Viernes, 04 Marzo 2022 00:00

Beato Franz Jägerstätter: un epistolario 2/2

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Segunda parte de la serie de articulos dedicada a profundizar en la vida del Beato Franz Jägerstätter por medio de su epistolario. (Para leer la primera parte pincha aqui.)

Tras su regreso en abril de 1941 con la finalización del adiestramiento, no será hasta marzo de 1943 cuando Franz encarará los acontecimientos decisivos y definitivos. Tras meses en los que al matrimonio les llegan noticias del reclutamiento para el frente ruso de más y más tropas, sin importar las cargas familiares que sostienen, saben que el momento de pronunciarse sobre su condena al régimen nazi, por anticristiano, inevitablemente va a llegar, y que con casi toda probabilidad le acarreará la muerte.

En febrero de 1943, Franz recibe la orden de reclutamiento para el frente; tras esto, se presenta debidamente a filas en el cuartel de Linz, pero se niega a jurar lealtad al Führer. Inmediatamente es arrestado y se abre un proceso militar contra él. Es en este momento cuando Franz se vuelve más consciente del destino que le espera, y existen escritos de esta época en prisión que atestiguan su compromiso. Sin embargo, las cartas empiezan a espaciarse, ya que el permiso para comunicarse se restringe al estar Franz bajo arresto. Adjuntamos la primera carta que le hace llegar a su esposa tras presentarse a filas, antes de ser arrestado, y la respuesta de ésta:

De Franz a Franziska; Enns, 1 de marzo de 1943

¡Querida esposa!
Cálidos cariños una vez más. Hoy me atreveré a dar este difícil paso. Ayer y esta mañana, salvo el tiempo que he estado en la iglesia, he estado con la familia Krenn. Me habría quedado en casa una semana más con tal de haber asistido a cuantas más Misas mejor. Si no tuviese amigos en Enns, habría sido más fácil. No les he dicho nada de lo que tengo intención de hacer. […] No me habrían entendido. No desesperes. Aunque uno hable con espíritu de penitencia y renuncia, no puede esperar recibir mucha comprensión. […]

Queridísima esposa, te agradezco una vez más todo el amor, fidelidad y sacrificio que has mostrado, hacia mí y hacia nuestra familia – y que continuas haciendo. Va a ser un gran sacrificio no tener a nadie con quien enfadarte, alguien que tal vez también se pueda enfadar contigo y hacerte daño. El amor lo requiere, siempre como esfuerzo hacia la perfección. Será más sencillo para ti. Al menos sabes en quién puedes enjugar tus penas, en Aquél que puede entenderte y ayudarte. Incluso Cristo rezó en el Monte de los Olivos a nuestro Padre. Hubiera permitido que pasase de Él la copa del sufrimiento, pero nunca debemos olvidar su petición: Señor, que no se haga mi voluntad sino la Tuya (Mc 14:36). Sigue ayudando a los pobres tanto como puedas. Cuida de las niñas y de tu padre. No te enfades con mi madre aunque a veces no nos entienda. Si es la voluntad del Señor que no te vea más en este mundo, espero que podamos vernos pronto en el Cielo.

Cariños a las niñas. Háblales a menudo del Niño Jesús y del Cielo. [...] Sed una familia que se ama y se perdona; y que venga lo que venga. Perdonad a todos con prontitud, incluido a mí si sufrís por mi causa. Estad bien. Nos vemos pronto.

Cálidos cariños de vuestro esposo, hijo, padre y yerno.
Franz.
*

De Franziska a Franz; St. Radegund, 7 de marzo de 1943

¡Queridísimo esposo!
Recibí encantada ayer tu carta. Han pasado casi dos años desde la última vez que tuve que escribirte una carta. Por entonces me pesaba que no pudieras estar en casa con nosotros; pero tenía la anticipación de volver a vernos durante tu permiso. Sin embargo, escribirte ahora en la situación actual me llena de una terrible tristeza.

Es seguro que nuestro querido Dios y Su Madre Celestial no librarán del sufrimiento ni siquiera a aquellos puros y libres de pecado. Así que nosotros, hombres pecadores, no debemos quejarnos cuando el sufrimiento que nos manda el Señor se vuelve más grande. No debemos rechazarlo, sino confiar en Dios. Él guiará todo al mayor bien para que alcancemos el Cielo. Haremos la voluntad del Señor aunque nos traiga tristeza. Haremos la voluntad del Señor aunque no la entendamos.

