Miércoles, 30 Septiembre 2015 00:00

Soy distinto

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Hace unos meses mi hija Ziguo jugaba con los hijos pequeños de unos conocidos que viven en un pueblo donde la adopción transnacional es poco habitual.

En un momento determinado, mi hija vino corriendo donde me encontraba y, muy afectada, me dijo: “Mamá, no quiero seguir jugando con esos niños porque me han llamado china”. Entenderéis que lo de “china” lo remarcó enfáticamente con el tono y con el gesto, muy ofendida. En la ciudad donde vivimos nadie se mete con ella por su gentilicio, pero para estos niños sus rasgos físicos eran algo muy sorprendente, dado que nunca habían conocido a nadie procedente de su lejano país de oriente. Traté de tranquilizarla restándole importancia al asunto y haciéndole ver lo absurdo que sería intentar ofenderme a mí si alguien me llamara “española” en otro país.

Este acontecimiento quedaría en una simple anécdota infantil de no tener un trasfondo importante que me da pie a hablaros este mes de una realidad que subyace en las adopciones internacionales: la aparente falta de identidad de los niños adoptados.

Las primeras niñas chinas adoptadas en España tienen hoy 20 años, por lo que ya han pasado por la temida adolescencia. Gracias a ello contamos con su experiencia, que el director de cine salmantino David Gómez Rollán (hermano, a la sazón, de una niña china adoptada) ha querido plasmar en el documental Generación Mei Ming: miradas desde la adolescencia. La cinta permite conocer la vida actual de seis de estas jóvenes adoptadas a principios de los noventa, chicas absolutamente normales que residen en distintas ciudades españolas y que han crecido yendo al colegio, al instituto, con o sin hermanos, en busca de su identidad.  Una de ellas comenta: “Tenemos un plus de dificultad en comparación con los que no son adoptados. Nosotros pensamos en nuestros orígenes, en por qué nos abandonaron… son preguntas que alguien que no ha sido adoptado no se plantea”. Otra afirma: “De China tengo los ojos pero no tengo el idioma, y de España tengo el idioma pero no tengo los rasgos, así que soy rara en todas partes”.

Todas las chicas protagonistas de este documental desearon, en algún momento, parecerse al resto de niños españoles para no sentirse diferentes. Mi propia hija, con tan solo seis años, ya jugaba delante del espejo a redondearse con los dedos sus ojitos tremendamente rasgados: “Es para ver cómo sería si fuera como tú” –me decía.

Por ello creo que es importante la labor de los padres para conseguir que sus hijos mantengan una buena autoestima y se acepten. En este sentido, para mí es esencial exponer a nuestros hijos a su patrimonio cultural y étnico. La meta es que puedan identificarse con personas de su misma raza con naturalidad, valorando en tal medida su "patrimonio nacional" que deseen explorarlo y enriquecerse con él. Ya decían los griegos que ningún hombre ama a su ciudad porque sea importante, sino porque es suya.

De cualquier modo, la adopción transnacional es también una manera de difuminar estas fronteras raciales y crear un nexo entre culturas distintas. Esta mezcla cultural es una riqueza, porque en estos asuntos todo suma. Ser distinto no es ser peor, todos somos únicos e irrepetibles y Dios nos ama individualmente a cada uno manteniendo con nosotros una relación singular, personal, diferente a la de otros, totalmente privada y exclusiva.

La adolescencia es una época de búsqueda de respuestas a inquietudes vitales, como los propios orígenes. Y dado que en esta búsqueda los chicos adoptados tienen tan pocas respuestas, podrían surgir algunas manifestaciones de rebeldía, pero como podría suceder con cualquier otro adolescente que reflexione acerca de otros temas. En este sentido, Victoria Ruiz, pedagoga terapéutica de la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid, ha querido desmitificar esta etapa: “Todo adolescente cuestiona su entorno cercano y quiere tener un punto de vista distinto porque desea cambiar la sociedad. Hay que quitar hierro a la creencia de que la adolescencia es horrible para un niño adoptado. En ellos puede resultar una etapa más intensa porque traen su mochila, sus propias vivencias, y se dan cuenta de que no se parecen a sus padres, pero igual que los demás, que se lo cuestionan todo”.

Por ello será primordial que nuestros hijos adoptados se sientan queridos y respetados tal cual son, percibiéndose parte de la familia, como hijos. Solo así serán felices de verdad.

Y si la adolescencia es una época necesaria, inevitable, de búsqueda, se me ocurre que a nuestros hijos -biológicos y adoptados- habrá que ofrecerles modelos y aliados potentes que se posicionen en esa primera línea de batalla, cuando nos releguen en ella. Porque eso sucederá. Pensemos qué ejemplos podríamos presentarles para que tengan ideales altos, que les ayuden a luchar por lo que realmente merece la pena, que contribuyan a que no se sientan extraños en todas partes.

Clara Martínez Gomariz es Licenciada en Derecho y Master en Dirección de Personal y Gestión de RRHH. Trabaja desde hace hace quince años en el sector de las telecomunicaciones. Soy Laica del Hogar de la Madre.
Casada desde 2001, es madre adoptiva de una niña china de ocho años de edad y se encuentra desde hace seis años en un segundo proceso de adopción en este mismo país. Es miembro de Andeni, Asociación Nacional en Defensa del Niño. Ha leído diversos libros y artículos sobre adopción y ha asistido a charlas sobre el tema. Además, se mantiene en contacto permanente con un grupo de familias españolas y americanas con menores adoptados en China.