Matrimonio y don de piedad

A lo largo de nuestros artículos, hemos repetido numerosas veces la importancia de contar con la gracia que otorga el sacramento del matrimonio para la vida de los esposos. En cuanto vocación a la santidad, el matrimonio, como cualquier otra vocación,  es una tarea irrealizable con las solas fuerzas de los esposos.

De ahí que la gracia sacramental y la presencia del Espíritu Santo hagan posible a los cónyuges la vivencia real de esta alta vocación como camino de entrega a Dios en caridad a través del amor y la donación al cónyuge, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por Ella.

En una de sus catequesis sobre la Teología del Cuerpo, San Juan Pablo II habla de la importancia del don de piedad en la vida de los esposos, y en particular en la vivencia del acto conyugal. El don de piedad consiste en el “respeto a lo que es obra de Dios”. En el contexto de la espiritualidad conyugal propuesta por la encíclica Humanae vitae de Pablo VI, se destaca la inseparabilidad de las dos dimensiones del acto conyugal: la unitiva y la procreativa. Unido al amor y a la castidad, el don de piedad ayuda a trascender la pura materialidad y la simple biología, y descubre la dignidad del momento en que la dimensión nupcial del cuerpo se une, al menos potencialmente, a la dimensión procreadora. El don de piedad«orienta a comprender, entre las posibles "manifestaciones de afecto", el significado singular, más aún, excepcional, de ese acto: su dignidad y la consiguiente grave responsabilidad vinculada con él. Por tanto, la antítesis de la espiritualidad conyugal está constituida, en cierto sentido, por la falta subjetiva de esta comprensión, ligada a la práctica y a la mentalidad anticonceptivas» (Juan Pablo II, Catequesis 21-11-84). 

¿En qué consisten para Juan Pablo II la paternidad y maternidad responsables? Significan la valoración espiritual –conforme a la verdad- del acto conyugal en la conciencia y en la voluntad de ambos cónyuges quienes, después de haber valorado las circunstancias, son conscientes de realizar un acto abierto al poder creador de Dios, Señor de la vida.

Para el Papa, el don de piedad, «el respeto a la obra de Dios contribuye ciertamente a hacer que el acto conyugal no quede disminuido ni privado de interioridad en el conjunto de la convivencia conyugal —que no se convierta en "costumbre" — y que se exprese en él una adecuada plenitud de contenidos personales y éticos, e incluso de contenidos religiosos, esto es, la veneración a la majestad del Creador, único y último depositario de la fuente de la vida, y al amor nupcial del Redentor. Todo esto crea y amplía, por decirlo así, el espacio interior de la mutua libertad del don, donde se manifiesta plenamente el significado nupcial de la masculinidad y feminidad» (Ib).

Vamos a comentar el rico texto que acabamos de citar intentando poner de manifiesto todo el contenido que se encierra en esas breves palabras. En primer lugar, se señala que el acto conyugal no debe estar “privado de interioridad”. No se trata de una mera acción instintiva, biológica, no pensada. Es un acto que debe ser verdaderamente humano, consciente, libre, que compromete a la totalidad de las personas que lo viven entregándose. Debe expresar una “plenitud de contenidos”. No puede ser sometido a un reduccionismo banal. El Papa menciona contenidos “personales y éticos, e incluso religiosos”, en la veneración a la “majestad del Creador y al amor nupcial del Redentor”. El don de piedad ayuda a descubrir el cuerpo del cónyuge como templo del Espíritu Santo y a acercarse al otro con la reverencia de quien sabe que está ante la presencia de Dios. Esa reverencia no impide la cercanía, sino que favorece la intimidad en cuanto que ayuda a no cosificar al cónyuge. 

Como vemos, hay una trascendencia que sobrepasa lo meramente físico porque se debe tomar conciencia de la presencia de esos contenidos religiosos. Todo acto conyugal abierto a la vida hace a los esposos, al menos en potencia, colaboradores del poder creador de Dios. Esta realidad “crea y amplia el espacio interior de la mutua libertad del don, donde se manifiesta plenamente el significado nupcial de la masculinidad y feminidad” (Ib). 

El don de piedad posibilita el descubrimiento de la sacralidad de la otra persona, de su verdadera dignidad, ya que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, evitando de este modo toda tentación de reducir al otro a objeto de placer. La amenaza de la concupiscencia siempre está presente en las relaciones, pero la gracia de Dios y la fuerza del Espíritu Santo hacen posible vivir la donación como un ejercicio real de la caridad conyugal, hacen crecer la libertad interior liberando el corazón de la búsqueda egoísta de sí mismo. En la medida en que crece la libertad, aumenta también la capacidad de darse con mayor consciencia y plenitud.

Esa caridad, aunque encuentra una expresión más profunda en la unión íntima de los esposos, debe manifestarse en todas las realidades de la vida ordinaria, en los pequeños gestos de afecto, en el olvido de sí mismo, en la preocupación y el cuidado por el otro.

«La actitud de respeto a la obra de Dios, que el Espíritu Santo suscita en los esposos, tiene un significado enorme para esas "manifestaciones afectivas", ya que simultáneamente con ella va la capacidad de la complacencia profunda, de la admiración, de la desinteresada atención a la "visible" y al mismo tiempo "invisible" belleza de la feminidad y masculinidad y, finalmente, un profundo aprecio del don desinteresado del "otro"» (Ib).

Vividas en el respeto profundo a lo que Dios ha creado, las "manifestaciones afectivas" ayudan a los cónyuges «a permanecer en la unión, y al mismo tiempo, estas "manifestaciones" protegen en cada uno esa "paz de lo profundo" que, en cierto sentido, es la resonancia interior de la castidad guiada por el don del respeto a lo que Dios ha creado» (Ib). 

Para mantener esa “paz de lo profundo” es necesaria una conciencia tranquila, un vivir la sexualidad en el respeto al plan de Dios, en la castidad conyugal, verdadera exigencia de la caridad conyugal. Sólo vivida en el respeto a la ley interna de donación y amor, en el respeto a la ley moral, la unión conyugal puede ser medio para la unión entre los esposos y para la unión con Dios. 

Para Juan Pablo II, gracias al don de piedad, puede darse  una profunda y universal atención a la persona en su masculinidad y feminidad, creando así el clima interior idóneo para la comunión personal. Sólo en este clima de comunión personal de los esposos madura correctamente la procreación que calificamos como "responsable".

P. Félix López

Mi blog “El plan de Dios sobre la familia“

Pertenezco a los Siervos del Hogar de la Madre desde su fundación en 1990, soy sacerdote desde hace 21 años, licenciado en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid y Doctor en Teología Dogmática por la Universidad de la Santa Cruz en Roma. Me dedico especialmente al apostolado con los laicos y a predicar retiros a jóvenes y adultos.

Félix López, es autor, editor y responsable del Blog El plan de Dios sobre la familia, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com