Miércoles, 16 Septiembre 2015 00:00

El matrimonio es para la reproducción

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El matrimonio es una «estructura antropológica que naturalmente surge de la estructura del ser personal o, dicho en términos clásicos, de la naturaleza humana» (Domínguez 2007, 103).

Esta idea se enfrenta con la del matrimonio entendido como «una estructura legal producida por un modelo socio-económico e ideológico, dominante en un determinado momento histórico, para servicio y perpetuación de un muy concreto modelo de sociedad y de unos valores en sí mismos relativos y caducos» (Viladrich 2001, 29).

Entre ambas concepciones la diferencia no estriba en que, para la primera, el matrimonio es institución «natural» y para la segunda es sólo institución «legal» o convencional. La diferencia está en que, para la primera, el matrimonio es bueno y, para la segunda, malo. Es cierto que, para la segunda perspectiva, decir que el matrimonio es «malo» es una expresión inexacta, dado que esa posición suele ser solidaria con un rechazo de toda ética, concebida siempre, asimismo, como estructura de dominación. Sin embargo, creo que puede mantenerse que para ellos el matrimonio es «malo», puesto que «malo» quiere significar, en efecto, algo inadecuado y digno de rechazo.

Digamos, con otras palabras, que el matrimonio es, según la posición primera, «natural», y, para la segunda, «antinatural».

¿Por qué el matrimonio es bueno para los seres humanos? La respuesta esencial a esta pregunta es así de simple: porque es el medio para la reproducción de los hombres. Si no hay matrimonio, el hombre termina por desaparecer de la faz de la Tierra. El eje del matrimonio es la reproducción.

Es verdad que la reproducción humana puede realizarse, y de hecho se realiza a veces, fuera del matrimonio. Probablemente nunca dejará de haber reproducción extramatrimonial. Lo que se quiere expresar con aquella idea del matrimonio es que este, es decir, el nexo estable y monógamo de varón y mujer, es el cauce adecuado para la reproducción. De modo que, si se hace de otra manera, la reproducción humana se resiente o puede terminar.

El fundamento del matrimonio es nuestra realidad material y biológica. Porque somos materiales y vivientes precisamos reproducirnos. Los ángeles, como ni son materiales ni tienen biología corpórea, para nada precisan del matrimonio. Lo mismo que, para los bienaventurados en el Cielo, según la teología católica, incluso tras la resurrección de los cuerpos, ni habrá matrimonio ni reproducción: en ese estado, la biología habrá sido reformada.

Pero como esas dimensiones material y biológica se dan en el hombre a la vez y al servicio de la dimensión espiritual (o, si se quiere, racional y libre), el matrimonio no puede consistir en una estructura meramente material y biológica. Nuestro espíritu interviene hasta en el comer, y no nos limitamos en la alimentación a engullir de cualquier modo cualquier alimento. El plato y la cuchara son testimonio de que espiritualizamos una tarea biológica elemental.

Más todavía es precisa la integración de cuerpo y alma, de materia y espíritu, en la unión matrimonial. El matrimonio humanamente vivido no consiste en la pura realización de una función fisiológica de reproducción. No basta con el sexo y la ginecología (aunque a veces pueda el hombre limitarse a eso, porque quiere).

Este carácter complejo del ser humano trasmite su condición al matrimonio: una realidad humana compleja como pocas, quizás única.

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Algunas corrientes actuales de pensamiento, aunque precisamente para defender con mayor firmeza el matrimonio, han acudido a argumentos de un carácter más espiritual.

Es el caso, por ejemplo, de quienes sostienen que la base del matrimonio es la condición radicalmente abierta y relacional de la persona humana. Para estos autores, cuya intención es merecedora de aplauso, el matrimonio ha de ser defendido a partir de la consideración del ser personal del hombre. Según ellos, el hombre no es solamente hombre (y por «hombre» entienden: individuo de la especie humana), sino que es, más que nada, persona. Al decir que el hombre es persona lo que pretenden, ante todo, es justificar su carácter espiritual, superior al mundo material y libre. Porque piensan que una idea puramente científica de lo humano es insuficiente, y que la reflexión personalista, nacida en el siglo XX, es capaz de mostrar con claridad lo que el hombre tiene de distintivo y propio. Nada mejor, según ellos, para defender al ser humano, que el pensar en él como persona.

Pues bien, una limitación básica de este modo de ver al ser humano es que impide entender su complejidad con claridad. Me refiero a la condición a la vez material y espiritual del hombre, de la que antes se ha hablado.

El matrimonio no es una figura humanamente positiva porque derive de su estructura espiritual o personal. Lo es eminentemente, pero no exclusivamente. El matrimonio se refiere a una realidad muy nítidamente material o física, que es la reproducción. El hombre se casa y tiene hijos porque el ser humano precisa reproducirse para no extinguirse. Lo que sucede es que el ser humano, cuando se reproduce, compromete todo su ser, no sólo sus dimensiones materiales. Como cuando nos alimentamos.

Que toda la complejidad del ser humano es concernida por el matrimonio es lo que obliga a afirmar, junto con la tesis fundamental de la reproducción biológica, que ésta no puede ser «meramente» biológica. Sino que envuelve la dimensión relacional y libre de la persona humana.

Doctor en Filosofía. He sido profesor en la Universidad CEU San Pablo, la Universidad Eclesiástica San Dámaso y en la Universidad Internacional de la Rioja (UNIR). Profesor de enseñanza media, actualmente ejerzo la docencia en un Instituto de Educación Secundaria de Madrid. Casado y padre de cinco hijos. He publicado diversos trabajos científicos, especialmente de metafísica y antropología, y sobre la figura de Antonio Millán-Puelles. También participo en programas de radio y en periódicos de internet.