Espiritualidad conyugal

El término espiritualidad conyugal es relativamente nuevo. De hecho, no es hasta el siglo XX cuando el Magisterio de la Iglesia empieza a enunciarlo como tal aunque, en realidad, es un concepto tan antiguo como el mismo sacramento del matrimonio: Si todos los fieles han recibido de Dios la vocación universal a la santidad, es lógico que no solo los consagrados cuenten con su propia espiritualidad, sino que también los esposos tengan una espiritualidad peculiar de su vocación particular. 

Podríamos definir la espiritualidad conyugal como el camino por el que el hombre y la mujer unidos en el sacramento del matrimonio, crecen juntos en la fe y en las demás virtudes para compartir la experiencia de Dios y testimoniar con su vida el amor de Cristo. La espiritualidad conyugal es, pues, un itinerario que conduce a los esposos a la santidad conjunta, pues cada cónyuge asume su responsabilidad en la tarea salvadora del otro, porque el otro es parte de su yo, es su otro yo.

La espiritualidad conyugal no excluye la experiencia personal de fe de cada uno de los esposos. Tampoco está constituida por la suma de ambas espiritualidades. Se trata de una realidad nueva, como nueva es la sustantividad de la vida que surge tras la celebración el matrimonio. Desde ese momento, cada cónyuge empieza a ser lugar de encuentro con Dios, cauce de gracia y camino de salvación para el otro. En el matrimonio se debe reconocer y contemplar la imagen de Dios en el otro.

El pilar que sustenta a los cónyuges a lo largo de este itinerario es la gracia sacramental, una gracia propia del matrimonio. Así, la acción del sacramento vivifica el matrimonio enriqueciendo los actos y palabras que llenan la vida esponsal. Y si el sustento es la gracia, la fuerza que mueve a los esposos es la caridad. El matrimonio es la vocación a un amor peculiar: el amor conyugal. De este modo, puede participar en el amor con que Dios mismo ama en el misterio de la creación y de la redención. 

Todo esto hace nacer una comunión entre los esposos que no se reduce a un acuerdo de libres voluntades, sino que supone el descubrimiento de que la libertad de un cónyuge está empeñada en la libertad del otro, y viceversa. Más aún, es el hallazgo gozoso de que la misma comunión es el fin de la libertad, en una nueva realidad que les supera a ambos.

Por eso, “hay un punto donde el amor de la pareja alcanza su mayor liberación y se convierte en un espacio de sana autonomía: cuando cada uno descubre que el otro no es suyo, sino que tiene un dueño mucho más importante, su único Señor” (Amoris Laetitia, n 320). Evitar la búsqueda de dominio sobre el otro, es reconocer que sólo Dios puede actuar en nuestra libertad sin violentarla, porque es el mismo Creador de nuestra libertad. 

Los esposos cristianos casados ante Dios, no solo son testimonio de un amor humano total y fiel, sino que también son signo del misterio de amor fecundo entre Cristo y su Iglesia. Por y a través de su donación mutua, los esposos encuentran su unión con Dios, pues el amor esponsal es imagen de Su amor, que se revela en la experiencia del amor humano. Es más, la práctica del amor humano nace siempre como respuesta al amor originario de Dios, fundamento necesario para cualquier amor. 

El bien propio que une a los esposos es ser “una sola carne” (Gn 2, 24), es la donación de sí mismo al otro a través del lenguaje del cuerpo como expresión de toda la persona. El don que Jesús hizo de su cuerpo como expresión de su completa donación, dignifica el cuerpo humano y permite la analogía de la unión del matrimonio con la de Cristo con su Iglesia. La espiritualidad conyugal implica la comprensión de la dignidad del acto conyugal.  Como señala el Concilio Vaticano II, el amor entre los esposos “se expresa y se perfecciona singularmente con la acción propia del matrimonio”, la cual  “supera con mucho la inclinación puramente erótica, que, por ser cultivo del egoísmo, se desvanece rápida y lamentablemente” (GS, 49). Amándose, entregándose al otro con espíritu sincero, los esposos viven la generosidad de la caridad. 

A propósito de esto, la Encíclica Humanae vitae dibuja un clima humano y sobrenatural en el que teniendo en cuenta el orden biológico y basándose en la castidad, se plasma la armonía interior del matrimonio en el respeto al llamado “doble significado del acto conyugal":  el bien de los esposos y la transmisión de la vida (HV, 12). Esta profundización en la armonía del “lenguaje del cuerpo" que estudiara san Juan Pablo II hace progresar el amor esponsal hacia su madurez definitiva.

