Lunes, 25 Mayo 2015 00:00

La revelación de los orígenes del menor

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Los padres adoptivos solemos decir que nuestros hijos son niños completamente normales, pero que vienen con una “mochila” que hay que sobrellevar bien para que no se convierta en una pesadísima carga. Esta mochila es el hecho de que son hijos acogidos, que no han sido concebidos por nosotros y que, en muchos casos, han sido abandonados.

Creo que hay que afrontar este hecho con valentía y sensatez. Atrás quedan viejas historias que todos hemos oído de hijos adoptados que han conocido su condición al ir a solicitar una partida de Bautismo para casarse. Además, con la adopción transnacional es imposible ocultar a nuestros hijos sus rasgos raciales definitorios. Hasta ahí podíamos llegar.

Nosotros hemos hablado con nuestra hija de su condición de adoptada desde mucho antes de que entendiera qué significaba el concepto. Creo que es lo mejor, porque el niño interioriza la idea con naturalidad. Además, yo soy partidaria de enfatizar el plus que supone ser adoptado, pues eres una mezcla de dos culturas distintas, algo muy enriquecedor. Mi hija dice ahora que es muy morruda porque es china y española, y además celebra dos cumpleaños, el de su nacimiento biológico y el del día que la abrazamos por primera vez. En casa nos encanta todo lo chino: la comida, la música, la cultura, el arte, incluso el complicadísimo idioma mandarín que nuestra hija estudia desde hace cinco años.

Sin embargo, habrá un día concreto, con una hora concreta y un minuto concreto, en que os tendréis que sentar con vuestro hijo a explicarle a fondo qué supone ser adoptado. Explicarle que para que haya podido estar con vosotros ha habido una historia previa de renuncia o abandono, de sentimientos encontrados, de miedo, de dolor. Habrá que hacérselo entender en la medida de su madurez y de su capacidad de comprensión. ¿Cuándo es el momento ideal? No lo sé. Yo pensaba que estaría rondando los 8 años y que lo provocaríamos nosotros. Pero no, se precipitó recién cumplidos los 6 porque vino a preguntarnos expresamente. ¡Y fue en el peor momento que os podéis imaginar!, pero hubo que dejarlo todo para atenderla. Los niños son así. Luego ha seguido preguntando según sus necesidades de conocimiento, muchas veces también en momentos inoportunos. Pero para tratar este tema hay que estar más disponible que nunca.

A nosotros nos ha ayudado mucho escribirle a nuestra hija un cuento sobre su adopción, donde le explicamos con un lenguaje sencillo cómo estábamos antes de ir a recogerla, las inquietudes que teníamos, la incertidumbre con la que vivimos el proceso, la ilusión con la que hicimos todos los preparativos y el apoyo permanente recibido por la familia. Ilustrado por su tía, le describimos después cómo fue nuestro viaje a China y lo felices que estábamos cuando regresamos con ella a España. El cuento se titula “Nuestra chinita del alma”, y la niña lo lleva al colegio cada 5 de marzo (aniversario de su adopción) para explicárselo a sus compañeras. El que ella misma pueda contar la historia a sus semejantes, es el mejor termómetro para confirmar que la está incorporando bien a su vida.

El proceso interno que desarrolla un menor para asimilar esta información solo lo conoce él. Yo trato de imaginármelo muchas veces poniéndome en la piel de mi hija, pero creo que hay que vivirlo para entenderlo. En el caso de la adopción internacional, además, se cuenta con tan pocos datos en los informes que nos dan, que no se facilita la aceptación. Mi hija me ha hecho muchas preguntas para las que no tengo respuesta. La información que dan a los padres adoptantes no solo es mínima, sino que dudo que sea verídica al 100%. Pero no hay que inventar nada: si se desconoce el motivo del abandono del menor, no debemos “matar” a la madre biológica en un acto de misericordia. Si no sabemos si nuestro hijo tiene hermanos, no hay que dar nada por supuesto. Si ignoramos las circunstancias que rodearon su nacimiento, no vamos a idealizar el momento. Sin duda la falta de información no ayuda a cerrar el duelo, pero es lo que tenemos y hay que afrontarlo con responsabilidad para evitar que el menor acabe fantaseando sobre la cuestión.

Otras cosas que podrían ocurrir, son las siguientes:

- Que nuestros hijos piensen que, puesto que no han nacido de nosotros, no han nacido de nadie. Esta afirmación me la planteó mi hija un día y tuve que aclarárselo bien.

