Miércoles, 01 Abril 2020 12:00

Maternidad, una prueba de fe

Escrito por

No podría hablar de mi maternidad sin hablar de la Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra. 

Ella me dio el regalo de casarme un 1 de enero –celebración de su Maternidad Divina– nueve meses después de haber conocido a los que serían mis hijos adoptivos. Podría decir que para con ellos, María engendró en mí su maternidad. Me pidió primero ser madre antes que esposa.

Yo conocí a mi marido, viudo y con dos hijos. Su primera mujer y madre de mis hijos, era amiga mía, murió de cáncer con 33 años. Cuando nos íbamos a casar, antes de ser esposa empecé siendo madre de mis dos hijos mayores, siguiendo el sabio consejo de un buen director espiritual, algo que pienso debería tener todo cristiano. 

Una vez casados, el Señor me regaló tener otros tres hijos, bueno, contando con uno extrauterino y otro aborto natural. ¡Ya nos veremos en el Cielo! Primero nació Juan María, a los dos años de ser madre adoptiva. Fue curioso pero no me quedé embarazada hasta que no recibí los papeles de la adopción legal. Dios sabe. 

Los hijos adoptivos han sido dones directamente de Dios, que es Fuente de donde nos vienen todas las "Gracias". Me dio la gracia de ensanchar mi corazón y de quererlos incluso más que a los biológicos... Por eso, siempre digo que mis hijos "no son de mi tripa sino de mi corazón".

Cuando el Señor me regaló quedarme embarazada experimenté algo muy, muy especial, también de Dios, por supuesto. Así, de repente, de la nada, te encuentras que eres colaboradora directa con Dios Padre, dando vida. Dios te encomienda unos hijos temporalmente; son suyos y quiere que tú los eduques para el Cielo que nos espera, que los prepares para alcanzar la vida eterna. Esto pude experimentarlo con mi segundo hijo de un modo directo y doloroso. Javier nació justo a los 22 meses de nacer Juan María, el primero. Un niño precioso, sano, un embarazo y parto perfecto, toda una bendición de Dios.

Con 5 meses y 2 días, el Señor lo llamó con Él. Muerte súbita, eso que parece que a nadie le va a tocar, y por supuesto, a ti menos. Algo lejano de lo que has oído hablar, pero claro, que nunca crees que te puede tocar a ti. Yo misma me lo encontré sin vida en la cuna. Verdaderamente una experiencia terrible. De ahí que ahora comparta con vosotros esta "gracia" de Dios y de la temporalidad. Los hijos no son nuestros, son un préstamo por un tiempo, que no se sabe si será largo o corto. Son del Señor, vienen de Él y a Él vuelven, como un día iremos todos a la Casa del Padre, para vivir allí eternamente felices con Él y con nuestros seres queridos. Somos guardianes temporales de nuestros hijos y nuestra misión principal es educarlos para el Cielo, hablarles de la vida eterna, de que esta vida es temporal, efímera, pasajera. No siempre es un camino de rosas. Lo que Dios pida, hay que vivirlo y vivirlo con alegría. No es fácil, claro, nadie dijo que lo fuera. Ante la muerte, y más cuando se trata de un ser querido como en el caso de mi hijito, del que soy directamente responsable, ¿cómo iba a reaccionar? .... “Era imposible, a mí no me podía pasar esto, Señor, yo no doy la talla” –le repetía–, “no sé cómo voy a llevar este sufrimiento tan grande". El misterio del sufrimiento, por el que Él pasó primero. Me experimentaba muy identificada con María, la Madre que sufrió viendo morir a su Hijo inocente en la Cruz. Ella también vio morir a su Hijo. Ella quiso que la entendiera, que la consolara. Y os aseguró que nadie que haya pasado por una experiencia parecida te puede entender y consolar. Es un desgarro grandísimo del corazón. Yo sentía que se me abrían las entrañas. Una "gracia de Dios" y "una gracia" de Ella directamente, que no me ha dejado nunca ni me deja.

Quise ofrecerme para ayudar a otras madres que pasaran por una situación similar; y rezo por ellas.

Después tuve otro embarazo y en la séptima semana no se oía el latido de su corazón. De nuevo, ofrecer otro hijo al Señor. Más tarde, pasados dos años y medio, vino Miguel, un embarazo gemelar. Desafortunadamente uno se formó en la trompa derecha y Miguel, fortaleza de Dios, así le puse por nombre, iba creciendo en el útero. No me encontraba bien y a la octava semana más o menos, tuve que visitar al médico; tenía una hemorragia interna, podría morir yo y los que venían en camino. 

La prueba fue de fe, como Abraham, entre mi vida o la de mis hijos. Por supuesto, escogía la de ellos. Me asistió un equipo médico que, gracias a Dios, era buenísimo, apostaban por la vida y hasta el último momento me animaron a seguir con el embarazo. Por ley natural, los embarazos extrauterinos o ectópicos no llegan a término y tras tres semanas de mucha ayuda física y espiritual, encomendándome a la hermana Clare especialmente, a las 5 Candidatas que murieron con ella en el terremoto y a Santa Maravillas de Jesús, me intervinieron y gracias a Dios nació Miguelito.

Ya seamos madres físicas, adoptivas o espirituales, estamos llamadas a abrir nuestro corazón más grande que nunca. Ánimo, madres, tenemos una gran llamada y tenemos la mejor Madre, Maestra y Modelo: María. ¡Vivan las madres y viva María!

En este autor se agrupa a todos los colaboradores que escriben y colaboran con su experiencia y conocimiento para enriquecer la web.