La concupiscencia

El hombre ha sido creado “a imagen de Dios” y, en cuanto tal, está llamado a vivir en comunión personal con sus semejantes y con el mismo Creador. En el matrimonio, esta comunión se concreta en la donación sincera que cada cónyuge hace de sí mismo al otro, como si fuera un regalo, un don. Una entrega que implica su alma, pero también su cuerpo, que debe ser –por tanto- expresión de toda su persona.

En el principio, cuando el hombre gozaba de la inocencia originaria, antes del pecado, la donación mutua de espíritu y cuerpo entre el varón y la mujer, no estaba sometida a ningún desorden. Sin embargo, a raíz de la caída, del pecado original, esta capacidad de donación inscrita en nuestro ser desde “el principio”, se vio truncada por la entrada en escena de un elemento nuevo, que vino a herir la naturaleza humana: la concupiscencia o desorden de nuestras pasiones. En palabras de Juan Pablo II: “El cuerpo humano en su masculinidad / feminidad ha perdido casi la capacidad de expresar tal amor, en que el hombre-persona se hace don, conforme a la más profunda estructura y finalidad de su existencia personal. Si aquí no formulamos este juicio de modo absoluto y hemos añadido la expresión adverbial «casi», lo hacemos porque la dimensión del don -es decir, la capacidad de expresar el amor con que el hombre, mediante su feminidad o masculinidad se hace don para el otro- en cierto modo no ha cesado de empapar y plasmar el amor que nace del corazón humano. El significado nupcial del cuerpo no se ha hecho totalmente extraño a ese corazón: no ha sido totalmente sofocado por parte de la concupiscencia, sino sólo habitualmente amenazado. El corazón se ha convertido en el lugar de combate entre el amor y la concupiscencia” (23-7-80).

Así, el estado original de inocencia se vio transformado en una tendencia a la apropiación del otro, difuminando el sentido verdadero de la sexualidad como don de sí mismo. La concupiscencia dificulta la entrega sincera de uno mismo, y produce una ceguera que lleva al deseo carnal de poseer al otro. Las palabras del Génesis “tendrás ansia de tu marido y él te dominará” (Gen 3,16) muestran el cambio producido después de la caída.

Esta herida conlleva una alteración de la naturaleza humana, que hace que un cónyuge no tienda a unirse y donarse al otro, sino que ahora tiende a la posesión egoísta de él; que no se regala sino que se abandona al placer, atesorándole egoístamente en busca de la satisfacción de sus instintos. Dice Juan Pablo II: “La concupiscencia, que se manifiesta como una «constricción ‘sui generis’ del cuerpo», limita interiormente y restringe el autodominio de sí y, por eso mismo, en cierto sentido, hace imposible la libertad interior del don. Además de esto, también sufre ofuscación la belleza, que el cuerpo humano posee en su aspecto masculino y femenino, como expresión del espíritu. Queda el cuerpo como objeto de concupiscencia y, por tanto, como «terreno de apropiación» del otro ser humano. La concupiscencia, de por sí, no es capaz de promover la unión como comunión de personas. Ella sola no une, sino que se adueña. La relación del don se transforma en la relación de apropiación” (23-7-80).

El amor desaparece porque esta actitud produce una desviación entre la mirada y el corazón, una división entre la vocación del corazón a la comunión de personas y la mirada deseosa de tomar, utilizar, cosificar. Algo que, además, coarta la libertad al limitar el autodominio e impedir la entrega verdadera. En medio de todo esto, hay una buena noticia que nos llena de esperanza: El corazón humano ha quedado herido, pero no está muerto. Jesús ha venido a redimirlo y los esposos pueden recuperar, con su gracia, el sentido del proyecto original de Dios: ser hombres para la donación esponsal, tomando como modelo la entrega nupcial de Cristo por su Iglesia que se realiza en la cruz. No hay que desconfiar del corazón del hombre, pero sí hay que tenerlo bajo control para dominar, controlar y orientar sus impulsos, alcanzando –con esta disposición- la caridad que se dona. Es necesario abrirse a la acción de la gracia para encontrar la verdadera plenitud de la existencia humana.

P. Félix López

Mi blog “El plan de Dios sobre la familia“

Pertenezco a los Siervos del Hogar de la Madre desde su fundación en 1990, soy sacerdote desde hace 21 años, licenciado en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid y Doctor en Teología Dogmática por la Universidad de la Santa Cruz en Roma. Me dedico especialmente al apostolado con los laicos y a predicar retiros a jóvenes y adultos.

Félix López, es autor, editor y responsable del Blog El plan de Dios sobre la familia, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com 

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