Martes, 26 Mayo 2020 00:00

Lo que verdaderamente importa

Escrito por

Todos nos hemos casado con mucha ilusión, queriendo hacer realidad nuestros sueños, construir la familia que siempre soñamos. Y luego la vida nos lleva generalmente por otros derroteros y el reto es ir descubriendo la mano de Dios en cada acontecimiento. Realmente no es un reto, es la realidad: nuestra vida está en Sus manos y solo si las cogemos bien fuerte somos capaces de superar tantas pruebas.

Me casé mayor, con 30 años. Yo pensaba que era un vejestorio y que me iba a costar quedarme embarazada, como le había pasado a varias amigas mías. Así que me imaginaba que tendría una familia con pocos hijos, tranquila y de padres “mayores”. Pero Dios tiene otros planes y, antes de que hubiéramos cumplido un año, había nacido nuestra primera hija. Al año de nacer tuve un aborto y, sin haber cumplido dos años, nuestra hija mayor tuvo un hermanito. Otro aborto, otro embarazo… un sin parar.  Yo estaba muy cansada pero feliz, pues mis planes se iban cumpliendo (tres o cuatro como mucho) y a mejor ritmo del que pensaba. Estupendo, no iba a ser una madre abuelita.

Los dos primeros embarazos fueron bastante malos y tuve que hacer reposo relativo por tener muchas contracciones en los últimos meses. Pero la gestación de la tercera fue muy dura. Me puse de parto en la semana 24 y tuve que ser ingresada repetidas veces para frenar su nacimiento. Me pusieron en reposo absoluto y el día a día se transformó en una aventura, con dos pequeños en casa y yo sin poder moverme de la cama.

Nace la tercera, milagrosamente a término, y me avisa la ginecóloga de que no debo volver a tener hijos. Que el riesgo es muy grande y que no me lo recomienda. Nos quedamos preocupados y vamos a pedir otras opiniones a expertos, que nos explicaron que el riesgo no era para la madre, sino para el hijo, si vuelvo a ponerme prematuramente de parto, pero que cada embarazo es un misterio y que esa posibilidad no se podía prever. Consultamos con un sacerdote y, tras rezarlo, decidimos aprender a usar los métodos naturales para distanciar otra posible gestación.

Los métodos naturales son muy fiables para personas con ciclos regulares, pero su aplicación resulta complicada si son irregulares. Y ese era mi caso. A los tres meses ya estaba otra vez embarazada. Así que acudí a mi ginecóloga pidiéndole que me atendiera, a pesar de no haber seguido su consejo. Me acogió en un primer momento y me propuso hacerme una intervención quirúrgica para asegurarnos un buen desarrollo del embarazo. Debo reconocer que no entendí el sentido de esa intervención, pues todo lo que leía al respecto era que no se aconsejaba para casos como el mío. Pero quería fiarme de ella y necesitaba fiarme de ella. Este cuarto embarazo me pesaba y no quería que fuera tan complicado como el anterior.

Me hice las pruebas preoperatorias y, la noche anterior a la intervención, recibí una llamada de mi médico en la que me anunciaba que no se atrevía a operarme, que lo había consultado y era demasiado riesgo para ella y que no quería volver a verme en su consulta. Ella me había advertido de que no debía volver a tener otro hijo y yo había sido una irresponsable. Me puse a llorar, le pedí su consejo… “y ahora ¿qué debo hacer? ¿Me tienen que intervenir o no? Si yo fuera su hija, ¿qué me aconsejaría?”. Me dijo que ya me había dado su opinión y que no le había hecho caso, que intentara encontrar un profesional que me quisiera llevar el embarazo.

Fue muy duro, me sentí sola y desamparada. No entendía por qué Dios había permitido este nuevo embarazo. Ni métodos naturales ni nada. Había estado cuatro meses en cama, entre reposos y hospitalizaciones y, enseguida, me había vuelto a quedar embarazada. ¿Cómo podía permitirlo Dios? ¿Por qué no se podía usar un preservativo en casos como el mío? ¿Qué podía hacer ahora? Reconozco que lloré y me quejé a Dios. No entendía sus caminos y lo veía como un Padre lejano y exigente, poco comprensivo con las necesidades de sus hijos. 

Pero gracias a Su ayuda, encontré un ginecólogo que no vio problema en llevar mi gestación y todo fue estupendamente hasta el séptimo mes. En una revisión, nos comunica que el bebé parece tener una dificultad de madurez y que seguramente nacerá con problemas. Me dijo que, en casos similares, algunos médicos proponen abortar a pesar de lo avanzado de la gestación.

