Un libro sobre la revolución sexual global (II)

En mi anterior artículo he comenzado a tratar del libro de Gabriele Kuby titulado La Revolución Sexual Global. La destrucción de la libertad en nombre de la libertad. Continúo ahora mis comentarios.

Dieciséis capítulos, más algunos apéndices e índices. El primero deja claro el enfoque y resumen del libro. Se trata de describir un «nuevo totalitarismo suave» (p. 43): «El totalitarismo ha cambiado de chaqueta y ahora aparece con el manto de la libertad, la tolerancia, la justicia, la igualdad, la no discriminación y diversidad: trasfondos ideológicos que prueban que son términos amputados y distorsionados» (p. 44). Este es el enemigo. A cuya acción, sin embargo, puede contribuirse casi insensiblemente.

«Nacemos con capacidad para la libertad, pero la capacidad de usar nuestra libertad para el bien requiere formación y trabajo personal. La virtud es condición previa para la cultura. Debemos aprender las virtudes cardinales que permiten que florezca nuestra humanidad: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Cuando una cultura deja de valorar la virtud, y deja de transmitir a la siguiente generación lo que es apropiado, probado, verdadero y precioso –por ejemplo, la crianza y la educación–, está cavando su propia tumba. Todavía hay libertad, y aún no es demasiado tarde para defenderla. Pero uno debe saber quién la está limitando en beneficio de sus propios intereses egoístas. De esto trata el libro» (pp. 47-48).

Una tesis nítida y directa, que la autora explaya a lo largo del libro. Constituye su nervio último. Merece atención especial. Hay quienes describen nuestro mundo occidental actual como un mundo «liberal»; desde luego, no lo es en todos los sentidos (como el Estado del Bienestar se empeña en demostrar cada poco), pero lo es en cierto sentido y en el fondo. El totalitarismo (es decir, la invasión por el poder político de todos los aspectos de la vida humana) es perfectamente compatible –la paradoja es solamente aparente– con un especial concepto de la libertad. Y ese concepto no es otro que el de la libertad de las pasiones, pero solamente esa libertad. Asunto este de la máxima importancia que la penetración de Kuby pone de relieve con estilo periodístico.

Me parece evidente que el hombre occidental contemporáneo no es libre ante el Estado y los poderes generales. Todo en la vida de todos los ciudadanos está controlado y, sobre todo, intervenido, invadido. Son conocidos hasta los menores detalles de nuestras vidas por Hacienda, la Seguridad Social y Google; ello sobre la base de que es «para nuestro bien». A este conocimiento subsigue una acción. Los instrumentos de comunicación de masas y los sistemas educativos se ejercen sobre nosotros con intenciones manipuladoras y al servicio de la conservación del poder de quienes lo detentan. Supuesta esta estructura de control social, en ella es un factor importante la libertad de las pasiones. Los ciudadanos no tenemos libertad política, estamos controlados, pero los poderes públicos mantienen en nosotros la conciencia de que somos libres porque nos quieren hacer ver que la libertad consiste en tener las pasiones liberadas, o, lo que es lo mismo, excitadas y descontroladas. Sexo, droga y rock and roll. Esto es lo que queda en Europa de nuestra antigua libertad greco-latino-cristiana.

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Puede verse un primer bloque de capítulos, del II al VII, en el que el lector encuentra el relato de la historia, desde los pioneros del siglo XVIII, hasta los promotores mundiales de la ideología de género. Esa descripción es más sumaria en los primeros tramos y se va haciendo más detallada cuando se centra en la irrupción de la ideología de género. No se trata tanto de una exposición de ideas cuanto de hechos y fuerzas prácticas.

El avance de esta revolución –mucho más grave que la revolución rusa o la revolución china– es ilustrada por Kuby con abundancia de datos. Ya a nadie sorprende que las fuerzas directivas se encuentren en la O.N.U. y en la U.E., además de en infinidad de ONGs. Hablaba M. Ferguson en los años ochenta de la New Age como de una «conspiración» anticristiana, aunque el sentido que ella daba a esta palabra no era el de una organización explícita entre los promotores de ese movimiento, sino que la entendía como un acuerdo implícito, una convergencia espontánea de fuerzas independientes entre sí. En realidad, hay en la revolución sexual, y en la New Age, tanto coordinación como conspiración, tanto coincidencia espontánea como intención. Ambas cosas se dan en los «movimientos culturales» contemporáneos de largo alcance.

Considerado el asunto en perspectiva solamente sociológica, nada tendría de reprochable la revolución sexual, ni la revolución de Acuario para la Nueva Era. Al fin y al cabo, todas las fuerzas sociales juegan y luchan entre sí para conseguir establecer mentalidades y llevar a las sociedades a determinados fines. La perspectiva que adopta Kuby es una perspectiva más profunda, realmente antropológica, en la misma medida en que su interés fundamental es la valoración moral, política y religiosa de la revolución sexual. Quedarse en el mero enfrentamiento de mentalidades es puro positivismo inhumano. En este mismo sentido, son esenciales al libro los capítulos XI, XIII y XV.

