Jueves, 29 Octubre 2015 00:00

Formalizar el amor no es matrimonio

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En la canción Tal para cual, Luz Casal declara que su vida y la de su novio se han estropeado cuando se han casado. Se llevaban bien antes los dos, y todo comienza a ir de mal en peor cuando hacen estable su relación.

           «Mala idea el casarnos tú y yo,

             mala idea formalizar el amor

             en un contrato social,

             consiguiendo así ir de mal en peor».

Esa formalización ha destruido el amor, porque ambos son «libres y arrogantes», de modo que no pueden juntos «habitar un dulce hogar». La libertad del amor es incompatible, según parece decir, con la atadura de la formalidad matrimonial. Seguro que encontramos enseguida numerosos ejemplos de canciones, novelas, películas. Cuando el amor se «formaliza» se estropea.

Habrá quien piense que el amor del que habla Luz Casal no es amor «verdadero», y que si lo hubiera sido, la unión estable y definitiva habría derivado de él como una consecuencia lógica y natural.

Pero pensar eso nos obliga a pasar por la enrevesada y espinosa cuestión de la «verdadera» índole del amor. Cuando discutimos sobre amor y matrimonio lo que suele pasar es que se presentan en oposición diferentes acepciones pero, al mismo tiempo, se mezclan unas con otras. Amor, en el sentido que parece darle Luz Casal en esa canción, consiste en el atraerse un varón y una mujer, un sentirse atraído el uno por el otro. La palabra «atracción» sugiere lo que pasa entre los polos de signo opuesto de dos imanes enfrentados. Se emplea en relación con el amor en el sentido de un «sentirse» varón y mujer empujados el uno hacia el otro, al modo de una fuerza en sí misma ajena por completo a la libertad o voluntad con que ello se acepte o se rechace. El «enamoramiento» viene a ser un «estado», como una situación afectiva que los participantes se encuentran en ellos mismos, ajena a sus respectivas libertades.

Cosa que depende de los enamorados es, vista la mutua atracción, cumplir, o rechazar, esa atracción. Habitualmente se piensa que el enamoramiento, dado que se justifica por sí mismo, por su luminosidad y fuerza, debe ser secundado. « ¡Ve a donde tu corazón te lleve!». Y se encuentra justificación a la ruptura de los compromisos previos y, sobre todo, se pasa por alto reflexionar y dejar espacio a la libertad. Para el romanticismo ambiente, lo mejor es dejarse llevar por la atracción, hacer dejación de la libertad o, también, poner a la libertad propia al servicio del sentimiento.

El enamoramiento es vivido como un encantamiento o encandilamiento que los enamorados viven como un suceso pasivo, envolvente y extasiante. Cuando la libertad se pone ciegamente al servicio del enamoramiento se cumple la fatalidad de Romeo y Julieta: los enamorados se hacen víctimas de su propio enamoramiento mutuo, precisamente porque escapa por completo a sus respectivas libertades, o porque se entregan a él, les domina y les destruye.

El amor del que habla Luz Casal es el amor en el sentido hoy habitual. Y no tiene, a mi parecer, nada objetable. Salvo que no sirve para fundamentar el matrimonio. Lo constitutivo y esencial del matrimonio no es el amor, entendido en el sentido antes explicado. El matrimonio es la institución, la forma estable de vida humana común, que organiza de la mejor manera la reproducción humana. Luego, junto al matrimonio, viene el amor. Aunque no como un elemento por completo ajeno a él.

El matrimonio, que inmediatamente se refiere a la reproducción, requiere por ello mismo la inclusión de otras dimensiones de la existencia humana. Porque la reproducción, según parece, no puede limitarse al acto sexual en el cual queda embarazada la mujer. ¿Acaso el varón no tiene ni derechos ni obligaciones respecto de ella y del posible futuro hijo? ¿Acaso no los tiene la mujer? La feliz culminación del proceso biológico del embarazo y parto se prosigue con la crianza. Muchos años de relación, que a su vez apelan a la solución de las necesidades ordinarias de la vida, la convivencia con otros hombres, el trabajo, etc.

Una visión imaginativa y novelesca de la prehistoria suele presentar a nuestros ancestros inventando las reglas de prohibición del incesto. La existencia del ser humano no pudo comenzar por tan estúpidos problemas. Más bien la búsqueda del bien y de la felicidades es lo que permitió, a un antropoide racional y libre, descubrir que lo mejor es unir a la reproducción el respeto a las familias de origen y una convivencia estable entre varón y mujer. Porque, como una constelación en cuyo centro está la descendencia, alrededor del matrimonio crece la familia, el patrimonio, el trabajo, la convivencia, el parentesco, y el amor.

Doctor en Filosofía. He sido profesor en la Universidad CEU San Pablo, la Universidad Eclesiástica San Dámaso y en la Universidad Internacional de la Rioja (UNIR). Profesor de enseñanza media, actualmente ejerzo la docencia en un Instituto de Educación Secundaria de Madrid. Casado y padre de cinco hijos. He publicado diversos trabajos científicos, especialmente de metafísica y antropología, y sobre la figura de Antonio Millán-Puelles. También participo en programas de radio y en periódicos de internet.