Viernes, 19 Febrero 2016 00:00

El amor esponsal, sus efectos y otras cosas

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En estas breves notas, no intento hacer ni definición ni apología de la familia cristiana, pero por la dureza con que se la está maltratando en tantos medios, políticas, asociaciones, activismos, etc., considero que quienes creemos en el amor y la familia, no podemos seguir siendo utilizados para propagandas ideológicas. 

Se pueden hacer lecturas de textos, algunos preciosos, donde el amor humano es verdaderamente signo de amor divino. Así, podemos citar el libro delCantar de los Cantares, oEl Himno al Amor, y buscar otros cientos de posibilidades de textos similares. Quizá un buen modo es hacer esta lectura sea a modo de “mini ejercicios espirituales”, como San Ignacio de Loyola propone, usando todo nuestro ser para alabar, asomarnos al misterio contemplando, en un silencio activo, en un canto de gratitud, en admiración al Autor del Amor, y a quienes amamos o nos aman, enviar nuestro corazón como regalo.

GÉNESIS 2: 18
18. Y el Señor Dios dijo: No es bueno que el hombre esté solo; le haré una ayuda idónea. 19 Y el SEÑOR Dios formó de la tierra todo animal del campo y toda ave del cielo, y los trajo al hombre para ver cómo los llamaría; y como el hombre llamó a cada ser viviente, ése fue su nombre.…

CAPÍTULO 1
Título
1:1 El Canto más hermoso, de Salomón. 
Preludio La Amada
1:2 ¡Que me bese ardientemente con su boca!
Porque tus amores son más deliciosos que el vino;
1:3 sí, el aroma de tus perfumes es exquisito,
tu nombre es un perfume que se derrama:
por eso las jóvenes se enamoran de ti.
1:4 Llévame contigo: ¡corramos!
El rey me introdujo en sus habitaciones:
¡gocemos y alegrémonos contigo,
celebremos tus amores más que el vino!
¡Cuánta razón tienen para amarte!

Primer canto. La hermosura de la amada.

La Sagrada Familia, ya sabemos, está formada por María, José y el Niño. ¿Por qué la llamamos “sagrada”? La verdad es que ni José y María eran personajes excepcionales a los ojos del mundo, si no hubiera sido porque se abandonaron en las manos de Dios, se pusieron a su servicio y aceptaron vivir consagrados a la misión que Dios les encomendó.

Su tarea fundamental era crear el clima necesario para que aquel Niño tan especial creciera sano, fuerte, feliz y aprendiera todas esas cosas importantes que los padres transmiten a sus hijos, para abrirse camino en la vida. Lo que acabamos de decir, no  distinguiría a la familia de Nazaret de cualquier otra familia que fuera consciente de su vocación divina, de cualquier matrimonio que se haya tomado en serio aquellas palabras que un día se dijeron ante el altar de Dios:

“Yo me entrego a ti y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida”.

“Estamos dispuestos a recibir de Dios responsable y amorosamente los hijos, a educarlos cristianamente y hacer de nuestro hogar el lugar donde puedan crecer y aprendan a darse a los demás”.

Dejó escrito Gerardo Pastor, un prestigioso sociólogo español, que: “Ni la guarderías o escuelas, ni los grupos coetáneos (los amigos), ni las parroquias, ni los medios de comunicación social, logran penetrar tan a fondo en la intimidad infantil como las familias, esos seres de quienes no se desprenden en absoluto durante los seis o nueve primeros años de vida.”

Estas palabras vienen bien para que los padres no se desanimen cuando ven que sus hijos les salen “difíciles”. Les queda, más de lo que parece, les marca por dentro en casi todos los casos.

  • Descripción de la situación de la familia.

    Si hacemos una descripción rápida de los “modelos” de padres que podemos encontrarnos en cuanto a la fe, sin pretender ser ni muy precisos ni muy exhaustivos, tendríamos una clasificación como la que sigue: 

    - Hay padres cuya postura es de absoluta despreocupación. No les preocupa la educación cristiana de los hijos. No creen que la fe puede ser de interés para su futuro. Sólo se interesan por la carrera del hijo, por el bienestar de la familia, por el disfrute del fin de semana, porque no le falte de nada. Lo cual no está nada mal, pero no tienen especial interés por lo que hagan en clase de religión, en los grupos de catequesis o en otras actividades similares.

    - Bastantes padres experimenta una sensación de desorientación; viven llenos de dudas y contradicciones. Intuyen que la experiencia religiosa podría ser importante en la familia, y para el futuro de los hijos, pero no saben cómo actuar. No se sienten capaces de transmitir la fe. Realizan ciertas prácticas religiosas, como ir a Misa, confesarse, bendecir la mesa… pero no saben cómo hacer para que sus hijos vayan a Misa los domingos o se tomen en serio los diversos sacramentos, según les va llegando la edad de celebrarlos.