Todavía tenía la pequeña esperanza de que cambiarías de decisión durante tu viaje [a Enns] porque tienes compasión por mí y [sabes que] no puedo [dejar de ser así]. Rezaré a nuestra querida Madre de Dios que te traiga de vuelta a casa, si es la voluntad del Señor. Tus tres chicas están siempre preguntando por ti. La pequeña Loisi pregunta con inocencia «¿cuándo va a volver papá a casa?». Asume como obvio que vas a volver pronto y traerás salchichas. Las otras dos mayores entienden un poco mejor que no puedes volver pronto del ejército. Maridl siempre reza [por ti]. Rosl incluso hace pequeños sacrificios al Niño Jesús para que nuestro Padre te traiga de vuelta a casa. Algunas veces no come carne (y ya sabes cuánto le gusta la carne). Para ella es un gran logro. […] Rosi también está preocupada por ti. Quiere saber todo lo que has escrito en la carta que mandaste. Aún no les hemos dicho a las niñas que estás preso. […] Sólo le he hablado al sacerdote de tu situación. […]

Hoy me he acordado de ti con tristeza. Es la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. […] ¿Cómo estás espiritualmente? ¿Sientes consuelo? […] No debes preocuparte, por aquí todo va bien. […]

Termino mi carta con cálidos cariños de tu querida esposa, Fani.

Muchos saludos de tu madre, Resi, y tus tres primuras. Que el Señor te proteja. ¡Nos vemos pronto! Rezo constantemente por ti.

*

En el transcurso de su encarcelamiento, Franz y Franziska celebran su 7º aniversario de bodas. Tras casarse, visitaron Roma en su viaje de novios, para venerar las tumbas de los santos mártires de los primeros cristianos, y se hicieron la promesa de regresar cada diez años. Recogemos aquí el lamento de Franz, pero también el sincero agradecimiento a su mujer por el tiempo pasado juntos:

De Franz a Franziska; Linz, 9 de abril de 1943

¡Saludos y cariños en Dios, mi queridísima esposa!
Por encima de todo, mi agradecimiento más profundo por las tres cartas que he recibido durante esta semana con gran alegría. A pesar de todo el trabajo que tienes, sigues preocupada por darle descanso a tu marido, algo que tal vez no merezca. […]

Queridísima esposa, hace ya siete años que nos prometimos el uno al otro amor y fidelidad ante Dios y el sacerdote, y creo que hemos guardado fielmente la promesa. Es más, creo que Dios todavía nos otorga su gracia, aunque vivamos separados, para que podamos ser fieles a esta promesa hasta el final de nuestras vidas. Cuando miro hacia atrás y veo la fortuna y las gracias que se nos han dado durante estos siete años, veo que muchas de ellas rozan el milagro. Si alguien me dijese que no existe Dios o que Dios no nos ama, y si llegase a creerlo, no podría explicar todo lo que me ha pasado.

Queridísima esposa, si nos vemos angustiados por el futuro, no debemos olvidar que Dios nos ha sostenido y favorecido y no nos abandonará, y no debemos fatigarnos en nuestra lucha por el Cielo. Entonces nuestra buena fortuna continuará en la eternidad. Mientras me hallo tras los muros de la prisión, creo que puedo agrandar y construir más sobre tu amor y fidelidad. Y si soy arrebatado de la vida antes que tú, mira más allá de mi tumba y ve que no estuve aquí como un criminal.

Me llena de gozo saber que asistes a la Santa Misa celebrada por nosotros. Sé que has tenido un pensamiento para mí hoy. Tu marido te ama con ternura. De hecho, si los humanos se renovasen cada siete años, ¡tendrías hoy un marido nuevo! […]

Mis queridas hijas, gracias por las violetas que me mandasteis. Ya veo que no os olvidáis de vuestro padre, quien tampoco os olvida y desearía estar con vosotras. Sin embargo, nuestro Padre del Cielo lo ha querido de otro modo. Esperemos vernos en el Cielo si os portáis bien.

