Viernes, 11 Junio 2021 00:00

El hierro se afila con el hierro

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Hace poco, mi marido y yo asistimos a una conferencia diocesana sobre el matrimonio. Fue un placer escuchar a tanta variedad de ponentes que hablaban sobre su fe, siendo capaces de transmitir sus mensajes con un equilibrio perfecto entre el humor y la seriedad que merece el tema del matrimonio y la vida familiar.

Nos sirvió para aprender algunas cosas nuevas y recordar otras que nos habían enseñado antes. Se nos dio la oportunidad de acudir al sacramento de la Reconciliación, pasar tiempo juntos en oración ante el Santísimo Sacramento, sentarse, hablar y reflexionar sobre cómo iban nuestras vidas familiares... Realmente fue un día precioso, una pausa muy necesaria para la reflexión y la renovación en medio del ajetreo del día a día.

Al final del día, un matrimonio del que somos amigos nos invitó a nosotros y a otras familias a tomar un helado todos juntos. Uno por uno, fuimos pidiendo un helado y luego nos sentamos a la sombra en unas mesas de picnic. Éramos 8 adultos y 14 niños de 11 a 9 meses, ¡así que... fueron unos 20 minutos muy entretenidos! Era una tarde cálida y soleada, las mamás y los papás estuvimos repartiendo servilletas, limpiando las manos y caras de los pequeños, ayudándoles a terminar los conos de helado a punto de derretirse mientras hablaban sobre el día y se reían...

Fue en este momento cuando caí en la cuenta de una profunda verdad: mientras que los ponentes, los "expertos" de la conferencia matrimonial, nos ayudaron mucho al escucharnos y transmitirnos toda la formación que nos dieron, mi verdadera inspiración y aliento en el día a día para vivir mi vocación como esposa y madre de manera excelente está más influenciada por estos buenos amigos católicos que viven lo mismo que yo. Estas otras tres familias católicas se esfuerzan diariamente por llevar una vida de gran virtud y santidad, amarse bien y, a su vez, amar bien a sus hijos. Ese es "su centro" y "objetivo" en medio de una rutina de bebés lactantes, náuseas matutinas, rabietas de niños pequeños, la tarea de ayudar a los niños en edad escolar, carreras exigentes, compromisos de educación en el hogar y responsabilidades parroquiales... Ninguno es perfecto, pero todos están continuamente trabajando duro por amar al Señor, a la Virgen y a la Iglesia. Estas familias me animan con sus palabras, con sus oraciones y con sus silenciosos ejemplos.

En un mundo en el que el "experto" se coloca con tanta frecuencia en un pedestal, vale la pena tomarse un tiempo para recordar que también hay mucho que aprender de las personas que Dios ha colocado en medio de nosotros. También es prudente tomarse un tiempo para evaluar de quién nos rodeamos. Deberíamos hacernos algunas preguntas:

  •  ¿De quién me rodeo a propósito? ¿Quiero amar bien a mi cónyuge e hijos? ¿Quiero amar bien a Dios y llevar una vida de virtudes heroicas? Si es así, ¿con quién paso mi tiempo? ¿Con quién pasamos nuestro tiempo como familia? ¿Son personas que están amando bien a sus cónyuges, a sus hijos y a Dios? ¿Están intentando vivir vidas de virtudes heroicas?
  • ¿Les pido a estas personas que recen por mí y mi familia y, a cambio, ofrezco yo oraciones por ellos?
  • ¿Soy lo suficientemente humilde para ver mis defectos, reconocer las fortalezas que tienen los demás y hacerles la simple pregunta de "¿cómo lo haces?"
  • ¿Cómo animo a mis amigos a vivir una vida en virtud? ¿Soy un buen ejemplo con la forma con la que amo a mi cónyuge e hijos? Después de todo, en la verdadera amistad, dar y recibir es recíproco, no es unidireccional.
  • Si en mi vida me faltan verdaderas amistades católicas, ¿qué cosas puedo hacer para tenerlas? ¿He considerado buscar mi lugar en una parroquia? Echa un vistazo a la vida de tu parroquia, así como a movimientos diocesanos para tener la oportunidad de comenzar a construir tales relaciones.

Nuestro Señor es tan bueno que nos da el ejemplo de los santos, nuestros sacerdotes y otros religiosos, así como ponentes y autores católicos. Y nos da amistades reales y santas que estamos llamados a vivir como “el hierro se afila con el hierro” (Proverbios 27:17). Así que pídele al Señor que te dé estas amistades si no las tienes, y si ya has sido bendecido de esta manera, pídele que continúe fortaleciendo y construyendo las amistades que te ha regalado.

Mónica Martínez

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