Miércoles, 22 Abril 2015 00:00

Nuestra mascota Porto

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Cuando tenía seis años, mi abuelo Juan Antonio empezó a llevarme al campo a cazar. De tal modo se me metió “el gusanillo” en el cuerpo que, después de cincuenta años, sigo yendo a cazar acompañado ahora de algunos de mis hijos, especialmente de Ignacio y Pablo.

No sé si llamarlo afición, pasión o deporte, el caso es que siempre que he podido he salido a cazar. Por eso, cuando conocí a Mª José, mi mujer, se lo dejé muy claro. Habíamos quedado para dar un paseo por el parque del Retiro en Madrid y yo me había llevado a mi perra, Katy, para ver cómo reaccionaba ella. Mientras acariciaba a la perrita le solté:
- “Te gustan los perros, ¿no?”
Ella me miró sin entender del todo la preguntita y yo continué:
- “Porque yo siempre voy a tener perro.”
Mª José siguió tan tranquila acariciando a Katy, así que ambos entendimos que no había problema.

Pasó el tiempo, nos casamos, Katy murió y llegó Chispo, luego vino Dartañán, un spagneul bretón hecho de puro nervio. Mª José se mantuvo fiel al compromiso de tener un perro en casa, aunque ya teníamos hijos, uno, dos, tres, cuatro y cinco. Y cuando Pablo, el quinto, tenía como un año, se me ocurrió la idea de traer un segundo perro a casa: Portos, un pachón navarro, noble y tranquilo. Mª José se negó en rotundo… hasta que la rodearon los cinco niños llorando y prometiéndole que cuidarían de él.

Era el 23 de octubre de 2003, primer día de caza de la temporada y mi cumpleaños. Monté en el coche a Dartañán y Portos y salimos para Santa Cruz de la Zarza, Toledo, para probar suerte y ver si cobrábamos alguna perdiz. LLovía mucho y el terreno estaba totalmente enfangado. Al llegar me quedé atascado en medio del campo. Solté a los perros y llamé a mi amigo Isaac para que viniera a ayudarme. De pronto me di cuenta de que no estaba Portos. La angustia me corrió por el cuerpo. El cachorro tenía solo seis meses, el terreno estaba lleno de vides, que estaban muy crecidas. Lo más fácil era que se perdiera o que me lo robaran. Llamé a casa y pedí que rezaran para que apareciera el perro. Durante horas lo busqué dando vueltas con el coche de Isaac y finalmente avisé a la Guardia Civil de la pérdida.

porto

Había salido el sol y el campo se había secado tan rápido como se había encharcado con la lluvia esa mañana. Fuimos entonces a intentar mover mi coche. Cuando estábamos a unos doscientos metros vimos a Portos sentado y esperándonos.

Al llegar a casa, con Dartañán y Portos, Mª José me contó cómo se habían reunido todos a rezar el rosario a la Virgen pidiéndole, con lágrimas incluidas, que apareciera su perrito.
El rosario rezado en familia es un arma muy poderosa para pedir a Dios, por medio de Nuestra Madre, por nuestras necesidades espirituales y materiales y nunca falla.

Por cierto, Dartañán y Portos siguen con nosotros, aunque están muy mayores y tienen “muchos achaques”.

Mi nombre es Juanjo soy abogado de profesión. Estoy casado con Mª José y tenemos 7 hijos y... dos perros. Cuando me hablaron de este proyecto rápidamente me vino a la cabeza la idea: solo puedo dar lo que llevo en el corazón, un gran amor por mi Madre, la Virgen. Ella me ha acompañado a lo largo de mis 54 años y sigue estando conmigo día a día. Eso es lo que quiero compartir con vosotros, con su ayuda, por supuesto.