Queridas hijas, debemos dar gracias a Dios porque me ha mandado una buena mujer y una buena madre para vosotras. Quered siempre a vuestra madre, y hacedlo siéndole obedientes. […] Hay muchos niños que no tiene padre ni madre, o no tienen una madre tan buena como vosotras. Por ahora no podéis salir fuera con los pies descalzos […] Pronto hará más calor. Cariños de vuestro padre, que piensa continuamente en vosotras. […]
*


Durante estos meses, se suceden los procesos judiciales y las entrevistas con el abogado que se le asigna. En la etapa final, es trasladado a Berlín para la última vista y escuchar su veredicto. Franz es condenado a muerte por un tribunal militar el 6 de julio de 1943. Dos días después, escribe esta carta a su mujer:

De Franz a Franziska; Tegel, 8 de julio de 1943

¡Cariños y saludos en Dios, mi queridísima esposa y madre, y también a mis queridas hijas!
Finalmente llega el día en el que puedo escribiros unas palabras. Ante todo, mis más profundas gracias por vuestras cartas, que he recibido con gran gozo y que siempre espero. Muchas gracias también por las encantadoras fotografías que me han alegrado, y también me han hecho llorar. Ya no reconozco a Loisie. […] Sería un placer poder disfrutar de tan afortunada familia durante los pocos días de nuestra vida. Sin embargo, si el Señor ha escogido otra cosa para nosotros, también será bueno.

Es un placer poder sufrir por Jesús y por nuestra fe. Tenemos la gran esperanza de que los pocos días de esta vida en que hemos estado separados serán recompensados con miles de días en la eternidad, donde gozaremos de Dios y nuestra Madre Celestial en ininterrumpida gracia. Tan sólo permaneciendo en el amor de Dios cuando las dificultades sacudan nuestra fe. No sabemos en esta vida si se habla de nosotros cuando se dice que los más justos se salvarán.

Estoy muy agradecido por la comida excelentemente cocinada de mi querida mujer, que recibí en Pentecostés. […] Sé de tu amor, y que estás preocupada por mí; pero creo que no está siendo tan duro como pensáis. […]

Querida esposa y madre, temo que todo el trabajo de este verano os haya debilitado. Sé cuánto trabajo hay en casa cuando se hacen bien las cosas. […] Querida madre, gracias por tus palabras. Espero que no sigas enfadada conmigo por mi desobediencia. También te pido que no te preocupes por mi bienestar físico. Si algo malo fuera a suceder, no importaría. El Señor no me mandará más de lo que pueda soportar. […]

Sé que todos queréis saber si mi futuro se ha decidido. Por favor, os pido que esperéis a mi siguiente carta. Espero poder decir más sobre la decisión final.

Querida esposa, durante mucho tiempo he sido muy afortunado. No guardes ningún pesar por mí. No me olvides en tus oraciones así como yo no me olvido de ti. Recuérdame especialmente durante el Santo Sacrificio de la Misa. Un sacerdote me visitó ayer, y volverá el martes con el Santísimo Sacramento. Dios no nos abandona aquí.

Cariños de tu esposo, Franz, que siempre está pensando en ti con amor. También, recuerdos a ti, querida madre, y a mis suegros y Resie. Saludos a todos los que me mandan recuerdos […], así como a nuestros vecinos y amigos.

También cariños a mis queridas pequeñas. Vuestras fotografías me han alegrado mucho. Habría sido mucho mejor poder habernos visto en persona. Que no os duela si vuestro padre no va a contaros historias. Hay hoy muchos niños cuyos padres no pueden ni nunca podrán volver con ellos. Me llena de alegría saber que, como dice vuestra madre, siempre estáis rezando.[...] En el Domingo del Corpus Christi, pensé en vosotras durante todo el día. Me habría encantado veros con las guirnaldas en vuestras cabezas.

Desde lejos vuestro padre os manda cariños. ¡Nos vemos pronto!
*

El 13 de julio, Franziska, acompañada del abogado defensor y del sacerdote de St. Radegund, visita a Franz desconociéndolo éste. Durante la visita, se le propone por última vez a Franz que firme un juramento donde acepta servir en el ejército alemán para tratar de revertir la condena ya dictada. Franz, contrariado, se reafirma en su decisión y explica por última vez sus razones al sacerdote y al abogado. La reunión transcurre con algo de tensión entre ellos, y tras veinte minutos, Franz es devuelto a su celda. Ésta será la última vez que vea a su mujer.

