuya vida ejemplar serviría de modelo a la mujer cristiana en todos los estados.

Rita, ya desde pequeña, manifestó gran inclinación a la piedad, al retiro y a la oración y, a la edad de doce años obtuvo el permiso de sus padres para vivir de forma retirada en un apartado aposento de la casa; pasado un año, como sus padres ya eran ancianos, tuvo que dejar su retiro para dedicarse a su cuidado y atención.

Se dedicó a dar catequesis a las niñas, a las que enseñaba las principales verdades de la fe, así como a atender a los más necesitados viviendo con ellos la caridad en un alto grado. Se dice que en una ocasión, no teniendo nada que dar a un pobre que pedía limosna, le dio lo único que pudo que era el manto que llevaba puesto. Tenía gran devoción a la Pasión del Señor y por ello practicaba la penitencia física y hacía frecuentes ayunos en las vísperas de las festividades principales de la Iglesia, y también en las fiestas de la Santísima virgen María, a quien profesaba una tierna devoción.

Pero los padres de Rita eran mayores y su mayor preocupación era el futuro de su querida hija para cuando ellos ya no estuviesen. Aunque ella deseaba consagrarse al Señor ingresando en el convento de agustinas de Santa María Magdalena de Casia, sus padres decidieron buscarle un marido, a lo que ella se opuso firmemente.

Como en todo, el único y gran deseo de Rita era cumplir la Voluntad de su Amado y viendo que el deseo del Señor era que ella contrajese matrimonio, finalmente accedió y se casó con el hombre que sus padres habían elegido para ella. Su nombre era Pablo Fernando Mancini, perteneciente a la nobleza de Casia y, aunque había sido educado cristianamente, tenía un carácter muy difícil, lo cual ocasionó no pocos disgustos y sinsabores a nuestra Rita.

Como ya vimos con Victoria y como sabemos de muchas otras santas mujeres, Rita no se amedrentó, sino que puso toda su confianza en el Señor y sufriendo y ofreciendo sin rebelarse nunca, con paciencia y humildad y, sobre todo, con un gran amor sobrenatural, consiguió vencer la crueldad de su marido quien, reconociendo su culpa y mal proceder, le pidió perdón de lo pasado y empezó a actuar como lo hace un buen esposo con amorosas demostraciones de cariño, reconociéndose indigno de tenerla por esposa.

Rita tuvo dos hijos, Juan Santiago y Pablo María. A partir del nacimiento de su primer hijo, el carácter de su esposo fue mejorando, de modo que, con el tiempo, llegaron a ser una familia verdaderamente feliz. El carácter de su esposo se hizo más manso y suave, tanto con sus hijos como con su esposa, de modo que Rita pudo dedicarse, sin temores ni sobresaltos, no sólo al cumplimiento de sus deberes maternales, sino también a su profunda vida de piedad y caridad para con los más necesitados.

Desafortunadamente, tendrían que vivir una gran tragedia: Pablo Fernando fue asesinado. Rita recibió la noticia cuando realizaba sus quehaceres domésticos y, lejos de desesperarse y abandonarse al dolor, como mujer fuerte que era, soportó con gran entereza y resignación cristiana esta muerte inesperada, aceptándola  con un corazón abandonado a la que veía en ese momento que era la Voluntad del Señor. No sólo eso, sino que su corazón generoso pudo perdonar realmente a los que habían sido los asesinos de su esposo y oró por ellos, por lo cual, el Señor le regaló la revelación de que su marido, a pesar de esa muerte repentina, se había salvado.

Pero los sufrimientos de Rita no acabaron ahí, porque sus hijos tomaron la decisión de vengar la muerte de su padre y aunque ella les suplicó de mil maneras que esa actitud y esos deseos no les llevarían a nada bueno, además de que se podrían perder sus almas, los hijos no abandonaban la idea de la venganza.

Rita oró con fervor al Señor por sus hijos, ofreciendo incluso su propia vida pero, viendo que sus esfuerzos eran inútiles, pidió al Señor que se los llevara con el fin de evitar un nuevo crimen y la perdición de sus almas. Dios acepta el sacrificio heroico de Rita y, en poco más de dos meses, concede a sus hijos el arrepentimiento y se los lleva con Él, quedándose ella sola; ya no le quedaba nadie, ni sus padres, ni su esposo, ni sus hijos.

A partir de este momento, se dedica a la oración y a obras de caridad viviendo con toda perfección sus deberes, tal como nos dice San Pablo: ”La viuda espere en Dios e insista en oraciones y peticiones de día y de noche; y sea irreprensible en su conducta ante Dios y ante los hombres”.

La vida de Santa Rita no acaba ahí, pues su corazón volvió a sentir con fuerza la llamada a la consagración a través de la vida religiosa, pero como este asunto ya no pertenece al tema que nos ocupa pues lo que aquí tratamos es la vida de santidad en los casados, si tenéis interés en conocer el final de su vida, pues ya os corresponde a vosotros.

Como hemos podido ver, cuando alguien se toma el matrimonio en serio, no hay obstáculo que impida, con mucho esfuerzo y oraciones, que el Señor conceda el milagro de la transformación del cónyuge que no está por la labor.

Hemos visto ya la vida de algunas mujeres que fueron santas esposas y, lamentablemente, sus maridos no, al menos al principio. Pero sí es verdad que hay que tener Fe porque el Señor nos dijo eso de pedid y se os dará y si es Palabra de Dios, ¿por qué habríamos de dudar?

Pero lo que más me llama la atención de su vida es el coraje que tuvo, prefiriendo la muerte de sus hijos a la perdición eterna de sus almas y lo digo porque yo soy madre y una madre tiene un lazo muy pero que muy fuerte con sus hijos y es un tormento para unos padres ver cómo sus hijos se van antes que ellos.

Me ha hecho pensar mucho si yo sería capaz de ofrecer al Señor la vida de mis hijos y desprenderme de ellos, antes de que se perdiesen sus almas. No sé si meditamos suficientemente que nuestros hijos, antes que nuestros, son de Dios; que ha sido Él quien los ha creado y los ha destinado a la Vida Eterna. Ese es el fin de cada uno de nosotros y, también con nuestros propios hijos, ¿no haríamos nosotros lo que fuera necesario para la salvación de sus almas?

solemartinSoledad Martín, esposa y madre. Intento compaginar ésta que es mi verdadera vocación, lo mejor que puedo, con un trabajo como funcionaria en horario de mañana, lo cual me permite atender a mi familia puesto que tengo las tardes libres. Soy laica del Hogar de la Madre.