Martes, 12 Enero 2021 00:00

Yo soy una mamá

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Desde siempre he querido ser madre.

Cuando era pequeña y me preguntaban qué quería ser de mayor, lo tenía muy claro, casi sin saber pronunciar, yo contestaba: MAMÁ.

Llevaba mártires a mis compañeros de parvulitos. Los peinaba, les abrochaba los baberos, los besaba y abrazaba…. Ahora pienso que ellos creerían que era una niña “rarita”.

Lo mismo hacía con mis hermanos pequeños, con mis muñecos y los muñecos de mis hermanos (aunque fuera un Geyperman). Yo siempre tenía ese deseo de cuidar a los niños, sobre todo darles biberones, bañarlos, vestirlos, cantarles nanas y acunarlos.

No sé muy bien de dónde me viene esa vocación, pero no ha desaparecido a lo largo de toda mi vida. He cuidado de mis hermanos, de mis vecinos, de mis sobrinos, de los niños de mis voluntariados (siempre contaban con ese factor: tenía que ser con niños), de mis hijos, y ahora que la fertilidad es un caso perdido... también sigo criando. Somos Familia de Acogida.

Se diría que mi familia numerosa nunca tiene un número definitivo de hijos a los que amar.

He tenido la suerte de encontrar a un gran hombre que comparte esta manera tan peculiar de donarse. Hay que ser muy bueno y estar un poco loco para entender y compartir esta extraña vocación. A eso se le llama “locura de amor”. Me hace muy feliz vivir así. Yo tengo “el Cielo en la Tierra”. Nos casamos hace 20 años y hemos sido bendecidos con tres hijas biológicas que ahora tienen 18, 16 y 12 años, y después de la pérdida de dos bebés en su gestación y de preciosas acogidas, que nos dieron la capacidad de amar más aún a cualquier niño en situación de desamparo, adoptamos a nuestro hijo, que llegó de acogida con 6 días (una renuncia por nacer con Síndrome de Down) y ahora es una pieza clave en esta familia. No sabríamos vivir sin él. Mi hijo es capaz de provocar un torrente de amor mezclado con alegría y diversión en cualquier lugar en que se encuentre. Es el amor a la décima potencia. Donde va, triunfa. 

Y ahora, hemos acogido a una bebé de 5 meses por una temporada indefinida; suelen ser unos meses, mientras solucionan su situación familiar en Servicios Sociales.

No sabría diferenciar mi amor por ellos. Los que vinieron de forma natural, y los que se han “añadido”. He ido aprendiendo a darle a cada hijo lo que necesita, con el amor y atención, según cada una de sus circunstancias.

No concibo el matrimonio sin estar abiertos a la vida, y sin la gran bendición que ha supuesto cada llegada de un hijo. Y no voy a negar que todas las veces que hemos confirmado un embarazo o nos han llamado para traer otro hijo de acogida, hemos sentido la misma sensación, mezcla de alegría y ataque de responsabilidad que imagino que tenemos todos los padres, ¿no?

Todo esto no quiere decir que no me apetezca de vez en cuando un momento de soledad, de tiempo para mí, de poder respirar un poco.

Ha habido momentos un poco límites (económicamente hablando) que nos ha reforzado la idea de que la paternidad tiene que ser con responsabilidad. Pero sabemos y constatamos, que cada vez que hemos abierto nuestro corazón a otra vida, ya sea engendrada en nuestro seno o por acogimiento/adopción, nuestras vidas han cambiado a mejor. 

Mi experiencia, tanto desde que nací (soy la 4ª de seis hermanos), como desde que fundé mi propia familia, ha sido ¡tan positiva!  La escuela de vida que he recibido todos estos años, me sirve de entrenamiento, no solo para educar a mis hijos, sino para impartir mis clases (soy docente de alumnos adolescentes). Todo ha sido tan útil. En la familia hemos aprendido y enseñamos todo lo que una buena sociedad debe tener: paciencia, humildad, generosidad, empatía, fortaleza…

En mi casa, lo mismo ves a una de mis adolescentes estudiando con un hermano en brazos, que a mi hijo bailando delante de la nueva llegada para que deje de llorar. Porque lo suyo es el espectáculo, como todo en esta familia… nos gusta mucho cantar y lo hacemos en un coro todos juntos. En nuestra casa siempre estamos cantando y tocando instrumentos, o pintando cuadros, bailando, actuando… cualquier disciplina artística que promueva el gusto por lo bello y engrandezca el alma. Y él esta integradísimo, sabe muy bien que, en este entorno familiar, o te unes a la diversión, o eres invisible.

Y tengo que decir que estos niños de acogida que vienen cada uno en sus circunstancias, siempre duras y tristes, son amados por todo el mundo con mucha más efusión, pues sabemos que se van y que necesitan ese amor momentáneo que les hará volver a entretejer los lazos afectivos perdidos en sus dramas particulares. No es fácil describir el sentimiento que se nos queda cada vez que un hijo de acogida se va, mezcla de tristeza y orgullo por lo que hemos conseguido, y el corazón encogido por no poder volver a tenerlo cerca como un hijo más. No, no es fácil, pero es un sentimiento agridulce que me alegra haber podido experimentar. 

Yo soy una MAMÁ.

Amparo

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