Finalmente, Franz será ejecutado el 9 de agosto de 1943. Queremos terminar este testimonio, indigno resumen de la brillante santidad y amor que rezuman todo el conjunto de sus escritos, con las últimas dos cartas que le envió a su mujer, una el día anterior y otra en el mismo patíbulo, el día de su ejecución.

De Franz a Franziska; Tegel, 8 de agosto de 1943


¡Queridísima esposa y todos mis allegados!
Antes que nada, recibe mi más sinceros afectos. Y mi más sincero agradecimiento por tus cartas, por las cartas del 13 y 25 de julio, que he recibido con alegría. Espero que hayas recibido mi carta del mes pasado.

Queridísma esposa, una vez más has hecho un gran sacrificio [viniendo hasta aquí]. Mañana hará cuatro semanas desde que nos vimos. Te habría ahorrado mucho sufrimiento si mi abogado defensor no te hubiese escrito. Todavía no he recibido ningún informe que confirme mi sentencia de muerte. Debes ofrecer a Dios tu esfuerzo [viniendo aquí], que de otro modo no habría sucedido [si el abogado defensor no te hubiera contactado]. Ten por seguro que he recibido con alegría nuestra reunión, pero no por el hecho de que hayas tenido que hacer tal sacrificio. Me dolió que nuestra charla fuese tan breve. No estoy enfadado con el sacerdote. Le he pedido disculpas por todas las palabras innecesarias que le dije, que quizá le doliesen y sólo me causan arrepentimiento. No quiero provocar dolor con mis palabras, así como tampoco quería el sacerdote con las suyas.

Quería ahorrarte este sufrimiento que has padecido por mí. Sin embargo, ya conoces las palabras de Cristo: «Quien venga a mí y no aborrezca a padre y madre, mujer e hijos, hermanos y hermanas, incluso a la vida misma, no puede ser mi discípulo».

¡Cuánto dolor le causaría a Cristo el sufrimiento que le produjo a Su Madre, que no es siquiera comparable al nuestro! Y Jesús pasó por todo esto sólo por amor por nosotros, pecadores. ¿Crees que me iría bien si mintiese sólo para prolongar mi vida? Sentí tu dolor en tus palabras, sobre mi pecado contra el Cuarto Mandamiento. No sabemos cómo serán nuestros últimos momentos. Ni tampoco sabemos qué luchas deberemos atravesar. Puedes estar segura, en cualquier caso, de que tengo una gran fe en la misericordia de Dios, que mi Salvador – no habiéndome abandonado hasta ahora – no me abandonará en los últimos momentos. Nuestra Madre Celestial tampoco lo hará tras no pocos Avemarías; dalo por hecho. Queridísima esposa, ten en cuenta lo que Jesús prometió a aquellos que se compromenten con los Nueve Primeros Viernes. El Día del Juicio, si no antes, se desvelará el sentido de tanto sufrimiento que hoy padece la gente. Desde mi corazón, te pido perdón, y a todo el mundo, si algunas de estas palabras no te son agradables. ¿Acaso nuestro Salvador no le daba importancia a todo? ¿Y es que estamos exentos de sus mandatos? Las riquezas de la eternidad no serán menores porque sea difamado por muchos. Lo primordial es que el Señor no se avergüence de mí por toda la eternidad.

El Señor nuestro Dios quiere venir a nosotros en la última hora, no como Juez sino como Redentor. No te ofusques con las cosas mundanas. El Señor sabe qué necesitamos, en tanto que somos peregrinos en este mundo. Porque todo es tan cambiante y tan distinto de como nos gustaría, sabemos aquello que podemos expiar en este mundo. En la otra vida no necesitaremos sufrir. Y cuanto más sufrimiento aquí, mayor gloria allí. He recibido una carta muy reconfortante de mi amigo Bayer, lo que agradezco profundamente. Por favor, mándale recuerdos. Es muy posible que sea llamado a la eternidad antes que yo. ¿Cuántos más habrán partido ya?
*

De Franz a Franziska; Brandeburgo, 9 de agosto de 1943

¡Saludos en Dios! ¡Mi queridísima esposa! ¡Y todos mis allegados!
[…] Hoy hace cuatro semanas que nos vimos el uno al otro por última vez en este mundo. Esta mañana, aproximadamente a las 5:30, he tenido que vestirme, pues me esperaba un coche. He ido con otros prisioneros condenados de Tegel a Brandeburgo. No sabemos qué será de nosotros. A mediodía alguien me dijo que el veredicto será confirmado a las 2:00 p.m., y que será ejecutado a las 4:00 p.m.

