Espíritu Santo y matrimonio

No es casualidad que Luigi y María Quattrocchi, primeros esposos beatificados conjuntamente como matrimonio, estén enterrados en el  santuario dedicado a la advocación de Nuestra Señora del Divino Amor (o del Espíritu Santo). Ellos vivieron con un solo corazón, entendiendo que el matrimonio es una comunión de vida entre el hombre y la mujer siguiendo la imagen de Dios, Uno y Trino.

Esto mismo es lo que descubrimos si observamos el relato de la creación del hombre y de la mujer a luz de revelación de la Trinidad. Con el prisma trinitario, la cita «y creó Dios al hombre a su imagen. A imagen de Dios lo creó. Varón y mujer los creó» revela, por fin, su completo significado: «La semejanza consiste en esto. Dios es amor y el amor exige comunión, intercambio interpersonal; requiere que haya un “yo” y un “tú”. No existe amor que no sea amor por alguien; donde no hay más que un sujeto, no puede haber amor, sino egoísmo. El Dios revelado por Jesucristo, siendo amor, es único y solo, pero no es solitario; es uno y trino. En Él coexisten unidad y distinción: unidad de naturaleza, de voluntad, de intención, y distinción de características y de personas». (4ª predicación de Cuaresma del P. Raniero Cantalamessa a la Curia: Matrimonio y familia en la  Gaudium et spes hoy, de 16 de marzo de 2016).

En efecto, ya en el proyecto originario de Dios sobre el matrimonio y la familia, encontramos el significado trinitario del matrimonio cristiano, pues dos personas que se casan, reproducen algo de lo que ocurre en la Trinidad. Como continúa diciendo Cantalamessa: En la Trinidad «dos personas -el Padre y el Hijo, amándose, producen (“exhalan”) el Espíritu, que es el amor que les une». En esto precisamente el matrimonio cristiano es imagen de Dios. Marido y mujer son, en efecto, una sola carne, un solo corazón, una sola alma, aún en la diferencia de sexo y de personalidad. Ellos reconcilian unidad y diversidad.

Por eso, se ha definido el Espíritu Santo no como la “tercera persona de la Trinidad”, sino la primera persona plural, el “Nosotros” divino. En este sentido, el matrimonio es el reconocimiento humilde de que no nos bastamos a nosotros mismos, sino que necesitamos el ser del otro que nos complete. El hombre, al estar creado a imagen y semejanza de Dios –que es amor-, está llamado igualmente al amor, y esto exige una comunión.

Del mismo modo, Jesús no se limitó a revelarnos la centralidad de su mensaje, diciendo: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros» (Jn 13, 34), sino que en Pentecostés infunde, mediante su Espíritu, ese amor en los corazones de sus discípulos, entregándose Él mismo como don supremo en el misterio de la inhabitación por la gracia. El amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones en virtud del Espíritu Santo que se nos ha dado, y este amor «tiene razón de don primero», como decía Sto. Tomás. Por él, se dan todos los demás dones. Cuando amamos a alguien, lo primero que le concedemos es el amor.

Por eso, podríamos decir que vivir bajo la gracia, gobernados por el Espíritu, es vivir "enamorados", o sea, transformados por el amor. Los cónyuges cristianos son templos del Espíritu Santo, y se van configurando a imagen de Dios a medida que obra en ellos el Espíritu del Señor. De hecho, el término “cristiano” deriva de la palabra Christos, que en griego significa “ungido”. Los esposos cristianos han sido ungidos a imitación de Cristo, el Ungido por excelencia por el Espíritu Santo. Por eso, los casados tienen un carisma especial, que es una manifestación particular del Espíritu, para su aprovechamiento personal y para la utilidad común (1 Cor 12, 7). De ahí la responsabilidad de poner al servicio de los demás los dones recibidos, redescubriendo su grandeza y viviéndolos en plenitud.

Los efectos del Espíritu Santo en la vida matrimonial 

1. El papa Juan Pablo II ilumina con sus meditaciones sobre la Teología del cuerpo el recordatorio que nos hace san Pablo de que el matrimonio está llamado a vivir según el Espíritu: «¿No  sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, y habéis recibido de Dios, y que, por tanto, no os pertenecéis?» (1 Cor 6, 19). De esto se sigue que el Espíritu Santo que habita en el hombre es la causa de la dignidad del cuerpo, otorgada tras la redención operada por Jesucristo. «En este don, que santifica a cada uno de los hombres, el cristiano recibe nuevamente su propio ser como don de Dios. Es difícil expresar de manera más concreta lo que comporta para cada uno de los creyentes el misterio de la Encarnación. El hecho de que el cuerpo humano venga a ser en Jesucristo cuerpo de Dios-Hombre logra, por este motivo, en cada uno de los hombres, una nueva elevación sobrenatural, que cada cristiano debe tener en cuenta en su comportamiento respecto al propio cuerpo y, evidentemente, respecto al cuerpo del otro: el hombre hacia la mujer y en la mujer hacia el hombre. La redención del cuerpo comporta la institución en Cristo y por Cristo de una nueva medida de la santidad del cuerpo. A esta santidad precisamente se refiere Pablo en la primera carta de los Tesalonicenses (4, 3-5), cuando habla de “mantener el propio cuerpo en santidad y respeto”.

Así, en la vida cotidiana el hombre debe sacar del misterio de la redención del cuerpo la inspiración y la fuerza para superar el mal que está adormecido en él bajo la forma de la concupiscencia. El hombre y la mujer, unidos en matrimonio, han de iniciar cada día la aventura de la indisoluble unión de esa alianza que han establecido entre ellos». (Audiencia General del 11 de febrero de 1981). 

