Espiritualidad conyugal (Segunda parte)

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Los esposos están llamados a ser sal de la tierra y luz del mundo. Deben entregarse para transformar el mundo desde dentro, para hacer visible con su amor el amor que Cristo tiene por su Iglesia.

Por su vocación laical, están llamados a contribuir a la santificación del mundo desde dentro, a entregarse a su transformación, para ser testigos y anuncio del amor de Dios.

«La familia cristiana edifica el reino de Dios en la historia mediante esas mismas realidades cotidianas que tocan y distinguen su condición de vida. Así pues, es en el amor conyugal y familiar -vivido en su extraordinaria riqueza de valores y exigencias de totalidad, unicidad, fidelidad y fecundidad (HV, 9)- donde se expresa y realiza la participación de la familia cristiana en la misión profética, sacerdotal y real de Jesucristo y de su Iglesia» (FC, 50).

El matrimonio, además, hunde sus raíces en la naturaleza humana. Por ello, conlleva una exigencia de verdad en el obrar. Promover una espiritualidad conyugal cristiana ignorando las auténticas exigencias naturales, sería deformar el valor del matrimonio como sacramento cristiano.

De este modo, una espiritualidad conyugal auténtica debe extenderse a todos los campos de la actividad humana, a las realidades propias de la exigencia conyugal y familiar, con «gestos reales y concretos» (AL 315), con actos de amor, fidelidad, afecto, ternura, donación mutua, comunicación, amistad, apoyo económico, honestidad, admiración. Todos estos actos tienden en sí mismos a la búsqueda de un amor mayor que no se agota en los cónyuges, sino que se convierte en fuente de vida de la cual otros matrimonios pueden beber y de esta manera nutrir su unión en Cristo.    

¿Cuáles son los medios para vivir una buena espiritualidad conyugal?

- Los sacramentos, en especial la Eucaristía y la confesión.
El sacramento del matrimonio se enraíza en la Eucaristía. En ella se actualiza el amor vivo y real de Cristo que se entrega por su Iglesia. Solo bebiendo de él podrán los esposos tener la fortaleza del amor, de la entrega. Como ha afirmado con singular belleza Benedicto XVI: «El amor redentor del Verbo encarnado debe convertirse para cada matrimonio y en cada familia en una fuente de agua viva en medio de un mundo sediento».

La Eucaristía es precisamente sacramento y memorial de este misterio pascual.  Ella comporta las mismas leyes de entrega a la gloria de Dios y por la salvación de la humanidad. En la mesa de la Palabra y en la mesa del Cuerpo del Señor se alimenta el matrimonio para su caminar juntos: «Levántate y come, porque te queda que andar un largo camino» (1 Reyes 19, 7).    

«De la Eucaristía viven, en particular, las familias cristianas, a las que se dedicó hace algunos días la Asamblea eclesial diocesana. Amadísimas familias de Roma: que la viva presencia eucarística de Cristo alimente en vosotras la gracia del matrimonio y os permita progresar por el camino de la santidad conyugal y familiar. Sacad de este manantial el secreto de vuestra unidad y de vuestro amor, imitando el ejemplo de los beatos esposos Luis y María Beltrame Quattrocchi, que iniciaban sus jornadas acercándose al banquete eucarístico» (Juan Pablo II, Homilía del Corpus Christi de 19 de junio de 2003).

A este respecto, decía el P. Caffarel: «El matrimonio es la admirable invención de Cristo para que la Eucaristía pueda ser vivida entre dos».

Por su parte, el sacramento de la reconciliación es fuente de gracias. Con él los esposos experimentan en carne propia la misericordia de Dios y esa experiencia del perdón recibido, posibilita el perdón mutuo que siempre debe estar presente ante las limitaciones y debilidades de ambos. El verdadero amor integra la debilidad, los fracasos, las heridas y el sufrimiento; el amor debe entonces convertirnos en seres compasivos, conscientes de nuestra propia fragilidad. 

- La escucha de la Palabra de Dios.
Dios habla y se revela a los hombres como a amigos en su Palabra. En ella encontramos la manifestación del amor de Dios por los hombres. A través de su Palabra conocemos cómo es Dios “por dentro”, cuál es su proyecto de amor sobre el hombre, cuál la dignidad y misión del matrimonio y la familia. En un mundo secularizado, la relación conyugal y las familias están sometidos a un bombardeo de mundanidad, a una presión ambiental que propone  otros modelos artificiales de familia que nada tienen que ver con el designio creador de Dios. En la Palabra de Dios, y en Cristo, Palabra hecha carne, encontramos la verdad sobre el matrimonio y la familia, su grandeza y dignidad. Es necesario contemplar el matrimonio en la verdad de Dios para comprender su propia identidad y misión.

