La moralidad de la materia gris

El pasado día 24 de febrero leí el artículo titulado Para no perder materia gris del cerebro, olvídate de las redes sociales. Su autor es Clemente Ferrer y fue publicado por «Hispanidad». El breve texto comenta que «las personas que utilizan con frecuencia varias pantallas de manera simultánea, tienen menos materia gris en el córtex del cíngulo anterior del cerebro». Lo de las «varias pantallas» se refiere a estar viendo la televisión a la vez que se maneja el móvil o una tableta.

Tengo la tendencia –lo confieso– a tomarme a pitorreo esta clase de afirmaciones. Confieso que no me preocupa demasiado mi cíngulo anterior cerebral, aunque pueda parecer frívolo. Ni mi cerebro en su totalidad, ni mi píloro o mi tímpano me importan gran cosa. ¿O debiera?

Lo interesante del artículo al que me refiero es que pone en relación la salud con la conducta humana libre. Es verdad que no hace explícita esa conexión, pero también lo es que está ello como sugerido. En el fondo se quiere decir: «– No utilice usted a la ligera “varias pantallas” cuando se siente en el salón de su casa, porque ello puede suponer un daño físico; sépalo, y tome una decisión razonable-».

Pero con eso no se ha llegado aún a decir que en este asunto haya un elemento moral. Aún no se está diciendo que tiene uno la obligación moral de actuar de una manera o de otra una vez sabido que una determinada conducta tiene un efecto físico negativo. Porque, antes que nada, son cosa distinta lo moral y lo físico. Un bien físico no es ipso facto un bien moral, ni a la inversa; como tampoco un mal moral es, por serlo, de inmediato un mal físico. Una gripe no es un pecado. Ni es malo quien simplemente hace una mala paella. Solamente para algún hedonista simplón puede haber plena equivalencia entre lo moral y lo físico.

En consecuencia, para poder decir que un mal físico –como lo es la disminución del córtex cerebral– es un mal moral hace falta una premisa que justifique el nexo entre ambos tipos de males. Hace falta algo que traduzca, por así decir, la maldad meramente física en maldad moral; que haga ver la maldad física también como maldad moral.

Bien puede suceder que un comportamiento tenga un efecto físico negativo y, sin embargo, sea admisible realizarlo. Por ejemplo, quien se mortifica con disciplinas y ayunos se inflige daños físicos a sí mismo, y, sin embargo, mortificarse y ayunar, dentro de ciertos límites, es lícito, recomendable y aún a veces obligatorio. Un padre arriesga su vida por su hijo en peligro. Un minero trabaja con importante riesgo para su salud y para su vida misma. Etc.

Hay extendido hoy un materialismo que, en ética, promueve el principio de que la Naturaleza (con el nombre de «Cosmos», de «Madre Tierra» o cosas parecidas) es el referente moral principal. De modo que es bueno lo que se conforma con las leyes del Cosmos y es malo lo que se le opone. De ahí que algunos «ecologistas» –no todos, felizmente– se opongan rotunda y completamente a cualquier acción humana que altere lo más mínimo los ciclos espontáneos de la naturaleza. Toda intervención del hombre es por definición rechazable, como un atentado a la soberanía del Cosmos.

Hace poco, una colaboradora con la que trabajo vio mi papelera llena de… papeles. Mi actitud ante las papeleras llenas de papeles es la de un mero usuario que supone que quienes las retiran sabrán qué hacer con lo que en ellas se encuentra. Pero esta colaboradora no tiene mi mismo entusiasmo, sino mucho más. Disgustada ante semejante abundancia de desechos, y raptada por la mística del reciclaje, me pidió permiso para llevar ella misma tan abundante desperdicio, con sus propias manos, a un contenedor lejano especializado en recoger papel, como quien lleva una ofrenda al altar de la Naturaleza.

Para este ecologismo naturista, el mal físico y el mal moral corren paralelos: lo que es malo para la Naturaleza es malo en moral.

Creo que este planteamiento es falso. Una de las razones por las que lo creo es porque estoy persuadido de que el mundo entero, con toda su riqueza, complejidad e inmensidad, no vale lo que un alma buena. Por el bien moral se puede entregar el Universo entero. Y ello, porque la dignidad natural del ser humano le sitúa muy por encima, incomparablemente, de todos y cada uno de los seres inertes, de las plantas y de los animales irracionales. Un hombre vale moralmente más que el mundo entero.

Cuando se toma en consideración la dignidad innata de la persona humana, se descubre sin dificultad cuál es el «puente» que permite ver un mal físico como un mal moral. Dada la dignidad de la persona humana, es un bien para ella la conservación de la propia vida y, correlativamente, el cuidado del cuerpo que ella es y con el que vive.

No por amor a la salud, sino por amor al hombre sano, es por lo que debe uno cuidar su córtex cerebral y no hacer tonterías con dos pantallas a la vez.

José J. Escandell

Mi Blog "Pensamientos para vivir bien" 

Doctor en Filosofía. He sido profesor en la Universidad CEU San Pablo, la Universidad Eclesiástica San Dámaso y en la Universidad Internacional de la Rioja (UNIR). Profesor de enseñanza media, actualmente ejerzo la docencia en un Instituto de Educación Secundaria de Madrid. Casado y padre de cinco hijos. He publicado diversos trabajos científicos, especialmente de metafísica y antropología, y sobre la figura de Antonio Millán-Puelles. También participo en programas de radio y en periódicos de internet.

José J. Escandell, es autor, editor y responsable del Blog Pensamientos para vivir bien, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com 

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