Cristianismo y democracia en España

Por supuesto, la palabra «democracia» tiene un significado borroso. Hay la democracia popular comunista, la orgánica y la liberal, la censitaria, la representativa, y hasta la «democracia morbosa». Desde luego, la etimología (democracia = gobierno del pueblo) no aclara apenas nada. Hay quienes entienden por «democracia» un régimen político que garantiza una organización pacífica del poder y de su transmisión. Hay quienes sólo llaman «democracia» a un Estado socialista o comunista; otros consideran que lo esencial de la democracia es la soberanía del pueblo en su totalidad. Y no todas estas ideas son compatibles entre sí.

Cuando en una conversación o en una discusión aparece la palabra «democracia», hay que comenzar por aclararse, aunque parezca que se tiene una actitud de recelo. Sucede que la ambigüedad borrosa de la palabra da ocasión a que los argumentos se deslicen hacia el descontrol de las razones. Aunque también es verdad que quien pide precisiones de la idea de la democracia se hace, por ello mismo, sospechoso de antidemócrata.

Desde que murió Franco en 1975, España ha pasado a tener un régimen monárquico democrático, fijado en la Constitución de 1978 (aunque el régimen del Generalísimo quiso ser en algún momento una «democracia orgánica»). En 1978 fue aprobada y promulgada la vigente Constitución española. Su artículo 1 dice: «España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político».

Desde entonces hasta ahora presenciamos un gradual deterioro moral y religioso, que ha desembocado en una sociedad degenerada en moral y atea en lo religioso. Con la nueva democracia, España ha dado la espalda a su historia, quiero decir, a su ser y a su sentido. Ya no queda apenas nada de su antigua unidad de destino, sustituida hoy por un decidido encaminamiento por las trochas del progresismo de vanguardia.

Democracia es, en la España de hoy, un sistema político, social y cultural puramente progresista. ¿Y qué es el progresismo? Un conocido periodista, Eulogio López, Director del diario «Hispanidad», suele decir que el progresismo se resume en el lema «¡Arriba las faldas y abajo los curas!». No me parece desviado el tiro. El progresismo es la mentalidad que, tras su nacimiento en la Ilustración, se dirige a construir un mundo sin Dios. Es progresismo el comunismo, pero también lo son las ideologías liberal y socialista.

Hay quienes no notan la convergencia entre democracia y progresismo. Ni pueden aceptar que el régimen democrático español actual haya desembocado intencionadamente en el descreimiento general de la sociedad. Hay quienes se niegan a admitir que la democracia pueda ser criticable, más allá de aquel cínico «la democracia es el peor régimen político, si se excluyen todos los demás». Para estos, el hecho de la degeneración moral y religiosa de España se pone del lado del ambiente social, del «aire de los tiempos», y se exime a la democracia de responsabilidad alguna en el descreimiento; como si la secularización fuera accidente del todo involuntario.

La ecuación entre democracia, por un lado, y paz-progreso por otro, se iguala, a su vez, con el progresismo, es decir, con inmoralidad-ateísmo. Puesto el instrumental analítico en estos términos, se hace preciso afirmar que es imposible una sociedad democrática cristiana. Esta es la dramática, la terrible encrucijada, como una aporía invencible y «cornuda». Aceptada la ecuación mundo = progresismo, el cristianismo está perdido. ¿Puede un cristiano ser demócrata? Si la democracia es progresismo, no. Y la democracia española quiere ser progresismo. No es posible armonía, sino, a lo sumo, compromiso por negociación; o victoria de alguno de los dos bandos.

Es el caso que el progresismo ha avanzado notablemente y que el cristianismo está en España de retirada. En la actualidad, por eso, el progresismo a veces permite la existencia del cristianismo, del mismo modo que la marquesa aburrida permite que alguna hierba de su jardín crezca fuera en algún rinconcillo de sus orgullosos parterres. Lleno de fuerza y confiado en ella, el progresismo, sin embargo, se encamina al triunfo final, mediante leyes como la LODE, la de Memoria histórica o las de protección a los LGTBI.

Como última defensa, el cristiano demócrata apela hoy al concepto de la «democracia procedimental». ¡Gran invento! Muchos conspicuos politólogos de esta hora quieren eludir la evidente alianza entre democracia y progresismo con el empeño en hacer de la democracia un sistema político neutro, sin contenidos, que se limita a definir cauces de organización del poder y de sucesión en él. Entienden la democracia como un «procedimiento», una manera de «proceder» para conjugar los intereses de todos y para que los gobernantes se sucedan unos a otros sin violencia. La democracia procedimental pretende ser democracia vacía, sin ideología, sin pretensiones, sin proyectos.

Pero cuando se admiten estas reglas del juego político, la vida social se transforma en un campo de batalla, porque cada tendencia –cada ideología– se limita a jugar el juego del mercadeo, de la disputa pública y de la seducción de las masas. Un campo de batalla en el que tiene todas las de ganar quien menos escrúpulos tenga en ofrecer los fines más simplones, rastreros, materiales y hedonistas. Un campo de batalla en el que pierde siempre el más indefenso, es decir, el más limpio y honesto. O sea, un mundo en el que la verdad y la justicia tienen todas las de perder, pues para las masas suele ser preferible lo que les halaga que lo que les exige.

El demócrata cristiano, en este punto, encuentra la cooperación de los cristianos conservadores. Son estos los cristianos que votan a los partidos progresistas de derechas; que piensan que España aún es cristiana y que siempre lo será. Son cristianos que en estos tiempos revueltos se han acostumbrado al «mal menor» no solamente en política, sino también en la vida de las parroquias, de las órdenes religiosas, y antes que nada de sus particulares familias. Cristianos de derechas, viejos conservadores, que se asustan por el gobierno de socialistas o de antisistemas, y que sueñan con el retorno a un mundo burgués tranquilo. Se resignan a ceder siempre, a ser invadidos por el progresismo –divorcio, aborto, droga, etc.–, y se refugian en la añoranza melancólica de los viejos buenos tiempos. Ocultan su disgusto en un perseverante e inextinguible «todavía se puede», incapaces de llegar a la conclusión de que el mundo ya no es cristiano y no quiere serlo.

Contra la esperanza ciega no hay argumentos posibles. Y esto facilita, desde luego, el avance imparable del progresismo.

José J. Escandell

Mi Blog "Pensamientos para vivir bien" 

Doctor en Filosofía. He sido profesor en la Universidad CEU San Pablo, la Universidad Eclesiástica San Dámaso y en la Universidad Internacional de la Rioja (UNIR). Profesor de enseñanza media, actualmente ejerzo la docencia en un Instituto de Educación Secundaria de Madrid. Casado y padre de cinco hijos. He publicado diversos trabajos científicos, especialmente de metafísica y antropología, y sobre la figura de Antonio Millán-Puelles. También participo en programas de radio y en periódicos de internet.

José J. Escandell, es autor, editor y responsable del Blog Pensamientos para vivir bien, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com 

Dejar un comentario