Viernes, 23 Octubre 2020 00:00

En riesgo de extinción

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Cuando tenía 15 años conocí por primera vez una familia numerosa, formada por siete hermanos. ¡Me sorprendió muchísimo! Al preguntar el por qué de tantos hijos, me dijeron que la Iglesia pedía estar abiertos a la vida. En ese mismo instante supe que era eso lo que Dios quería de mí, esa era mi vocación: ser madre de familia numerosa. No, no hubo luces ni estrellitas, sólo una convicción interior, repentina y sencilla, pero con una seguridad que ya nunca me abandonó.

Hasta aquí todo bien, pero… ¿pensaría igual mi futuro marido? Un día, cuando éramos novios, me lanzó la típica pregunta:
- Tú ¿cuántos hijos quieres tener?
- Cuatro por lo menos- le contesté.
- Tú estás loca- La respuesta fue típica también.
- Pues, ¿cuántos quieres tener tú?- indagué.
- Con dos suficiente- respondió.

No insistí más y reconozco que me quedé chafada. Y ahí quedó la cosa de momento, cada uno con su idea. Pero, en nuestro caminar, fuimos acercando posiciones. No recuerdo haber hecho nada especial, simplemente Dios puso también en su corazón ese deseo. ¡Y acabó siendo incluso más defensor que yo de la familia numerosa!

En aquellos primeros momentos, estar dispuestos a tener los hijos que Dios quisiera enviarnos era, para nosotros, ponernos a su servicio, dejarnos en sus manos, poner nuestra confianza plena en Él, creer que Él sabe mejor que nosotros lo que nos conviene y que nuestros cálculos humanos nunca serán mejores que los suyos; dejarle hacer sin trabas.

Con esa idea empezamos, pero luego descubrimos mucho más…

Evidentemente, tener una familia grande no es fácil. Cuando la gente se asusta al conocerme, les digo que no vienen todos a la vez, sino de uno en uno y vas recomponiendo el orden. Pero es verdad que, ante un nuevo embarazo, surgía la duda: “¿voy a ser capaz de apañarme con uno más?” Parecía imposible porque creía que ya iba a tope, sin embargo, resultaba que sí, que siempre se podía con uno más. Porque puede que las montañas de ropa para lavar, tender y recoger me desbordaran a veces, muchas veces en realidad, sobre todo a partir del quinto, pero es que cada vez era más consciente de que cada hijo es una bendición y un regalo.

Dios ha ido poniendo en nuestras manos esos hijos que Él ama tanto. ¡Ha confiado en nosotros! ¡Locura de Dios! Agradecimiento y gran responsabilidad nuestra.

Hay quien cree que es mejor tener sólo un hijo para quererle más, pero no es cierto, porque el amor es infinito y cuantos más hijos tienes más se ensancha tu corazón y más amas.

El trabajo, el dormir poco, el cansancio…, todo compensa porque esos niños no son objetos, no son caprichos, son almas que hay que llevar a Dios. Y, por eso, aún en los momentos de caos y agobio que puedas tener, surge la paz interna del corazón, la alegría de trabajar para el Señor. Si la sonrisa de un hijo te habla de Dios, ¡imagina multiplicado por muchos!

A lo largo de nuestro matrimonio, hemos tenido muchas veces problemas económicos y en nuestro dormitorio, solos, hincábamos las rodillas ante Dios para pedir su Providencia. ¡Nunca nos ha fallado! Mi marido siempre repetía: “A un padre de familia numerosa, Dios nunca le abandona”. El Señor siempre nos ha ayudado de múltiples formas, lo cual es un aprendizaje en la humildad, pues no siempre es fácil aceptar que otros nos ayuden. También fue muy bueno para nosotros y nuestros hijos aprender que se puede vivir muy bien sin muchas cosas innecesarias y dar el valor justo a las cosas.

¿Compensa la complicación de tener una familia numerosa? ¡Sí, rotundamente sí! Porque es una escuela de santidad. Tienes que practicar muchas virtudes y continuamente: paciencia, humildad, comprensión, justicia, misericordia, templanza, austeridad, confianza, amabilidad, fe… y un largo etc. El darse a los otros es un ejercicio continuo y natural, tanto para padres como para hijos.

Animo vivamente a los matrimonios a considerar ante Dios si os está pidiendo esta vocación tan bella, a formar una familia numerosa que yo digo que, hoy en día, es una especie en vía de extinción.

Doy gracias a Dios y también a nuestra Madre, que siempre ha estado ahí, a mi lado, siendo ejemplo y Maestra. Sin su ayuda no lo habría logrado.

Por cierto, tengo 9 hijos, 9 maravillosos hijos.

Mª Jesús

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