- La oración conyugal y familiar.
La oración es una cita de amor con Cristo, es salir a su encuentro. Es la fuerza del hombre y la debilidad de Dios. La oración conyugal está llamada a ser una prolongación del  sacramento del matrimonio, del sí sacramental que se dieron los esposos. Por eso, constituye un medio privilegiado para atraer las gracias reservadas para los esposos, pues acabarán transformando en oración todo lo que hacen.

También los instantes de intimidad en la vivencia de la una caro, con todo su potencial de comunicación y expresión amorosa, pueden ser preparados y luego celebrados y agradecidos en la oración compartida (como Tobías y Sara; cf Tob 8, 4-8). No hay por qué separarlos de la relación con Dios como si fueran un "pecado permitido". Al contrario, esos momentos de oración ayudan a los cónyuges a actualizar la gracia del sacramento del matrimonio para vivir la donación y no el egoísmo, y les permiten tomar conciencia de que van a hacer entrega de sí mismos al otro, como don de  amor sincero y auténtico. 

Si los cónyuges tienen niveles diferentes en su vida de oración, se tratará de encontrar un paso atento, inteligente y amoroso para ayudarse mutuamente a progresar hacia la santidad.  

-Otros medios de formación que ayudan a vivir la unidad de la vida espiritual y secular son la dirección espiritual, los retiros y los ejercicios espirituales. Contribuyen al mismo fin la participación en grupos de oración y la inserción en la vida de la parroquia, como lugares de encuentro para la reflexión compartida y la ayuda mutua, a fin de alcanzar la maduración humana y religiosa. 

- El discernimiento
Se trata de descubrir juntos la voluntad de Dios sobre la propia vida familiar y mostrar como respuesta una completa disponibilidad para cumplirla. No se trata de hacer “lo que nos parece mejor”, sino de rezar y consultar para poder encontrar lo que Dios quiere. Se cuenta de los beatos esposos Beltrame Quattrocchi, que no tomaban ninguna decisión sin considerarla “de tejas para arriba”.

- El apostolado
La gracia del sacramento del matrimonio deberá contagiar la vida familiar entera y extenderse capilarmente por la red de relaciones humanas y sociales para vivir auténticamente según el designio de Dios. La vida familiar está llamada a dar frutos para los demás. El núcleo familiar se abre para derramar su bien en otros, en una constante creatividad, con el deseo de buscar la felicidad de los demás. Porque «la fecundidad de las familias debe llevar a su incesante creatividad, fruto maravilloso del Espíritu de Dios, que abre el corazón para descubrir las nuevas necesidades y sufrimientos de nuestra sociedad, y que infunde ánimo para asumirlas y darles respuesta» (FC, 41). De este modo la familia es «símbolo, testimonio y participación de la maternidad de la Iglesia» (FC, 49).

-La hospitalidad con el prójimo y las obras de caridad.
La familia es la mejor escuela de solidaridad. Una familia que no se cierra sobre sí misma y que sabe crear espacio para ayudar a otros, para ver las necesidades materiales y espirituales de los que tiene alrededor, es una familia que crece en el amor, que tiene un corazón dilatado por la caridad.

- María, Madre de la Iglesia y también Madre de la “Iglesia doméstica”.
Gracias a su ayuda materna, cada familia pueda llegar a ser una pequeña Iglesia en la que se refleje y reviva el misterio de la Iglesia de Cristo. Ella es la Esclava del Señor, ejemplo de acogida humilde y generosa de la voluntad de Dios. En este sentido, el Rosario en familia ha sido, en la experiencia de la Iglesia, un medio excelente para hacer presente a la Virgen María en la familia, y para mantener la unidad y la caridad entre todos sus miembros.

Si un matrimonio cristiano invita a la Madre de Dios a vivir a su casa, Ella les mostrará el camino verdadero del amor, del compromiso, de la fidelidad, del sacrificio y del servicio. A Ella se pueden consagrar para que les acoja en sus brazos maternales y les guíe por camino seguro hacia el Corazón de Jesús, su Hijo.

P. Félix López

Mi blog “El plan de Dios sobre la familia“

Pertenezco a los Siervos del Hogar de la Madre desde su fundación en 1990, soy sacerdote desde hace 21 años, licenciado en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid y Doctor en Teología Dogmática por la Universidad de la Santa Cruz en Roma. Me dedico especialmente al apostolado con los laicos y a predicar retiros a jóvenes y adultos.

Félix López, es autor, editor y responsable del Blog El plan de Dios sobre la familia, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com 

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