- Que los niños nieguen que han sido adoptados porque preferirían haber nacido de nuestro vientre, y se contraríen por ello. Mi hija, incluso, ha llegado a decirme que quería jugar a que nacía de “mi barriga” (como dice ella), para lo cual, tumbadas en la cama, hemos escenificado en repetidas ocasiones la venida al mundo de la niña. Así se quedaba más tranquila. Yo, para consolarla, le digo que no ha nacido de mi vientre, sino de mi corazón, que es el órgano del que surge el amor.

Por todo esto, no debemos preocuparnos en exceso si nuestros hijos adoptados pasan una época (que puede ser larga) con llantos, malos comportamientos, signos de rebeldía, rencor u odio manifiesto hacia nosotros. Creo sinceramente que es parte del proceso de aceptación y maduración. Y pienso firmemente que pasará; solo hay que saber encauzarlo bien. Nosotros hemos animado a nuestra hija desde bien pequeña a manifestar sus sentimientos. Cuando se obstina en un comportamiento extraño con el que está queriendo manifestarme algo, le digo siempre: “dime lo que te pasa con palabras”. Siempre me ha funcionado. Hay que animarles a expresarse, a exteriorizar lo que sienten.

Así ellos notan también que nos importan y que estamos dispuestos a ayudarles. En este sentido, es fundamental observar al niño, y al menor indicio de algo raro, pedir ayuda a los servicios post-adoptivos, que son especialistas en el tema. Si te duele una muela no vas al zapatero, vas al dentista, ¿verdad? Nosotros ya hemos ido al psicólogo con nuestra hija en una ocasión y la experiencia ha sido estupenda. Cuando uno se ve sobrepasado, no hay por qué avergonzarse de pedir ayuda. Un consejo a tiempo puede evitar males mayores. Y con la educación de los hijos no hay que jugársela.

El “derecho” a conocer la filiación biológica

Si bien nuestro ordenamiento jurídico no recoge expresamente un derecho a conocer el propio origen biológico, sí hay preceptos constitucionales que podrían avalarlo de manera relativa: el derecho a la intimidad, a la dignidad humana o al libre desarrollo de la personalidad.

Dejando a un lado la cuestión jurídica, son numerosos los motivos que pueden mover a una persona a desear conocer su filiación: la simple y legítima curiosidad personal, razones de salud (descubrir rasgos genéticos), impedimentos para contraer matrimonio, la necesidad de obtener información para conformar la propia identidad personal, la exigencia de cerrar el duelo, la búsqueda de respuestas a inquietudes…

Mi opinión es que no hay que fomentar en nuestros hijos el deseo de conocer sus orígenes, pero hay que realizar un acompañamiento si manifiestan este anhelo. Si esto sucediera, habría que preparar bien a nuestro hijo, porque lo que pudiera encontrar quizás no se ajuste a lo que había imaginado. En el caso de la adopción internacional, además de la distancia geográfica, podría existir una barrera idiomática y cultural grande. También habría que tener en cuenta que la familia biológica pudiera no querer ser localizada, con lo cual el adoptado tendría que hacer frente a un segundo abandono en su vida.

Sea como fuere, la opción es personal y los padres debemos respetarla. En China ya hay un mediador, que yo conozca, que se ofrece para buscar familias de origen, y ya circula por internet el vídeo de algún encuentro entre padres e hijos biológicos.

También otra asociación ha visto un negocio en el asunto de la búsqueda de los orígenes, y organiza viajes al país para niños adoptados que incluyen la visita al orfanato, al lugar donde presumiblemente se encontró al menor, y el alojamiento en exactamente la misma habitación donde se hospedaron con los padres adoptivos.

Para finalizar, diré que si nuestros hijos adoptados deciden iniciar una búsqueda de sus orígenes, no significa que nos quieran menos o que vayamos a perderlos; debemos tener esta tranquilidad. Nosotros siempre seremos sus padres, pues la dedicación, el amor y el cuidado ofrecidos no podrán ser suplidos, en este caso, por los lazos de sangre.

Os emplazo el mes que viene a conocer una conmovedora historia real, la de la adopción de una joven valenciana que ha accedido a contestar a mis preguntas sobre su experiencia como niña adoptada, ¡os encantará leerla! 

Clara Martínez Gomariz es Licenciada en Derecho y Master en Dirección de Personal y Gestión de RRHH. Trabaja desde hace hace quince años en el sector de las telecomunicaciones. Soy Laica del Hogar de la Madre.
Casada desde 2001, es madre adoptiva de una niña china de ocho años de edad y se encuentra desde hace seis años en un segundo proceso de adopción en este mismo país. Es miembro de Andeni, Asociación Nacional en Defensa del Niño. Ha leído diversos libros y artículos sobre adopción y ha asistido a charlas sobre el tema. Además, se mantiene en contacto permanente con un grupo de familias españolas y americanas con menores adoptados en China.