Quiero escribiros unas pocas palabras de despedida. Queridísima esposa y madre, estoy profundamente agradecido por todo lo que habéis hecho por mí en mi vida, por todo el amor y los sacrificios que me habéis mostrado. Os pido una vez más que me perdonéis por todo el dolor y sufrimiento que os haya podido causar. Tened por seguro que yo ya os he perdonado todo. Le pido a todo aquél que alguna vez haya herido que me perdone. […] Perdono a todo el mundo de corazón. Que Dios acepte mi vida como un ofrecimiento indigno, no sólo por mis pecados, sino por los de otros también. Queridísima esposa y madre, no me ha sido posible libraros a ambas de las penas que habéis sufrido por mí. […]

Dale recuerdos y cariños a mis queridas hijas. Si pronto estoy en el Cielo, pediré al Señor caritativo que prepare un sitio para todos vosotros. En las últimas semanas he rezado mucho a nuestra Madre Celestial que si es la voluntad del Señor que muera pronto, pueda celebrar la festividad de la Asunción de la Virgen en el Cielo.
[…]
Y a todos mis queridos, que estéis bien. No me olvidéis en vuestras oraciones. Guardad los Mandamientos, ¡y nos veremos pronto en el Cielo! Recuerdos a mi ahijado. Cariños a todos antes de este último viaje de vuestro marido, hijo, padre, yerno y cuñado.

«Que el corazón de Jesús, el de María y el mío sean uno unidos por toda la eternidad. ¡María, por tu Hijo ámanos, danos tus bendiciones!»
*


Carta escrita por Franz el 9 de agosto de 1943 en el patíbulo, antes de ser ejecutado.

Escribo ahora unas pocas palabras tal y como salen de mi corazón. Aunque las escribo con mis manos encadenadas, es mucho mejor que si mi voluntad lo estuviera. En ocasiones Dios muestra Su poder, que desea dar a los hombres que le aman y no anteponen lo mundano a lo eterno. Cárcel, cadenas o muerte no son capaces de separarnos del amor de Dios, de arrebatarnos la fe y la voluntad. El poder de Dios es invencible.«Obedece y sométete a la autoridad». Estas palabras vuelan desde todas partes, especialmente desde aquellos que no creen nada de lo que se recoge en la Sagrada Escritura y que Dios nos insta a creer. Si alguien diese crédito a lo que esa gente dice, asumiría entonces que el Cielo es de hecho este mundo. En lugar de preocuparse de librarme del pecado grave y dirigirme a la vida eterna, esa gente se preocuparía de rescatarme de la muerte terrenal.

Siempre buscan herir mi conciencia legando mi responsabilidad para con mi mujer y mis hijas. ¿Es que es una acción moralmente mejor si quien la hace está casado o tiene hijos? ¿O es acaso mejor o peor porque cientos de católicos lo hagan? ¿Puede permitirse alguien mentir en un juramento porque tiene mujer e hijas? ¿No dijo el mismo Cristo que quien ame a su mujer, madre e hijos antes que a mí no es digno de mí? ¿Con qué derecho le pedimos a Dios los Siete Dones del Espíritu Santo si deberíamos plegarnos con ciega obediencia en cualquier caso? ¿Con qué propósito creó Dios a los hombres con inteligencia y libre albedrío si no es cosa nuestra – como muchos dicen hoy – juzgar si esta guerra, que encabeza Alemania, es justa o injusta? ¿Para qué alguien necesitaría reconocer la diferencia entre el bien y el mal?

Creo que sólo puede uno ser ciegamente obediente cuando esté seguro de que no hiere a nadie. Si la gente fuese totalmente honesta – como algunos Católicos creo que son – deberían decir «sí, sé que los actos que me piden que haga no son moralmente buenos, pero no estoy preparado para morir».