  • - Otros adoptan una postura más bien floja, cobarde. Se consideran cristianos, pero no viven su fe con gozo, sino por costumbre y con bastante rutina. No han renunciado a su fe, pero tampoco pinta mucho en sus vidas y en su hogar. Puede que lleven a sus hijos a un colegio religioso, pero luego no son coherentes con esta opción: pasan de reuniones, de implicarse en el colegio (a no ser que suspendan alguna asignatura “importante”, o les llame el tutor). No han profundizado en su fe. Incluso a veces hasta ponen obstáculos a sus hijos para que participen en actividades de educación cristiana.

    - No pocos padres adopta una postura de delegar. No se sienten responsables de la transmisión explícita de la fe a sus hijos. Entienden que se encargue el colegio, la parroquia o las instituciones eclesiales, pero en el hogar apenas realizan esfuerzo alguno para compartir la fe. Incluso, a veces, son la razón por la que los hijos “pasan” de lo cristiano, al ver que ellos mismos no le dan casi valor.

    - Hay, sin embargo, bastante padres que tienen conciencia de su responsabilidad. Les preocupa la educación de la fe de sus hijos. Son conscientes de las dificultades, no se sienten tal vez suficientemente preparados, piden orientación y ayuda, necesitan apoyo… pero quisieran y están dispuestos a hacer de su hogar un espacio de convivencia cristiana y educación en la fe.

    Los problemas y dificultades

    - En muchas familias la primera dificultad es la falta suficiente de comunicación y de encuentro profundo (que no es lo mismo que estar muchas horas juntos). Cuesta hablar y cuesta encontrarse.
  • - Otra dificultad es la diferencia de criterios, sensibilidades, actitudes y valores entre los padres e hijos.

    Muchos padres sienten la dificultad para transmitir cualquier cosa a sus hijos. Parece que los hijos aprenden más de sus amigos, de la calle, de los medios de comunicación, y a veces sienten que el mundo va muy deprisa, y que sus hijos son más capaces de adaptarse a esta cultura que ellos mismos y llegan a dudar de sus propios valores y criterios. Incluso no es raro que los padres aprendan de sus hijos.

    Otra dificultad viene de la crisis de fe. Al haber desaparecido el apoyo social que la fe cristiana tenía en otros tiempos y haberse convertido en algo habitual  el que cada uno se monte su religión “ a la carta”, o que se desprecie abiertamente en la sociedad, y todo sea discutible y relativo … muchos padres ya no saben en qué creen. La fe que recibieron, lógicamente, se les ha ido quedando pequeña, o sin saber dar respuestas adecuadas (fue la transformación y maduración) en los momentos concretos...

    Cinco propuestas sencillas para trabajar nuestra cultura familiar.

    - Es necesario que los padres se quieran, y se apoyen, y que los hijos sepan y vean
    que se quieren, de las mil maneras que pueden expresar su amor.

  • - Es importante el afecto de los padres hacia los hijos. Los hijos necesitan menos cosas, y más que los padres estén cerca oportunamente. Supone atención personal a cada uno, cercanía, respecto, darles responsabilidades (y no darles tantas cosas hechas), exigencia apropiada, etc.
  • - Es esencial la comunicación de la pareja entre sí y con los hijos. Una comunicación que no suene a fiscalización y a reproche continuo, ni sólo en torno a cosas que hay que hacer … sino una comunicación que busque la comprensión, y el compartir experiencias, sentimientos, vivencias, inquietudes, proyectos, preocupaciones. Y aprovechar mucho mejor el escaso tiempo que se puede estar juntos.

  • - No hay que olvidar la coherencia entre lo que se le pide a los hijos y el propio comportamiento. El perdón y reconocer los errores tiene un papel muy importante.
  • - Es importante también el cultivo de una fe más compartida por la pareja y por toda la familia: aprender a orar juntos, y leer juntos la palabra de Dios, comprar algunos libros religiosos (los hay muy buenos) para facilitar la meditación y la maduración de la fe.
  • - Dialogar sobre la formación religiosa que se va recibiendo en la parroquia, en el colegio, etc.. Ofrecer humildemente el propio testimonio personal de los hijos.

  • Himno al Amor
    “Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe. 
    Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada.
    Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada.
    El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tienen en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad.
    El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
    El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá; porque nuestra ciencia es imperfecta y nuestras profecías, limitadas.
    Cuando llegue lo que es perfecto, cesará lo que es imperfecto.
    Mientras yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño, pero cuando me hice hombre, dejé a un lado las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo, confusamente; después veremos cara a cara. Ahora conozco todo imperfectamente; después conoceré como Dios me conoce a mí.
    En una palabra, ahora existen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande todas es el amor”.

    Carta de San Pablo a los Corintios 13, 1-13


Mi nombre es Edith, nací en Coquimbo Chile, (Coquimbo en lengua autóctona significa Lugar de Aguas Tranquilas). Mis padres: Hernán y Ana Minerva. Soy la mayor de cinco hermanos, cuatro mujeres y un hombre. Soy Profesora de Religión, Licenciada en Teología Moral, Doctoranda en Psicología Cognitiva. De espíritu misionero, poético, alma enamorada de Jesucristo. Soy del Hogar de la Madre de la Comunidad de Laicos, soltera,  vivo en Madrid.