La familia como criterio

La policía no puede hacer nada.

X ha sido visto en el barrio ayer montado en un descapotable cantando y dando voces. X tiene doce años. Es posible que, desde que llegó a España hace seis meses, se esté dedicando a trapichear droga, a ser correo entre bandas y que sufra abusos sexuales. Pero no tenemos más que sospechas. Últimamente se le ve con ropa nueva cada poco, con zapatillas nuevas y con un buen teléfono móvil.

Llegó de un país americano porque su padre no quiere saber ya nada más de él. Se ha venido a vivir con su madre, que tampoco quiere saber nada de él. La madre de X es joven, no tiene trabajo, y vive de un salario social; su casa es una sola habitación en una casa «ocupada» y con una hija suya pequeña, a la que X suele maltratar. De hecho, X vive con una hermana suya mayor en casa de una señora, y parte del sueldo de la hermana es la habitación de X. A veces la señora deja a X fuera de casa por la noche, cuando llega tarde.

X es analfabeto y seguramente tiene un ligero retraso mental. En el colegio no hace más que estorbar, como poco. Las primeras semanas X parecía un toro que acaba de salir a la plaza, completamente incontrolado y mantenía ocupados toda la mañana a varios profesores que tenían que perseguirle por los pasillos del centro. No hablaba apenas, y cuando hablaba, apenas se le entendía nada. Tan pronto salía corriendo escaleras arriba como se enfrentaba con un profesor o amenazaba a algún compañero. Nos propusimos aguantar un tiempo, concederle un periodo de adaptación. Como quizás temíamos desde el principio, la cosa no sirvió de nada. Por eso hemos pasado a tener otra actitud con él, y ahora, cada poco, le expulsamos unos días para que podamos dar clases; aunque sabemos que, cuando le expulsamos, le exponemos a cualquier cosa en la calle. Es que con él en el colegio todo se trastorna.

Por virtud de las leyes educativas, hay en los colegios instrumentos variados para abordar situaciones difíciles de los alumnos y de sus familias y entorno. Hay una legión de profesionales que se dedican a lo que se llama «orientación» y «servicios sociales», más los policías «tutores» asignados por el Ayuntamiento, más ONG’s y un sinfín de organismos que, dependientes de Comunidades autónomas o ayuntamientos, pueden entrar en juego en estos líos; además, en segunda línea, queda el recurso a servicios sanitarios variados. 

Hace unos días todos los que intervienen en el caso de X se reunieron para buscar soluciones. Por supuesto, no hay nada que hacer. La policía no puede hacer nada, puesto que no hay delitos cometidos. Y los demás contemplamos desde la ventana cómo un niño se despeña. Todos acumulamos tensión y los protagonistas de esta historia seguramente algún día, no muy lejano, reventarán. Aventuro este futuro: X morirá en unos pocos años, quizás previo paso por la cárcel.

La convicción  general es que todo se resolvería si –como decía un viejo amigo socialista– el Estado sustituyera definitivamente a la fracasada e incapaz familia de X. La historia de X sería una prueba definitiva de la decadencia de la institución familiar, herencia de un pasado muerto y freno de un futuro abierto a múltiples y creativas formas de convivencia.

De momento, los «servicios sociales» de municipios y comunidades autónomas ya tienen autoridad para entrar en vidas y familias, y para conocer, manejar y decidir en ellas, aunque aún no se llega a la última frontera de la invasión. No sería de extrañar que algún diputadito arreglatodo y muy progresista, en un arrebato de democrática ira y de solidaria indignación, consiguiera que los demás representantes del pueblo decidieran, por fin, poner las vidas de los niños y de los adultos incapaces, en las manos de los funcionarios (psicólogos, pedagogos, agentes sociales, policías, abogados, expertos y gurúes). Días pueden venir en que, además de disponer de la eutanasia, se arrebate a la gente su propia familia y los padres de la Patria lo sean de todos los ciudadanos, hijos así de padre desconocido.

En esta perversa y demencial espiral, alimentada por la rabia y el sentimentalismo (a partes iguales), desembocan lógicamente, cuando la sociedad está en descomposición –o sea, desprovista de la familia como su célula básica–, esa huida que engendra monstruos. Lo malo es que lo primero que se ha desestimado es, precisamente, la auténtica medicina. El «Delenda est familia!», imposibilita recuperarla. Como aquel gesto indignado del soldadito en el frente de guerra: «¡Que se fastidie el maestro armero, que no voy a pegar un tiro!»

El caso de X puede acontecer en cualquier ocasión, incluso en el marco de unas estructuras sociales sanas. Pero no es verdad que el caso de X sea una excepción o un accidente, sino que, por el contrario, tiene algo de ejemplar y sintomático. Me parece evidente que “otro gallo nos cantaría” si X hubiera nacido y crecido en una familia normal. Tan sencillo como esto.

José J. Escandell

Mi Blog "Pensamientos para vivir bien" 

Doctor en Filosofía. He sido profesor en la Universidad CEU San Pablo, la Universidad Eclesiástica San Dámaso y en la Universidad Internacional de la Rioja (UNIR). Profesor de enseñanza media, actualmente ejerzo la docencia en un Instituto de Educación Secundaria de Madrid. Casado y padre de cinco hijos. He publicado diversos trabajos científicos, especialmente de metafísica y antropología, y sobre la figura de Antonio Millán-Puelles. También participo en programas de radio y en periódicos de internet.

José J. Escandell, es autor, editor y responsable del Blog Pensamientos para vivir bien, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com 

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