Viernes, 18 Diciembre 2020 00:00

¡Benditos nietos!

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Hace pocos días nació mi quinta nieta y, antes de que acabe el año, si Dios quiere, tendré dos más. En 4 años, 7 nietos. ¡Muchas bendiciones!

Yo, como todo el mundo, había oído siempre a los abuelos hablar, abriendo muchos los ojos y con una sonrisa de oreja a oreja, de lo maravilloso que era tener nietos: que se disfrutaban más que los hijos, que se les quería más, que eran los más guapos y, por supuesto, los más listos… Así que, cuando iba a nacer mi primera nieta, estaba yo expectante. Y, efectivamente, constato que los abuelos tienen razón. Bueno, en todo no; en lo de que los quieres más que a los hijos, no estoy de acuerdo. Pero sí es verdad que es una vivencia muy especial.

Lo primero que me emocionó fue que esa niña que acababa de nacer era una continuidad de mi vida. La personita que Dios había creado en mi vientre había concebido, a su vez, vida en el suyo. ¡Dios seguía confiando sus tesoros a mi familia! Esto me produce una gran admiración y un profundo agradecimiento al autor de la vida, nuestro Padre Dios.

A continuación, descubrí que los nietos traen un torrente impresionante de ternura a nuestras vidas. Esa ternura, sin duda, es la ternura de Dios. Verles la carita y amarlos, es todo uno. Mil sensaciones burbujean en el corazón y sientes que se limpia y que se ensancha aún más. Automáticamente se dibuja en los labios una sonrisa que crees que va a ser ya eterna y sientes un gozo indescriptible. Si ante un ser humano sentimos esto, ¿qué sería contemplar al Niño Jesús recién nacido? 

Tener nietos es volver a la infancia, lo cual nos viene muy bien. ¿No dijo Jesús que para entrar en el Cielo hay que ser como niños? Porque para relacionarnos con ellos, no necesitamos palabras elocuentes, sino lo más sencillas posibles; no hay que hacerles regalos carísimos, porque les hace más ilusión un simple globo; les da igual lo importantes que hayamos llegado a ser en la vida, pues solo necesitan que sepamos reír. Y, por eso, para ponerte a su nivel, te tiras al suelo para jugar. Y, aunque luego los huesos se quejan, no te importa, porque has hecho feliz a alguien. Y vuelves a recordar que la felicidad es hacer felices a los demás.

Lo único que hay que hacer con ellos es amar. Nosotros les amamos y ellos nos aman. Y esa debería ser nuestra actuación en la vida: amar. Así nos lo pidió el Señor. Y así nos lo sigue pidiendo. Así que los nietos son una gran ayuda para reflexionar sobre nuestra vida, para encauzarla, para simplificarla, para acercarnos a Dios. Los nietos nos ayudan a entender que hay que ir quitándose las capas almacenadas durante años: capas de orgullo, vanidad, tristezas, rencores, reticencias, desesperanzas… y quedarnos con lo esencial. Y lo esencial es lo que nos acerca a Dios, lo que nos sirve para llegar al Cielo.

A los nietos es fácil disculparles, no tenerles las cosas en cuenta, perdonar algún desaire… pues sabemos que no actúan con maldad y que, al momento siguiente, te van a sorprender con un abrazo. ¿Acaso no es eso lo que Dios quiere que hagamos con todos? Disculpar, comprender, ponernos en el lugar del otro, no guardar rencor ¡¡¡Qué distinta nuestra vida si pudiéramos ser así con los demás!!!

También he descubierto que, cuando creemos que ya hemos cumplido nuestra misión de educar porque los hijos son mayores, aún podemos aportar algo, desde nuestra experiencia, con serenidad y discreción. Con sencillas charlas con ellos podemos apoyar la educación que les dan sus padres. Esos pequeños escuchan con atención y asombro nuestras palabras. Son momentos idóneos para sembrar en ellos el amor a Jesús y a María, y el deseo de ser buenos para ir al Cielo.

Mi madre, unos días antes de morir, solo abría los ojos cuando, correteando y ajenas a lo que estaba pasando, entraban sus nietas en la habitación. Me asombraba muchísimo y siempre me he preguntado por qué. Ahora creo que debe ser porque ellos son un recordatorio de la ilusión, la inocencia, la bondad, la alegría, la dulzura, la caricia… de nuestro Dios. Son la esperanza y la certeza de que hay Vida y Amor siempre, en este mundo y en la eternidad, a la que nos vamos acercando poco a poco los abuelos.

Y, si por enfermedad, problemas familiares, distancia o cualquier otra razón no podemos disfrutar de ellos, nada nos impide amarles y rezar por ellos. Ese amor y esas oraciones siempre tendrán fruto para conseguir lo más importante: estar todos juntos en Casa, en el Cielo, donde solo se vive de amor y alabanzas a Dios.

¡Gracias, Señor, por los nietos, que tanto nos enseñan!  

Mª Jesús

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