Miércoles, 19 Febrero 2020 12:00

La fuerza de una vocación

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No es fácil tratar el tema de la maternidad porque es parte esencial de mi propia naturaleza.Yo siento que era una vocación que venía “de serie”. Hasta hacerse una realidad en mi vida era un deseo más allá de lo natural, como si me faltara el aire para respirar, no estaba completa, no podía descansar. Y además no cesó hasta tener a mi hijo pequeño. Es como si el Señor ya hubiera puesto un sello en mi corazón de cómo debía ser nuestra familia.

Fue muy bello descubrir cómo mi marido y yo estábamos creados para llevar a cabo esta misión, estoy segura que ningún otro hombre del mundo hubiera podido asumir todo aquello que Dios había puesto en mi corazón con tanta entrega, paciencia, confianza, dulzura, fortaleza y amor. Era ir descubriendo cómo el Señor tenía un plan para nosotros y se hacía completo en nuestra unión conyugal. Es que mi experiencia de maternidad ha sido en primer lugar algo que ha llevado a nuestro matrimonio a reconocer en plenitud nuestro ser una sola carne. Ninguno de nosotros solo hubiéramos podido alcanzar en plenitud este sueño de Dios para nuestras personas, para nuestro matrimonio y para nuestra familia, que en sí misma tiene una vocación.

¿Qué puedo decir de la maternidad...? Para mí ha sido la experiencia más extrema de entrega, de renuncia de mí misma, de conocer un amor sin límites, de inmensa responsabilidad... 
Ha expandido todos mis límites, de esfuerzo, de cansancio, de capacidad de trabajo, de capacidad de renuncia, de entrega, de amor... Es como alcanzar una facultad que supera infinitamente mi naturaleza. Yo estoy segura que ninguna otra realidad hubiera podido hacer esto en mí, porque para esta entrega no hay horas, ni días, ni descanso. La capacidad de amar extendida al máximo pero sin límite porque sigue ensanchándose y siento que será hasta morir.

Me enternece ver como en mi marido se ha dado ese mismo proceso de una entrega amorosa tan inmensa, tanto que a mí me parece como otra persona.
 Nuestros hijos han dado plenitud a nuestra felicidad, ambos estamos enamorados de nuestra familia, pero también nos han hecho conocer nuestras limitaciones.

Somos padres de cuatro hijos, tres niñas y un niño, de 13, 12, 7 y 5 años. Los dos pequeños con síndrome de down. Día a día nos topamos con nuestra falta de capacidad, no con la de ellos. 
El cansancio extremo dificulta a veces encontrar la forma más adecuada para responder a las situaciones. Cada día hay un nuevo reto al que responder y además no somos jovencillos.

Me llevo 40 años con mi hija mayor; esto no quiere decir nada más que el cuerpo a veces (muchas veces) chilla y se revela y la paciencia se gasta y casi a diario tengo que pedirles perdón. Pero hay dos cosas que me hacen seguir adelante con alegría profunda: la principal es vivir sostenida en el Señor y la segunda sentir la mano de mi marido caminando siempre junto a mí. Me siento una mujer muy afortunada, muy amada por Dios, muy regalada a pesar de mi propia pobreza.

¡Se me olvidaba! Me pidieron que hablara también desde la particularidad de mi maternidad, al ser una maternidad adoptiva. La verdad que se me olvidaba porque no suelo tenerlo presente y no puedo comparar con una maternidad biológica ya que desconozco la diferencia. Es cierto que decidimos la opción de adoptar al no llegar nuestros hijos de forma biológica, pero es igual de cierto que desde que nos casamos mi primera opción para ser madre era la adopción, pero parecía algo tan complicado que decidimos desistir de ese deseo hasta que fue necesario. No sé cuánto de distinto es. Para mí son mis hijos, son nuestros hijos y no sé si se puede amar más. A veces contemplo con gran anonadamiento cómo el Señor ha hecho en nuestra familia algo maravilloso con seres un poco heridos. Es cómo si hubiera recogido nuestros pedacitos y los hubiera vuelto a crear al calor del amor de nuestro hogar. ¡Qué grande es Dios!

Beatriz Cordero.

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