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Una de las grandes ganancias que ofrece este libro al lector es advertir la diferencia que hay entre el feminismo, el movimiento LGTBI, la teoría de género y la pornografía. Interesantísima distinción. 

La revolución sexual contemporánea se yergue sobre la base del divorcio y el control de la natalidad mediante los anticonceptivos y el aborto. El objetivo, la meta, era una sexualidad humana completamente liberada, autónoma; lo cual quiere decir, antes que nada, una sexualidad femenina en absoluto desligada de la reproducción humana tanto en la intención como en sus efectos. De una claridad meridiana es la declaración de una feminista comunista prestigiosa, A. Y. Davis, hacia 1981: «El control de la natalidad –la elección individual, los métodos anticonceptivos seguros, así como los abortos cuando son necesarios– es un prerrequisito fundamental para la emancipación de las mujeres».

Al complejo y difuso movimiento «feminista» se ha superpuesto después la teoría de género y el movimiento LGTBI. Es verdad que la teoría de género crece primeramente por influencia del feminismo, en cuanto que la liberación de la mujer fue entendida como una superación de su papel social. La ideología de género es en sus inicios una teoría sociológica, que busca resituar socialmente a la mujer, pero luego ha devenido en teoría psicológico-moral de las identidades sexuales. Y en este punto enlaza con el movimiento LGTBI. Es llamativo que no dispongamos de una palabra estándar para hablar de lo «LGTBI», y que ni siquiera se pueda emplear gay o lesbianismo para denominarlo. Tanto teoría de género como movimiento LGTBI actúan contra la identidad sexual. Este es el enemigo de ambos.

Pues bien, he aquí la interesante e importante constatación que ofrece Kuby en este libro, a saber, el enfrentamiento contradictorio, por definición, del feminismo y del movimiento LGTBI, en el cual pretende tener el papel de árbitro la ideología de género. El feminismo, en efecto, requiere que se admita la identidad sexual. No puede haber lucha por la liberación de la mujer si no hay «mujer», definida por su papel sexual. Sin embargo, frente a esto, el movimiento LGTBI requiere, como su propio nombre, la disolución de la identidad sexual. Todo ser humano decide por sí mismo qué identidad sexual tiene, al margen de cualquier consideración biológica, psicológica o sociológica. Entre ambos, la ideología de género ha girado hacia la aceptación absoluta de la voluntariedad arbitraria de la identidad sexual procurando mantener a la vez, en un equilibrio lógicamente inestable, la reivindicación feminista. Al final será que la lógica es machista.

En resumen: para la lucha feminista es crucial la existencia identidad sexual femenina; para la lucha LGTBI es esencial la no existencia de ninguna identidad sexual. Acaso pudiera suceder hoy que un varón en sentido biológico (cromosómico o gonadal) se declarara sexualmente femenino y pretendiera sumarse, e incluso dirigir, unidades de lucha feminista. Un auténtico partidario del movimiento de género debería oponerse a estas actitudes, porque suponen precisamente la idea de una «identidad», aunque en este caso sea una identidad voluntaria. También pudiera suceder que una mujer biológica se decidiera a distanciarse de la lucha feminista para entrar en las filas del movimiento LGTBI…

Los tres movimientos, sin embargo, son próximos en la práctica social y política. Coinciden en negarse radicalmente a admitir como una postura vital razonable la identidad sexual masculina en el varón y la femenina en la mujer. Luchan por que la ley ampare el ejercicio público de la homosexualidad en cualquiera de sus infinitas variantes, pero no aceptan, de ninguna manera, que el varón y la mujer, convencidos de su papel y sentido, ejerzan de tales y lo manifiesten públicamente.

He aquí la denuncia y el análisis que el lector puede encontrar en estas páginas de un libro luminoso.

 

Cita: A. Y. Davis, «Racismo, control de la natalidad y derechos reproductivos», en Mujeres, raza y clase, Akal, Madrid, 2004, p. 203.

José J. Escandell

Mi Blog "Pensamientos para vivir bien" 

Doctor en Filosofía. He sido profesor en la Universidad CEU San Pablo, la Universidad Eclesiástica San Dámaso y en la Universidad Internacional de la Rioja (UNIR). Profesor de enseñanza media, actualmente ejerzo la docencia en un Instituto de Educación Secundaria de Madrid. Casado y padre de cinco hijos. He publicado diversos trabajos científicos, especialmente de metafísica y antropología, y sobre la figura de Antonio Millán-Puelles. También participo en programas de radio y en periódicos de internet.

José J. Escandell, es autor, editor y responsable del Blog Pensamientos para vivir bien, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com