Viernes, 20 Marzo 2015 01:00

El viaje que cambio mi vida

Escrito por

Julio 2004 Aeropuerto de Barajas en Madrid:

María José, mi mujer, mis hijos mayores Ignacio e Itziar, de 8 y 10 años respectivamente, y yo íbamos a Medjugorje con los Grupos de Oración del Corazón de Jesús. El Padre Rojas dirigía la peregrinación.

Medjugorje está situado en la parte sur occidental de Bosnia y Herzegovina. Esta zona formó parte de la antigua Yugoslavia donde tuvo lugar la espantosa guerra de los Balcanes entre serbios, bosnios y croatas durante los años 90.

Nos habían hablado mucho de las apariciones de la Virgen y de su presencia en ese pueblo desde 1981 y habíamos leído muchos de sus mensajes. El grupo era muy heterogéneo: sacerdote, seminarista, casados, solteros, niños y hasta una embarazada, ¡mi mujer viajaba embarazada de siete meses de nuestra hija Maravillas! Pero para todos, la protagonista del viaje era María.

Volamos desde Madrid a Sarajevo. Recuerdo mirar por la ventanilla y ver los Alpes con sus majestuosas cumbres y pensar: qué bonito es todo lo que Dios ha creado. Al llegar, en el aeropuerto, nos esperaba una guía local. Era una chica joven, llena de entusiasmo con unos ojos claros, llenos de vida y luz, que irradiaban ilusión. Nos acompañó en el autobús que tenía que llevarnos hasta Medjugorje y nos habló de su vivencia personal de la fe y de su relación con la Gospa (así llaman a la Virgen María allí).

El primer lugar donde celebramos Misa fue en Tijalina, a 30 Km. de Medjugorje. En esa iglesia es donde se encuentra la imagen que siempre asociamos con Medjugorje. Es grandísima, no sé decir si el doble del tamaño de una persona, y está colocada en el borde del presbiterio por lo que puedes acercarte, pegarte a Ella y abrazarla, si quieres. Sería imponente, si no fuera por lo guapísima que es y, sobre todo, por su ojos, de un azul verdoso, tan dulces. Yo me quedé pensativo mirándolos, estaban vivos y llenos de amor para mí.

A partir de ese momento, la peregrinación dio un giro: me empecé a encontrar físicamente muy mal. Primero una gastroenteritis, luego un resfriado muy grande y, después, un dolor en los riñones, que no me permitía recostarme. No podía más y ¡era el primer día!

Yo me fijé en mi amiga María del Mar, su alegría y el ánimo que tenía (ella era una conversa de Medjugorje y apóstol incondicional del lugar) me dieron fuerzas y decidí apuntarme como el primero a todas las actividades. En el grupo también estaba otra gran amiga, Rosa, que como médico me ayudó mucho.

El ambiente que había era increíble, en todas las ceremonias se “tocaba” el cariño reverencial (esto lo hemos perdido en occidente donde parece que el amor y el respeto son incompatibles) con el que se trataba a Jesús y a la Virgen.

Pasaban los días y, aunque me encontraba fatal, tenía el deseo de encontrarme con la Virgen y sentir su amor a pesar de mis dolores y malestar. El día 5 de Agosto se celebraba allí el cumpleaños de la Virgen y los videntes anunciaron que, de madrugada, la Virgen hablaría en la cima del monte Krizevak (monte de la Cruz). Subimos muchos andando por su ladera de piedras, a oscuras, de noche cerrada, en algunos momentos a”cuatro patas” para no perder el equilibrio. Arriba rezamos de rodillas. Yo no vi nada ni escuché nada ni sentí nada.

No recuerdo la hora, pero ese día se celebró una Misa solemne en honor a la Virgen. Antes de que empezara el P. Jesús, entonces seminarista, me dijo que, en el momento de la consagración, le pidiera a Ella todo lo que nos hiciera falta. Lo hice y con tanta intensidad que, aunque exteriormente no sucedió nada, sentí el amor tan grande de Nuestra Madre.

Al día siguiente, 6 de agosto, salimos hacia el aeropuerto de Sarajevo para volar de vuelta a Madrid. Habíamos comprado dos imágenes de la Virgen una de madera y otra de escayola, que nos obligaron a facturar por el peso. Cuando la recogimos al llegar, habían roto, a propósito, la base y uno de los dedos de la mano, como para comprobar que no transportábamos nada en su interior.

Al cabo del tiempo, con el paso de los meses, me di cuenta lo que había significado este viaje en mi vida. La Virgen sufría por mí y yo tenía que sufrir por Ella, pero sabiendo que estaría conmigo hasta el final, en los momentos buenos y en los malos.

Aún hoy se me escapan las lágrimas al recordar el viaje que me cambió la vida.

Mi nombre es Juanjo soy abogado de profesión. Estoy casado con Mª José y tenemos 7 hijos y... dos perros. Cuando me hablaron de este proyecto rápidamente me vino a la cabeza la idea: solo puedo dar lo que llevo en el corazón, un gran amor por mi Madre, la Virgen. Ella me ha acompañado a lo largo de mis 54 años y sigue estando conmigo día a día. Eso es lo que quiero compartir con vosotros, con su ayuda, por supuesto.