Martes, 03 Noviembre 2020 00:00

Maternidad

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La maternidad es un regalo por parte de Dios que aún estoy descubriendo y degustando. Fui madre a los 23 años, cuando todavía no había comprendido la profundidad de ser hija, pero Dios me ha concedido los hijos que Él había pensado para enseñarme y ayudarme a crecer en la tarea de ser madre.

Ciertamente los niños no llegan con un libro de instrucciones bajo el brazo, y además llegan con la complejidad de ser tan diferentes los unos de los otros... que a veces la maternidad y la paternidad ser convierten en tarea de artesanía creativa y eternamente innovadora, porque ninguna de las técnicas sirven para los siguientes hermanos. Pero si algo he descubierto en este tiempo es que, a pesar de no disponer de libro de instrucciones, Dios nos concede algo mucho mejor: su ser de Padre como modelo. Y es que, ¿cómo no amar después de tanto Amor recibido? ¿Cómo no entregarme viéndolo en la cruz? ¿Cómo resistirme a perdonar tras tanto perdón por su parte?

Dios (que conoce mi pobreza) me concede otro REGALO muy grande: su MADRE, que no solo es modelo de Madre, esposa y mujer para mí, sino que además es Madre para mis hijos. El día que descubrí esto mi corazón entró en descanso y alegría... ¿Cuántas veces desde entonces he acudido a María pidiéndole: ”esto llévalo tú que a mí se me queda grande...”? ¿Y cuántas les he dicho a mis hijas: “esto pídeselo a tu otra Madre que sabrá hacerlo mejor....”? María no es sólo mi socorro en la maternidad, es quien me ha descubierto la belleza, la hermosura y la aventura que es ser Madre.

En todo este proceso ha habido muchas fases. Cuando nació nuestro tercer hijo, recuerdo que viví un tiempo como de “renuncia”, sentía que estaba perdiéndome muchas cosas por cuidar de mis hijos. En aquel momento Dios me concedió la gracia de experimentar que Èl no nos puede dar nada que nos aleje de Él... Al contrario, cada acontecimiento, cada vivencia, cada persona a nuestro lado… lo dispone para atraernos hacia Él. Aquello fue como recibir una nueva visión.... comencé a querer saber que quería mostrarme el Señor en cada acontecimiento, y descubrí grandes ternuras de su parte en las situaciones más comunes. Entre otras cosas el Señor me hizo ver que los hijos no solo son el fruto del amor de los esposos, sino que lo acrecientan, y hoy es el día que aunque parece que nuestros hijos “se interponen” entre nosotros, lo cierto es que ejercen una unión muy fuerte y muy estable entre los dos.

A día de hoy tenemos 6 hijos: Sara, Maider y David de 10, 9 y 3 años y Amets, Enara y Maite, a quienes no llegamos a abrazar y que volaron al cielo desde mi vientre. Dios me ha concedido a través de estos abortos naturales vivir otra dimensión de la maternidad: soy madre de niños a los que tengo que cuidar, educar y llevar a Dios, pero soy madre también (y con la misma intensidad) de niños por los que me siento custodiada, cuidada y de cuyas manos volaré algún día hasta Dios.

Doy gracias a Dios por el grandísimo don de la maternidad, por todo lo que me gusta de ella, por lo que no me gusta tanto, y por lo que aún me queda por descubrir.

Mamen Preciado.

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