Una sociedad de emoticonos

La bondad o maldad son cualidades propias del ser humano. Las “cosas” no tienen esta propiedad. Por lo tanto, el dinero, el juego, el alcohol, las drogas, la comida, el ocio, a cualquier otra cosa que se nos ocurra no le podemos atribuir estas cualidades, ni tan siquiera al móvil, ni… al WhatsApp.

No son buenos ni malos en sí mismos. Un móvil se puede apagar y encender, poner en silencio, utilizar para comunicarse en momentos estrictamente necesarios. La mencionada aplicación puede ser utilizada como un envío de mensajes necesarios para establecer un nexo de unión entre personas que están distantes y necesitan decirse algo puntual.

Por lo tanto, es el uso que hacemos lo que, realmente, podemos calificar de bondadoso o malicioso. Incluido el móvil y el WhatsApp…

Cualquier padre o madre de un adolescente puede entenderme. Aunque podamos llegar a “odiar” ese maquiavélico objeto que se ha apoderado de la vida de nuestros hijos, ellos no son culpables. Los móviles y el WhatsApp no son los responsables. Simplemente son un objeto y una aplicación, sin vida, sin conciencia, aunque los sintamos como enemigos que se están apoderando de sus almas.

En serio, lo digo sin sarcasmo, pero es que creo que necesitamos oírlo, decírnoslo a nosotros mismos para hacernos conscientes.

Sentimos a nuestros chicos (y no tan chicos) ausentes, pegados al móvil como si se hubiese convertido en parte de sus cuerpos, como extraterrestres que no pueden comunicarse con el exterior, con lo que les rodea, porque sus sentidos están programados para captar las señales que emite y los dejará hipnotizados.

En mi casa y en la de nuestros conocidos y amigos, las discusiones por limitar su uso son más constantes de lo que a todos nos gustaría. Nuestros hijos se resisten a limitar su uso y la batalla es continua. Todos sabéis de qué os hablo y, desde aquí, lo único que puedo deciros es que no desfallezcáis en esta lucha. Es importante que hagamos de “Pepito Grillo” recordándoles, constantemente, que han de volver al mundo y sus semejantes.

Pero de lo que os quería hablar es de esa manida manía de usar emoticonos para absolutamente todo.

Mi hija adolescente me guió en el camino del “lenguaje secreto” de estos muñequitos. Cuando comencé a utilizar la aplicación, lo hacía como usaba los mensajes anteriores, comunicaba lo que quería y punto. Ella me reñía y decía: “Mamá, tienes que poner emoticonos, si no asustas a la gente, parece que estás enfadada”. Yo me pasmaba y releía mis mensajes: “…si queréis, podemos quedar este fin de semana…,puedes pasar a comprar pan…,Cómo vais?, no llegues tarde”, etc. Así, insustanciales, ¿por qué tengo que acompañarlos de unos muñequitos que, se supone, expresan emociones? ¿Qué emoción acompaña a “¿puedes comprar pan?”?

Una amiga a la que quiero mucho sí que los usaba (y usa) constantemente. Da igual el tipo de mensaje, un montón de caritas los acompañan. Yo, al principio, de verdad que me resultaba chocante y un poco absurdo y casi que, por consciencia, me rebelaba y optaba por no utilizarlo en mis contestaciones. Pero, ya os digo, mi hija adolescente, maestra en estos menesteres, me explicaba que “así no se utilizaba el WhatsApp” y, poco a poco, tras sus expertas clases (e intentando adaptarme a los tiempos), fui sometiéndome a la idiosincrasia de la aplicación.

Sigo considerándolo, sobre todo, una pérdida de tiempo, pero también, y más que nada, una auténtica necedad.

No veo la razón de  poner caritas sonrientes, o muy sonrientes, o lagrimeo o llantos copiosos cuando somos incapaces de reconocer, siquiera, nuestros propios sentimientos o el de los demás.

Emoticonos para parecer sinceros, preocupados o felices, pero ¿lo estamos realmente?

Emoticonos para mentir y parecer lo que no somos o manifestar lo que no sentimos.

Una sociedad que con “caritas” intenta parecer sensible y mucho más humana. Mientras nos deshumanizamos, banalizamos las emociones y los sentimientos.

Por otro lado, el sentimiento parece acapararlo todo. La televisión y series juveniles les invitan a ello de forma desmesurada. La afectividad se ha mutado en sensiblería. La autenticidad en apariencia. Los chicos no saben identificar sus emociones; se mueven entre dos, fundamentalmente: o un apego desmesurado o un odio exacerbado. La impotencia, inquietud, desazón, tristeza, apatía, son, para ellos, tonalidades grises que no saben definir y que tampoco hay que manifestar.

No sabemos, ni podemos ni queremos hablar de ellos, pero enviamos mensajes llenos de caritas que deben decir lo que no nos atrevemos.

En las conversaciones familiares o amistosas, difícilmente, oiremos expresar: Estoy triste, preocupado, intranquilo por esto o lo otro, pero saturamos el móvil con este tipo de símbolos.

Pero ¿qué nos pasa? ¿Hemos olvidado que la palabra nos sana? Compartir el sufrimiento lo disminuye y sin embargo, al compartir la alegría, ésta crece de forma abismal. Al hablar de lo que sentimos nos liberamos del miedo, del resentimiento y la preocupación. Es como si desecháramos lo que nos sobra y nos renováramos en el deseo de volver a comenzar con más energía y fuerza. Hablar, expresar, mirando a los ojos, observando las reacciones de la persona mientras nos cuenta o le contamos, ¡eso sí es comunicar!

¡Si los expertos nos explican la multitud de “interferencias” que pueden surgir cuando nos comunicamos! Pues ¡madre mía a través de un teléfono móvil!

Una amiga rompió un compromiso a 15 días antes de celebrar la boda ¡por WhatsApp! Ella y su novio discutieron y, un mes después de haber cortado, el novio me explicó que fue a través de esta aplicación; ¡ni siquiera hablaron!

Sí, esto pasa. Los malentendidos se multiplican, los conflictos se acumulan y ¡para colmo! al quedar escrito, las palabras recuerdan de forma constante la causa de los enfados. Palabras que pueden haber sido escritas en una circunstancia muy concreta y que si hubiesen sido dichas, se habrían esfumado y hasta olvidado, pero, que al quedar escritas, recuerdan de forma perenne el motivo de la desazón y lo justifica.

Lo siento, llamadme tonta, pero prefiero una buena conversación, como mínimo, junto al auricular de un teléfono para poder interpretar el tono del hablante, que mil mensajes asépticos a los que he de adjudicar el tono y la interpretación (demasiadas veces, errónea).

Prefiero un “¡rezo por ti!” que mil manitas angelicales orantes.

Un emoticono es mono, mil de ellos ¡me tienen harta! ¿Y a vosotros?

Mercedes Lucas

Mi Blog "Padres, adolescentes y esperanzas."

Soy Merche Lucas Pérez, licenciada en Ciencias Religiosas por la universidad de Salamanca, poseo un Máster en Teología por la Universidad de Murcia y estoy elaborando mi tesis doctoral cuyo tema central es la familia.
Estoy casada y tengo dos hijos y actualmente soy profesora en un Instituto de Secundaria de Murcia. Soy creyente y católica y es en la fe de donde mana mi alegría y esperanza  cada día.

Mercedes Lucas Pérez, es autora, editora y responsable del Blog Padres, adolescentes y esperanzas, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com 

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