En este sentido, el matrimonio es también un signo cristológico, porque manifiesta la cercanía de Dios que comparte la vida del hombre uniéndose a él en la Encarnación, en la cruz y en la Resurrección. De igual modo, cada uno de los cónyuges se hace una sola carne, una sola cosa con el otro, se ofrece a sí mismo para compartirlo todo hasta el fin, y está siempre presente en el consorte por la vida del amor.

Pero este ser una caro no se reduce únicamente a la unión conyugal, sino que se refiere al conjunto de actitudes afectivas y de convivencia que configuran la comunión entre los cónyuges. El sacramento del matrimonio debe ser una vivencia continua y no un acontecimiento que ocurrió en un momento y lugar determinado. Es decir, está llamado a ser una vivencia actualizada del amor primero, que se expresa en palabras y obras. Es una comunión viva, permanentemente dinámica, llamada a crecer a través de las acciones que los cónyuges van realizando, que les permiten acrecentar la intimidad, en una mayor riqueza de vivencias afectivas, en un ascendente conocimiento mutuo y aceptación del otro, en el compartir más profundamente el bien que les une. De esta manera, toda la vida conyugal se convierte en un permanente acontecimiento sagrado. 

Tenemos un sostén, que es la gracia; un motor, que es la caridad… y ¿quién será el guía que conduzca al matrimonio por este camino de santa caridad conyugal? El Espíritu Santo. La visibilidad del misterio de la Trinidad se hace posible por la vida de la caridad. Como diría san Agustín: “Si ves la caridad, ves la Trinidad”. 

Podemos decir que el matrimonio es peculiar reflejo de la Trinidad porque consiste en una unidad sin fisuras en la diversidad de personas distintas, y es una plenitud de comunión vital. Dice Juan Pablo II: “El hombre se ha convertido en imagen y semejanza de Dios no solo a través de la propia humanidad, sino también a través de la comunión de las personas que el hombre y la mujer forman desde el comienzo (…) El hombre se convierte en imagen de Dios no tanto en el momento de soledad, cuanto en el momento de la comunión. Efectivamente, él es desde el principio no solo imagen en la que se refleja la soledad de una Persona que rige el mundo, sino también y esencialmente, imagen de una inescrutable comunión divina de Personas” (Audiencia 14-11-1979). Y añade: “Obviamente, esto no carece de significado incluso para la teología del cuerpo, más aún, quizá constituye el aspecto teológico más profundo de todo lo que se puede decir acerca del hombre” (Ib.)

La misión del Espíritu Santo es ir actuando en el corazón de los esposos para guiarlos en el crecimiento de su vocación conyugal. El Espíritu les introduce en lo profundo de Dios y les permite percibir una nueva dimensión de este amor esponsal.

San Juan Pablo II diría: «Esos dos, que —según la expresión más antigua de la Biblia— “serán una sola carne" (Gén 2, 24), no pueden realizar tal unión al nivel propio de las personas si no mediante las fuerzas provenientes del espíritu, y precisamente, del Espíritu Santo que purifica, vivifica, corrobora y perfecciona las fuerzas del espíritu humano». “El Espíritu es el que da vida, la carne no aprovecha para nada" (Jn 6, 63). Por ello, la espiritualidad conyugal brota de la misma docilidad al Espíritu Santo que ha conformado a los esposos en su ser. Hay que afirmar muy claramente que la vivencia plena del matrimonio y de los actos propios de los esposos, según el plan de Dios, no es posible sin una vida espiritual seria y profunda que permita a la gracia divina sanar las heridas profundas del pecado manifestado en el egoísmo, la búsqueda del propio interés o la dominación.

El Paráclito “hace al hombre y a la mujer capaces de amarse como Cristo nos amó” y de manifestar “a todos la presencia viva del Salvador en el mundo y la auténtica naturaleza de la Iglesia, ya por el amor de los esposos, la generosa fecundidad, unidad y fidelidad, ya por la cooperación amorosa de todos sus miembros” (Gaudium et spes, 48).

P. Félix López

Mi blog “El plan de Dios sobre la familia“

Pertenezco a los Siervos del Hogar de la Madre desde su fundación en 1990, soy sacerdote desde hace 21 años, licenciado en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid y Doctor en Teología Dogmática por la Universidad de la Santa Cruz en Roma. Me dedico especialmente al apostolado con los laicos y a predicar retiros a jóvenes y adultos.

Félix López, es autor, editor y responsable del Blog El plan de Dios sobre la familia, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com 

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