Mi marido y yo decidimos confiar en Dios y rezar. Él se había empeñado en este niño, a mí me había costado aceptarlo, así que Él sería quien me lo cuidaría. Y nació sanísimo, a término y con un peso genial. Pero yo ya estaba agotada. Hice cuentas de mi vida de casada y me salían más días embarazada que sin estarlo, y de esos días, la mitad a reposo (relativo o en cama) y la otra mitad vomitando y con dolores de ciática. ¿Quién decía que era bonita la maternidad?

Seguimos con los métodos naturales, ahora bien controlados para conseguir un tiempo de calma. Y enseguida me quedo otra vez embarazada. No me lo podía creer. Me parecía una broma de mal gusto. ¡Pero si Él sabía que yo ya no podía más! ¿Por qué no me dejaba descansar? No me atreví a contárselo a nadie, sufría en silencio. Estaba francamente disgustada con un Dios que no me comprendía y me pedía más de lo que yo le podía dar.

Al mes de estar embarazada empecé a sangrar. Fui al médico y me mandó reposo absoluto, estricto, pues había riesgo de aborto. Yo me lo pensé, lo recé ante el sagrario y decidí que no podía volver a la cama, tenía cuatro niños muy pequeños (de 4, 2, 1 año y dos meses) y que abandonaba en manos de Dios ese bebé. Y como Dios lo amaba, y lo amaba mucho más que yo, el embarazo siguió adelante a pesar del sangrado

Me costó mucho aceptar ese bebé. Pasé tiempo disgustada y triste. Pero con la ayuda de la gracia, fui haciéndome a la idea y acabé ilusionada. Pero fue un embarazo muy duro, con muchísimos dolores que me impedían caminar e incluso dormir. A los ocho meses de gestación, rompo aguas y me voy sola a urgencias a la espera de que alguien pudiera encargarse de los peques. El médico me confirma que estoy de parto, pero el bebé no tiene latido. Tengo un hijo en el cielo, he de parirlo y estoy sola. Solo podía repetir por dentro: “Señor, ya no puedo sufrir más, pero aquí estoy para hacer tu voluntad”. No sé cuántas veces lo dije, solo me salía esa oración. Llegó mi marido cuando quedaba poco para que naciera. Lloramos al tenerlo en brazos y ofrecimos ese niño al Señor. Dios lo quiso para la felicidad eterna. Desde el cielo cuidaría de nosotros. En esos momentos de dolor, notaba una gran paz, esa paz que solo te da Dios y que es fruto de la oración de mucha gente. Noté en primera persona la maravilla de la Comunión de los Santos. Y comprendí que mi misión era ir al cielo junto con mi marido y mis hijos para estar con Juan. El resto de cosas, los problemas de este mundo, perdían importancia.

Y tras el nacimiento al cielo de Juan, entendí que solo Dios sabe lo que es bueno para nosotros, que Él nos ama con locura y nos cuida con amor. Que no le importa si tenemos problemas, si tenemos dinero, si tenemos salud… le importa nuestro corazón, quiere nuestro amor, y nos ha creado para el cielo. Las cosas de esta tierra tienen mucha menos importancia de lo que nos pensamos. Solo son importantes en la medida en que nos lleven al Señor. Y esa actitud depende de nosotros, puesto que Él está siempre esperándonos para darnos su mano.

Así que dejé de sufrir por el número de hijos. Los que mi Padre Dios quiera, en el momento en que Él quiera. Con mucha paz y con total confianza. Sabiendo que el sufrimiento es camino hacia Él si lo vivimos con amor y que siempre, siempre, está junto a nosotros.

A los dos años de la muerte de Juan, nació Jaime, que ha sido una bendición, y si Dios quiere, vendrán más. Los niños no paran de pedirlo en sus oraciones. Yo no lo hago, la verdad, pues a mi edad eso de criar no es que haga mucha ilusión, pero estoy tranquila, tengo mucha paz y confío en que lo mejor del mundo es confiar en Él y abrirnos a su voluntad.

Economista por la Universidad de Navarra. He sido profesora ayudante de Macroeconomía en la Universidad de Zurich, gerente de Aguirretel SL y documentalista de la Asociación Valenciana de Empresarios, entre otras cosas. Actualmente, soy ama de casa y madre, a tiempo completo de cinco pequeños, aunque en mis tiempos libres colaboro con distintas actividades educativas y completo mis estudios de postgrado en la UPV.

Más en esta categoría: « Maternidad, una prueba de fe