Si Dios no me hubiera concedido la gracia y el poder de morir por mi fe – si esto es lo que se me pide –, estaría haciendo lo mismo que la mayoría. Dios puede dar tanta gracia como Quiera. Si otros hombres y mujeres han recibido tanta como yo, quizás hayan hecho mucho más bien que yo. Mucha gente tiene la opinión de que sufren y dan la vida por su fe cuando [el partido Nacionalsocialista] les piden que rechacen a la Iglesia Católica. Pero me atrevo a decir abiertamente que la gente muere por su fe sólo cuando están listos para sufrir y morir antes que ofender a Dios con el más minúsculo de los pecados. Esa gente que está dispuesta a morir antes que ofender a Dios con un pequeño pecado escogido libremente ganan más méritos que aquellos que renuncian a la Iglesia Católica cuando se les exige. Un santo dijo una vez que si alguien fuese capaz de eliminar el Infierno diciendo una pequeña mentira, ésta no debería decirse porque ofendería a Dios haciéndolo.

Algo visto como claramente ridículo en el siglo XIX es ahora lo que la gente piensa y dice de forma habitual. Hemos cambiado en muchos aspectos, de hecho, pero Dios no ha retirado ni una coma de Sus Mandamientos. ¿Por qué querría alguien posponer la muerte, incluso un poco nada más, si sabe que en cualquier caso va a suceder? ¿Acaso lo hicieron nuestros santos? Lo dudo mucho. ¿O es que dudamos de la misericordia de Dios y vemos el Infierno esperando frente a nosotros? Seguramente merecería el Infierno por mis numerosos y graves pecados. Pero Cristo vino al mundo no a por los justos sino para buscar a los que están perdidos. Por tanto, los pecadores no deben dudar de la misericordia de Dios. Durante Su Pasión, Cristo nos enseñó el amor de Dios en su alcance al buen ladrón. ¿Podría la gente tener quince minutos de calma en su vida si pensasen que Dios nuestro Señor no les perdonará y que no les queda más que vagar por la eternidad infernal? ¿No serían estas ideas motivo para que dudasen de la vida después de la muerte o concebir el Infierno como un lugar de disfrute donde siempre hay alegría?

Si un buen amigo nos prometiese un bonito y largo viaje de vacaciones – por supuesto gratis y en primera clase –, ¿pospondríamos indefinidamente el viaje o lo reservaríamos para nuestra vejez? Lo dudo mucho. ¿Qué pasa entonces con la muerte? ¿No tenemos acaso un largo viaje que recorrer del que no podemos regresar? ¿No podría verse con una mejor perspectiva que la terrenal el saber que afortunadamente podemos alcanzar la orilla celestial?

Por supuesto, no debemos olvidar que antes de llegar al Cielo debemos purificarnos en el fuego del Purgatorio. Pero este proceso no será para siempre. Y aquellos que en esta vida se han preocupado de asistir a las pobres almas del Purgatorio y ofrecer la apropiada veneración a la Madre de Dios, pueden estar seguros de que no necesitarán estar mucho en el Purgatorio.

Puede quedar uno un poco aturdido si se pone a pensar en las alegrías eternas del Cielo. Somos afortunados cuando experimentamos algo de alegría en este mundo. Pero ¿qué son esos escasos momentos de alegría mundana en comparación con lo que Jesús nos prometió en Su Reino? Nadie ha visto ni oído ni sentido lo que Dios ha preparado para aquellos que le aman. San Agustín quiso una vez escribir sobre las alegrías del Cielo, cuando San Jerónimo – que acababa de fallecer – se le apareció y le dijo: «así cuanto cabe en tu mano de todo lo que hay en el mundo, así es tu capacidad de expresar en este libro la gloria del Cielo; no estás en el lugar al que buscas llegar».

Si la gloria celestial es tan grande, ¿no deberíamos despreciar todos los placeres del mundo?

Roguemos por su intercesión, para que su fortaleza y su amor puro inunde nuestras familias y las santifique, siempre al servicio de Cristo y su Iglesia, para su mayor Gloria.

Beatus Franz Jägerstätter, ora pro nobis.

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