«En virtud del misterio de la redención, corresponde, pues, al matrimonio un don particular, o sea, la gracia. Esta verdad determina además el carácter del matrimonio como uno de los sacramentos de la Iglesia.

Los que como esposos se unen de manera que, en cierto sentido, se hacen una sola carne, están llamados también, a su vez, mediante el sacramento, a una vida según el Espíritu, capaz de corresponder al don recibido en el sacramento. En virtud de ese don, llevando como esposos una vida según el Espíritu, son capaces de volver a descubrir la gratificación particular de la que han sido hechos participes. En la medida en que la concupiscencia ofusca el horizonte de la visual interior, quita a los corazones la limpidez de deseos y aspiraciones. Del mismo modo, la vida según el Espíritu (o sea, la gracia del sacramento del matrimonio), permite al hombre y a la mujer volver a encontrar la verdadera libertad del don, unida a la conciencia del sentido nupcial del cuerpo en su masculinidad y feminidad»  (Audiencia General 1 de diciembre  de 1982).

Por ello, la redención del cuerpo tiene una importancia esencial para la esperanza: El matrimonio como sacramento sirve inmutablemente para que el hombre, varón y mujer, dominando la concupiscencia, cumpla la voluntad del Padre. Y «el que hace la voluntad de Dios, permanece para siempre». (1 Jn 2, 17). De este modo, el matrimonio como realidad temporal vivido según la voluntad de Dios, realiza un papel esencial para la realidad atemporal de la vida eterna.

2. Uno de los dones del Espíritu Santo que deben pedir siempre los esposos es el de consejo, por el que se ayuda al matrimonio a evaluar las situaciones y orientar sus decisiones, no solo en base a criterios de prudencia humana, sino también a la luz de los principios sobrenaturales de la fe. El primer y fundamental discernimiento de los espíritus es el que permite distinguir «el Espíritu de Dios» del «espíritu del mundo» (cf. 1 Cor 2, 12). Y este discernimiento es importante en la espiritualidad conyugal porque presenta todas las cuestiones a Dios y espera en oración conjunta su respuesta. Así, el juicio del matrimonio siempre será justo porque no busca su propia voluntad, sino la voluntad de quien les ha creado. El Espíritu Santo será Él mismo la voluntad sustancial de Dios manifestada en el alma común del matrimonio, que guía a los esposos permitiéndoles devolver el poder de sus vidas a Dios. 

 3. Por todo lo visto anteriormente, sabemos que el Espíritu Santo es, en la Trinidad, el donarse recíproco del Padre y el Hijo, el don hecho persona, pero no en un acto puntual o pasajero, sino en un estado permanente. De ahí que el matrimonio sea el sacramento del don estable y recíproco que los esposos hacen de sí mismos, del uno al otro. Donde está el Espíritu Santo, renace la capacidad de volverse don, opera la “gracia de estado” del matrimonio que les permite descubrir la alegría y la belleza de vivir juntos.

Este mismo Espíritu es el que mueve a los cónyuges a las obras buenas, les purifica de sus pecados, enciende en ellos la lucidez de la fe, levanta sus corazones a la esperanza, les capacita para amar, llena de gozo y alegría sus almas, les concede ser libres en el mundo que les rodea, hace posible en ellos la oración.

El Espíritu de Dios da forma al matrimonio, lo vivifica y lo mueve siempre y en todo. La unión matrimonial es un organismo vivo, pues el Divino Amor es el «Espíritu de vida o la fuente de agua que salta hasta la vida eterna». (Jn 4,14). Por Él, el Padre vivifica a los hombres muertos por el pecado, hasta que en Cristo resucite sus cuerpos mortales.  

Por el impulso suave y eficaz de su gracia interior, el Espíritu Santo produce día a día la fidelidad y fecundidad de los matrimonios, les otorga la castidad, la fuerza, la sabiduría, la prudencia y la fidelidad perseverante. Es quien, en fin, produce la santidad de los esposos. Por ello, el Espíritu Santo es especialista en las enfermedades del matrimonio, pues unifica a sus miembros, de manera que todo lo que genera división en la unión, es pecado directamente cometido contra el Paráclito.

Dios quiere que los esposos sean conscientes de la presencia de todos estos dones en ellos. No ha venido para que vivan en la ignorancia o en el olvido de su amorosa presencia. Por el contrario, los matrimonios han «recibido el Espíritu de Dios para que conozcan los dones que Dios les ha concedido» (1 Cor 2,12), consagrando a sus miembros como templos vivos suyos, con la más alta dignidad existente.

Dirigíos a la Virgen Inmaculada, Esposa del Espíritu Santo, suplicándole confiadamente conseguir las gracias que necesitáis. Ella es la tesorera de los dones divinos. En Ella se manifiesta la fecundidad del Espíritu Santo, pues lo revela como «Señor y dador de vida». Que ilumine vuestro entendimiento de manera que sigáis siempre el camino del bien y, cuando Dios os llame a su presencia, os abra las puertas del Cielo.

P. Félix López

Mi blog “El plan de Dios sobre la familia“

Pertenezco a los Siervos del Hogar de la Madre desde su fundación en 1990, soy sacerdote desde hace 21 años, licenciado en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid y Doctor en Teología Dogmática por la Universidad de la Santa Cruz en Roma. Me dedico especialmente al apostolado con los laicos y a predicar retiros a jóvenes y adultos.

Félix López, es autor, editor y responsable del Blog El plan de Dios sobre la familia, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com 

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